La excusa era el recuerdo. En aquello lejanos años en que hacer -y que te hicieran- una foto todavía era un acontecimiento, a la entrada de tantos y tantos sitios estaba el fotógrafo oficial del lugar para inmortalizar tu triunfal llegada a traición.
Aunque, sin duda, ninguna de estas instantáneas ha marcado tanto a mi madrileña generación (o ha traumatizado, si usted así lo prefiere) como la del Zoo.
Todos, repito, todos, la tenemos (y puede que no sólo una), recorriendo aquella pasarela de metálica barandilla, siempre de la mano de papá o mamá. Yo -obviamente- cabreado (es que lo fotógrafos y yo siempre hemos sido enemigos declarados).
A la salida te estaba esperando, junto a otras muchas. Por lo general, los papás se intentaban hacer los suecos, pero ya encargaba el inoportuno empleado oportunamente situado de recordate que ahí estaba tu imagen, metidita en aquel marco de cartón. ¡Y en blanco y negro! (esto lo que me hace sentir más viejo de todo el asunto).
Y entonces, ya no había escapatoria: el niño encaprichado se emperraba en conseguit en recuerdo, y no quedaba otra que soltar la mosca.
Con el tiempo, otras veces me han retratado en emboscada, pero no he vuelto a adquirir la instantánea. que le repito que yo soy poco de fotos.
Recuerdo especialmente a un empleado del Museo de Cera de Londres, allá por 1994. Junto a la puerta, el figurón de Arnold Schwarzenegger listo para disparo del obturador. Yo intenté convencer al empleado de que no estaba interesado en la imagen en cuestión, pero, con aires de fanático de la mercadotecnia, me dijo: "'¡Todo el mundo se hace una foto con Arnold!". A mi salida, ni me molesté en mirarla, aunque ahora, con la perspectiva que da el tiempo, me parece que sólo por la cara de cabreo antológica que debía de tener yo, igual había merecido comprarla...
Pero, ¿por qué le cuento yo a usted todo esto?
En fin...
Ejemplo de la foto antológico-zoológica en cuestión. No, no soy yo (de hecho, ignoro qué ha sido de mi foto).
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lunes, 4 de junio de 2012
lunes, 28 de mayo de 2012
Chapa a la Cune.
Para mí, un chaval que no ha jugado a las chapas no ha tenido una infancia como es debido. Y le costará a usted mucho convencerme de lo contrario.
Eran, claro, otros tiempos. Una época en que los ciudades y los colegios se permitían el lujo de tener parcelitas vírgenes de cemento.
La chapas siempre fueron flor de temporada, la de la Vuelta Ciclista a España. Era entonces cuando, con las manos a modo de Ministerio de Obras Públicas, se iba trazando el recorrido, siempre a gusto de los consumidores: largas rectas donde demostrar la potencia de nuestro tiro, endiabladas curvas donde lucir toda nuestra pericia...
Y luego, estaban, por supuesto, las reinas de la fiesta: las chapas en sí. De cualquier bebida posible, aunque, de lejos, las más codiciadas eran los "chapines de Cinzano", legendario tesoro, tanto por sus asombrosas cualidades como por su increible escasez. (A falta de ellos, las chapas los botellines de la bebida "OK" tambiéne estaban muy bien).
Pero, chapa aparte, la gracia estaba en decorarlas. Vendían pegatinas prefabricadas con la cara de los ciclistas, pero eso era una traición. La bonito era hacerse uno su propio equipo, delineando la silueta de la chapa sobre una cuartilla, decorándola con los colores oficiales del equipo a rotulador, recortándola y poniéndola dentro de la chapa, fijada con una capa de forro de libros -si es que uno era un perfeccionista-.
"Rendondilla", "Trasquilón", "Chapa la cune", dígale esto a un muchacho de ahora y todo lo que obtendrá será un gesto de sopresa encogida de brazos.
Nada saben de los dos grandes estilos de la carrera de chapas: el potente impulso del índice exento al ser liberado por el pulgar (ideal para las rectas) o el mucho más técnico gesto en que el índica se tumbaba sobre la arena antes de golpear.
Lamentablemente, ellos se lo pierden (o, mejor dicho, se lo están perdiendo). Pero bueno, como tantas otras cosas...
El equipo Dormilón siempre gozó de mis preferencias, sin que supiera yo la razón.
Eran, claro, otros tiempos. Una época en que los ciudades y los colegios se permitían el lujo de tener parcelitas vírgenes de cemento.
La chapas siempre fueron flor de temporada, la de la Vuelta Ciclista a España. Era entonces cuando, con las manos a modo de Ministerio de Obras Públicas, se iba trazando el recorrido, siempre a gusto de los consumidores: largas rectas donde demostrar la potencia de nuestro tiro, endiabladas curvas donde lucir toda nuestra pericia...
Y luego, estaban, por supuesto, las reinas de la fiesta: las chapas en sí. De cualquier bebida posible, aunque, de lejos, las más codiciadas eran los "chapines de Cinzano", legendario tesoro, tanto por sus asombrosas cualidades como por su increible escasez. (A falta de ellos, las chapas los botellines de la bebida "OK" tambiéne estaban muy bien).
Pero, chapa aparte, la gracia estaba en decorarlas. Vendían pegatinas prefabricadas con la cara de los ciclistas, pero eso era una traición. La bonito era hacerse uno su propio equipo, delineando la silueta de la chapa sobre una cuartilla, decorándola con los colores oficiales del equipo a rotulador, recortándola y poniéndola dentro de la chapa, fijada con una capa de forro de libros -si es que uno era un perfeccionista-.
"Rendondilla", "Trasquilón", "Chapa la cune", dígale esto a un muchacho de ahora y todo lo que obtendrá será un gesto de sopresa encogida de brazos.
Nada saben de los dos grandes estilos de la carrera de chapas: el potente impulso del índice exento al ser liberado por el pulgar (ideal para las rectas) o el mucho más técnico gesto en que el índica se tumbaba sobre la arena antes de golpear.
Lamentablemente, ellos se lo pierden (o, mejor dicho, se lo están perdiendo). Pero bueno, como tantas otras cosas...
El equipo Dormilón siempre gozó de mis preferencias, sin que supiera yo la razón.
martes, 6 de marzo de 2012
El Reglamento Oficial de los Patios de Colegio.
Marlowe escribió :"¿Quién amó que no amara a primera vista?". Y yo digo: "¿Quién jugó al fútbol que no jugara en un patio de colegio?" (¡Toma "parafraseo"!)
Ya sólo por eso merecía la pena ir a clase, por poder jugar en los recreos en un campo con porterías a rayas blancas y rojas (y no con los jerseys del descampado, tan a menudo fuente de polémica sobre si el balón había entrado o no).
Daba igual que se jugaran tres partidos a la vez (en más, eso era parte del encanto), los partidos de "patio de colegio" -ahora tan denostados por los comentaristas de máster- fueron cincelando -recreo a recreo- el fútbol en el corazón y las piernas de millones chavales.
Eran, además, partidos en los que imperaba una ley propia, un reglamento particular que nadie sabía de dónde había salido, pero que, por tradición oral, se implantó en todos los patios de España. Algunas de sus inolvidables normas son:
Selección de equipo: Dos capitanes que echaban "a pares y nones" (también llamado "a dedos") quién elige primero. Así, poco a poco, el lote de candidatos se iba dividiendo en dos, hasta que sólo quedaban la clásica pareja de niños con gafas de un curso inferior. Inevitablemente, iban a acabar los dos jugando de portero.
Designación del equipo que saca: a dedos (de nuevo al grito de: "uno, dos y tres").
Ante de iniciarse el encuentro, era preceptivo determinar si se podía o no "tirar a trallón". En caso de decidirse que no, cualquier gol en que el balón rebotara violentamente contra la pared que siempre hay detrás de las porterías quedaba automáticamente anulado.
También había que decidir de antemano si se toleraba la existencia "chupagoles", o sea, que hubiera un tío que, a cambio de no bajar de defender jamás, se asegurara siempre estar solo ante el portero enemigo.
Otra norma básica del partido de patio: "De portería a portería, guarrería", es decir, que si el portero sacaba de puerta y era gol, no resultaba válido. Si el balón botaba antes de meterse, siempre se producia una encendida discusión. La verdad es que este punto jamás quedo claro.
Siguiendo con el portero, se le podía agobiar cuando tenía el balón en las manos, pero si el arquero daba tres botes, había que dejarle en paz.
Cuando se producía un penalty (o cualquier otra falta) -y se conseguía convencer al contrario de que había sido- lo tiraba al que se lo han hecho. En caso de duda o discusión, "a dedos" otra vez. En caso de falta, la distancia de la barrera se medía con tres pasos. Aquí venía la inevitable discusión sobre lo que era un "paso".
Y, por último, la norma fundamental (y más dolorosa de todo esto): cuando venían los mayores, el dueño del balón se mosqueaba o tocaba la campana, se acabó el partido.
Ya sólo por eso merecía la pena ir a clase, por poder jugar en los recreos en un campo con porterías a rayas blancas y rojas (y no con los jerseys del descampado, tan a menudo fuente de polémica sobre si el balón había entrado o no).
Daba igual que se jugaran tres partidos a la vez (en más, eso era parte del encanto), los partidos de "patio de colegio" -ahora tan denostados por los comentaristas de máster- fueron cincelando -recreo a recreo- el fútbol en el corazón y las piernas de millones chavales.
Eran, además, partidos en los que imperaba una ley propia, un reglamento particular que nadie sabía de dónde había salido, pero que, por tradición oral, se implantó en todos los patios de España. Algunas de sus inolvidables normas son:
Selección de equipo: Dos capitanes que echaban "a pares y nones" (también llamado "a dedos") quién elige primero. Así, poco a poco, el lote de candidatos se iba dividiendo en dos, hasta que sólo quedaban la clásica pareja de niños con gafas de un curso inferior. Inevitablemente, iban a acabar los dos jugando de portero.
Designación del equipo que saca: a dedos (de nuevo al grito de: "uno, dos y tres").
Ante de iniciarse el encuentro, era preceptivo determinar si se podía o no "tirar a trallón". En caso de decidirse que no, cualquier gol en que el balón rebotara violentamente contra la pared que siempre hay detrás de las porterías quedaba automáticamente anulado.
También había que decidir de antemano si se toleraba la existencia "chupagoles", o sea, que hubiera un tío que, a cambio de no bajar de defender jamás, se asegurara siempre estar solo ante el portero enemigo.
Otra norma básica del partido de patio: "De portería a portería, guarrería", es decir, que si el portero sacaba de puerta y era gol, no resultaba válido. Si el balón botaba antes de meterse, siempre se producia una encendida discusión. La verdad es que este punto jamás quedo claro.
Siguiendo con el portero, se le podía agobiar cuando tenía el balón en las manos, pero si el arquero daba tres botes, había que dejarle en paz.
Cuando se producía un penalty (o cualquier otra falta) -y se conseguía convencer al contrario de que había sido- lo tiraba al que se lo han hecho. En caso de duda o discusión, "a dedos" otra vez. En caso de falta, la distancia de la barrera se medía con tres pasos. Aquí venía la inevitable discusión sobre lo que era un "paso".
Y, por último, la norma fundamental (y más dolorosa de todo esto): cuando venían los mayores, el dueño del balón se mosqueaba o tocaba la campana, se acabó el partido.
jueves, 1 de marzo de 2012
Bueno, Que Se Corta...Adiós.
Hoy he visto por la calle a una señora hablando en una cabina de teléfonos y me han dado ganas de darle un abrazo.
Al igual que el vídeo mató a la estrella de la radio, y la cámara digital arruinó al laboratorio de revelado fotográfico 24 horas de la esquina (ése en el que siempre sospechábamos que el tío nos cotilleaba las fotos), los móviles han pre-jubilado a las entrañables cabinas que -todavía- pueblan las esquinas de nuestras ciudades, como si fueran...Bueno, que pueblan las esquinas, aunque prácticamente tan sólo como soporte publicitario o tentación de jubilados aburridos para meter los deditos, a ver si algún pardillo se ha dejado olvidada la monedita sobrante en el cajetín, (me pregunto si alguien alguna vez en toda la historia de la Humanidad ha encontrado algo en tal sitio).
Empero, las verdaderamente entrañables eran aquellas cabinas cerradas de veinte años ha, ésas de puerta con un endiablado sistema de acordeón que nunca cerraba bien del todo, y con el aparatoso aparato de color azul y cable anillado.
¿Cómo olvidar el sonido seco, metálico e inexorable de las monedas al caer, víctimas de la feroz voracidad del teléfono? ¿Cómo no recordar con cariño y nostalgia aquellos improvisados homenajes al "camarote de los Hermanos Marx" que se organizaban en cuanto un par de personas quisieran participar de la conversación? ¡Por no hablar de la íntima agonía de no tener más lugar para apuntar que la propia mano y por único bolígrafo un lapiz de labios prestado!
Mención aparte merece la existencia de toda una sarta de leyendas urbanas en forma de truco milagroso que permitía llamar de modo gratuito (que me lo ha chivado un cuñado mío que trabaja en la Telefónica): combinaciones numéricas mágicas, golpecitos en el lugar adecuado o la tan entrañable -e inútil- moneda falsa o con un cordelito atado.
En fin, que ya me está sonado el maldito pito que te avisa de que se acaba el dinero...y ya no me quedan más monedas...Bueno, seguimos hablando, y cuando se corte, se ha cortado, ¿vale?...Pues nada, como te iba diciendo....
Al igual que el vídeo mató a la estrella de la radio, y la cámara digital arruinó al laboratorio de revelado fotográfico 24 horas de la esquina (ése en el que siempre sospechábamos que el tío nos cotilleaba las fotos), los móviles han pre-jubilado a las entrañables cabinas que -todavía- pueblan las esquinas de nuestras ciudades, como si fueran...Bueno, que pueblan las esquinas, aunque prácticamente tan sólo como soporte publicitario o tentación de jubilados aburridos para meter los deditos, a ver si algún pardillo se ha dejado olvidada la monedita sobrante en el cajetín, (me pregunto si alguien alguna vez en toda la historia de la Humanidad ha encontrado algo en tal sitio).
Empero, las verdaderamente entrañables eran aquellas cabinas cerradas de veinte años ha, ésas de puerta con un endiablado sistema de acordeón que nunca cerraba bien del todo, y con el aparatoso aparato de color azul y cable anillado.
¿Cómo olvidar el sonido seco, metálico e inexorable de las monedas al caer, víctimas de la feroz voracidad del teléfono? ¿Cómo no recordar con cariño y nostalgia aquellos improvisados homenajes al "camarote de los Hermanos Marx" que se organizaban en cuanto un par de personas quisieran participar de la conversación? ¡Por no hablar de la íntima agonía de no tener más lugar para apuntar que la propia mano y por único bolígrafo un lapiz de labios prestado!
Mención aparte merece la existencia de toda una sarta de leyendas urbanas en forma de truco milagroso que permitía llamar de modo gratuito (que me lo ha chivado un cuñado mío que trabaja en la Telefónica): combinaciones numéricas mágicas, golpecitos en el lugar adecuado o la tan entrañable -e inútil- moneda falsa o con un cordelito atado.
En fin, que ya me está sonado el maldito pito que te avisa de que se acaba el dinero...y ya no me quedan más monedas...Bueno, seguimos hablando, y cuando se corte, se ha cortado, ¿vale?...Pues nada, como te iba diciendo....
sábado, 7 de enero de 2012
Permanezcan Atentos a sus Pantallas.
Si usted, como yo, ha visto la tele en blanco y negro, ya tiene una cierta edad.
Explíqueselo a un chaval de hoy, de esos que te recitan 20 características de su nuevo televisor (que si Full HD, que si 3D, que sí...)
Explíquele que, cuando usted era un chaval, lo único que nos preocupaba de una tele era si las cosas se veían en color o no. Explíquele que la tele que tenía usted en su cuarto era en blanco y negro, chiquitita y heredada.
Dígale que se acuerda del fin de semana en que trajeron la primera tele con mando a distancia a casa, y de cómo agotó unas pilas nuevas cambiando a lo tonto entre los únicos dos canales que había.
Explíquele que el primer ordenador que llegó a casa venía sin monitor, y que había que enchufarlo a la tele de su cuarto (si la de blanco y negro), o, con mucha suerte, alguna mañana dominical a la del salón, que era más grande y en colorines. (Esto lo va a entender mucho más fácilmente, porque las video-consolas también se conectan a la tele).
Dígale al chaval en cuestión que el primer, segundo y tercer monitor de ordenador que vio lo sacaban todo en verde y negro, pero que, incluso así, le parecía que los juegos se veían con una claridad asombrosa.
Explíquele que luego llegó el monitor a color, y en ordenadores que reproducían hasta 256 tonalidades.
Dígale que aquello nos parecía insuperable, pero, contra todo pronóstico, lo fueron superando. Y fuimos contando colores nuevos con cada nuevo ordenador, y las imágenes en pantalla cada vez se parecían más a las fotos, hasta que acabaron siéndolo.
Explíquele al chaval, por último, que su viejo ordenador de hace 5 años -porque lo único que se hace viejo más rápido que las modelos son los ordenadores- nos habría parecido ciencia-ficción de la buena en 1985, y que hace cosas con las que, en aquellos días, ni siquiera éramos capaces de soñar.
Y si ni por esas le convence a su hijo de que no le hace falta un ordenador nuevo, y no deja de darle el peñazo, a mí ya no se me ocurre otra estrategia para solucionarle el problema.
El Amstrad CPC-464 (con monitor de fósforo verde): el sueño dorado (vale, verde) de cualquier chaval allá por 1986.
Explíqueselo a un chaval de hoy, de esos que te recitan 20 características de su nuevo televisor (que si Full HD, que si 3D, que sí...)
Explíquele que, cuando usted era un chaval, lo único que nos preocupaba de una tele era si las cosas se veían en color o no. Explíquele que la tele que tenía usted en su cuarto era en blanco y negro, chiquitita y heredada.
Dígale que se acuerda del fin de semana en que trajeron la primera tele con mando a distancia a casa, y de cómo agotó unas pilas nuevas cambiando a lo tonto entre los únicos dos canales que había.
Explíquele que el primer ordenador que llegó a casa venía sin monitor, y que había que enchufarlo a la tele de su cuarto (si la de blanco y negro), o, con mucha suerte, alguna mañana dominical a la del salón, que era más grande y en colorines. (Esto lo va a entender mucho más fácilmente, porque las video-consolas también se conectan a la tele).
Dígale al chaval en cuestión que el primer, segundo y tercer monitor de ordenador que vio lo sacaban todo en verde y negro, pero que, incluso así, le parecía que los juegos se veían con una claridad asombrosa.
Explíquele que luego llegó el monitor a color, y en ordenadores que reproducían hasta 256 tonalidades.
Dígale que aquello nos parecía insuperable, pero, contra todo pronóstico, lo fueron superando. Y fuimos contando colores nuevos con cada nuevo ordenador, y las imágenes en pantalla cada vez se parecían más a las fotos, hasta que acabaron siéndolo.
Explíquele al chaval, por último, que su viejo ordenador de hace 5 años -porque lo único que se hace viejo más rápido que las modelos son los ordenadores- nos habría parecido ciencia-ficción de la buena en 1985, y que hace cosas con las que, en aquellos días, ni siquiera éramos capaces de soñar.
Y si ni por esas le convence a su hijo de que no le hace falta un ordenador nuevo, y no deja de darle el peñazo, a mí ya no se me ocurre otra estrategia para solucionarle el problema.
El Amstrad CPC-464 (con monitor de fósforo verde): el sueño dorado (vale, verde) de cualquier chaval allá por 1986.
martes, 10 de agosto de 2010
Yo Nunca Tuve un Yoyó Russell.
Es (uno más) de mis traumas infantiles.
Seguramente, si usted tiene menos de 30 años, sabe qué es un yoyó, pero nunca se ha molestado en jugar con uno. (Normal. Sin duda, si yo hubiera tenido una Play-Station con 8 años, también le habrían dado morcillas a todos los juguetitos simplones de la época. Por suerte no fue así, y desarrollé una capacidad de divertirme con poca cosa que atesoro como una de mis más preciadas facultades).
El caso es que, en aquellos ya remotos años 80, el dichoso yoyó se ponía de moda, y durante un par de semanas no se hacia otra cosa en el patio (y luego se iba tan rápido como había venido, y nos daba por cualquier otra locura efímera, como los cromos de Disney o las vueltas ciclistas de chapas).
El Yoyó (con mayúsculas) era el de la marca Russell, que se presentaba en diferentes modelos de 2, 3 y 4 estrellas (creo que de 1 no había y los de 5 no estaban a la venta, la única manera de conseguirlos era ganando un campeonato).
Pues resulta que yo jamás tuve uno, e ignoro la razón. Quizás porque no eran baratos, y mi familia se negó a pagar de más por un producto que -sin duda- acabaría condenado a cadena perpetua en el fondo de un cajón en pocas semanas. O puede que no los encontraran o que yo no fuera suficientemente explícito en el enunciado de mi capricho.
Sea como fuere, terminé con un yoyó chucho de color morado, con el que era absolutamente incapaz de ejecutar todas las figuras que mis compañeros repetían hasta la saciedad con sus "Russells" (léase "el perrito", "el columpio"...)
Yo achacaba mi fracaso a no disponer de un yoyó de primera división, pero lo cierto es que había un niño en mi clase con el peor yoyó del mundo al que le salían todos los trucos imaginables...
Afortunadamente, la moda se pasó y aquel modesto yoyó acabó en el fondo de un cajón.
Un lugar donde todos los yoyós, Russell o no, son iguales.
Seguramente, si usted tiene menos de 30 años, sabe qué es un yoyó, pero nunca se ha molestado en jugar con uno. (Normal. Sin duda, si yo hubiera tenido una Play-Station con 8 años, también le habrían dado morcillas a todos los juguetitos simplones de la época. Por suerte no fue así, y desarrollé una capacidad de divertirme con poca cosa que atesoro como una de mis más preciadas facultades).
El caso es que, en aquellos ya remotos años 80, el dichoso yoyó se ponía de moda, y durante un par de semanas no se hacia otra cosa en el patio (y luego se iba tan rápido como había venido, y nos daba por cualquier otra locura efímera, como los cromos de Disney o las vueltas ciclistas de chapas).
El Yoyó (con mayúsculas) era el de la marca Russell, que se presentaba en diferentes modelos de 2, 3 y 4 estrellas (creo que de 1 no había y los de 5 no estaban a la venta, la única manera de conseguirlos era ganando un campeonato).
Pues resulta que yo jamás tuve uno, e ignoro la razón. Quizás porque no eran baratos, y mi familia se negó a pagar de más por un producto que -sin duda- acabaría condenado a cadena perpetua en el fondo de un cajón en pocas semanas. O puede que no los encontraran o que yo no fuera suficientemente explícito en el enunciado de mi capricho.
Sea como fuere, terminé con un yoyó chucho de color morado, con el que era absolutamente incapaz de ejecutar todas las figuras que mis compañeros repetían hasta la saciedad con sus "Russells" (léase "el perrito", "el columpio"...)
Yo achacaba mi fracaso a no disponer de un yoyó de primera división, pero lo cierto es que había un niño en mi clase con el peor yoyó del mundo al que le salían todos los trucos imaginables...
Afortunadamente, la moda se pasó y aquel modesto yoyó acabó en el fondo de un cajón.
Un lugar donde todos los yoyós, Russell o no, son iguales.
lunes, 21 de junio de 2010
Balones de Reglamento.
Ahora, no hace falta especificar, que son todos así -un niño actual no se conformaría con menos-, pero cuando yo era un crío (y no hace tanto) había balones y balones "de reglamento" (que eran los buenos).
Recuerdo la cara de orgullo con que el compañero de turno lo traía de estreno al cole: nuevecito, con esa capa de un color chillón histérico que se iba quitando a base de partidos de recreo, hasta revelar su corazón "acuerazado", de un marrón indescriptible tirando a grisáceo.
Recuerdo cómo el dueño del balón era el dueño del juego, haciendo y deshaciendo a su antojo y cómo éramos todos un poco esclavos de su capricho: cualquier cosa con tal de que no se enfurruñara y se llevara su tan preciada posesión.
Recuerdo aquellos balones: díscolos e indómitos, sordos a las pretensiones de mis puntapiés, marchando en la dirección que les venía en gana (y siempre más flojito de lo que yo hubiera deseado). Y también lo recuerdo amenazadores, armas de filo redondo al servicio de los mayores, esos que tiraban "a trallón", consiguiendo el característico y terrorífico estruendo que hacía el balón al chocarse contra una pared.
Recuerdo, en suma, a los balones como protagonistas de los partido de mi infancia, cuando se jugaba al fútbol en descampados de tierra, con chaquetas por porterías.
Y, con suerte, con balón de reglamento. (Y, si no, pues con alguna absurda pelota de plástico de esas que florecían en las casetas de feria, y que hacían un ruido absurdo y poco viril cuando chutabas. Pero, y nunca mejor dicho, "menos daba una piedra").
Recuerdo la cara de orgullo con que el compañero de turno lo traía de estreno al cole: nuevecito, con esa capa de un color chillón histérico que se iba quitando a base de partidos de recreo, hasta revelar su corazón "acuerazado", de un marrón indescriptible tirando a grisáceo.
Recuerdo cómo el dueño del balón era el dueño del juego, haciendo y deshaciendo a su antojo y cómo éramos todos un poco esclavos de su capricho: cualquier cosa con tal de que no se enfurruñara y se llevara su tan preciada posesión.
Recuerdo aquellos balones: díscolos e indómitos, sordos a las pretensiones de mis puntapiés, marchando en la dirección que les venía en gana (y siempre más flojito de lo que yo hubiera deseado). Y también lo recuerdo amenazadores, armas de filo redondo al servicio de los mayores, esos que tiraban "a trallón", consiguiendo el característico y terrorífico estruendo que hacía el balón al chocarse contra una pared.
Recuerdo, en suma, a los balones como protagonistas de los partido de mi infancia, cuando se jugaba al fútbol en descampados de tierra, con chaquetas por porterías.
Y, con suerte, con balón de reglamento. (Y, si no, pues con alguna absurda pelota de plástico de esas que florecían en las casetas de feria, y que hacían un ruido absurdo y poco viril cuando chutabas. Pero, y nunca mejor dicho, "menos daba una piedra").
miércoles, 21 de abril de 2010
Len.
Len Bias es una de tantísimas deudas que las malditas drogas contrajeron con la Humanidad, deudas sabemos que nunca nos van a pagar.
Tenía talento, a raudales, para eso que tanto me gusta llamado baloncesto. Un talento que le llevó a ser una gran estrella del deporte universitario y a ser fichado por los Boston Celtics en junio de 1986.
Yo, por aquel entonces, estaba a puntito de cumplir 12 años. Jugaba al basket en los aros (cuando no estaban rotos por culpa de la brutalidad de los mayores) de un colegio de barrio. Era uno de tantos críos sedientos de ídolos con cuya imagen decorar nuestras paredes, carpetas y sueños.
Len estaba destinado a saciar esa sed: porque saltaba alto, porque machacaba a placer, porque metía muchos puntos.
La noticia no pasó de ser un breve en la sección deportiva del periódico, esa que yo devoraba a diario: Len Bias había muerto a causa de una sobredosis de cocaína, tan sólo 48 horas después de anunciarse su millonario fichaje por los Boston Celtics.
Cuando lo leí, yo no sabía quién era aquel tío, pero si lo habían fichado los Celtics de Larry Bird, debía ser muy bueno. Por desgracia, yo ya no iba a tener ocasión de comprobarlo.
Desde ese día, cuando alguien menciona a ese polvo blanco y malparido en mi presencias, a veces se me viene el nombre Len Bias. Entonces, maldigo a la puta cocaína por haberme robado un puñado de buenos ratos e ilusiones de adolescencia.
Tenía talento, a raudales, para eso que tanto me gusta llamado baloncesto. Un talento que le llevó a ser una gran estrella del deporte universitario y a ser fichado por los Boston Celtics en junio de 1986.
Yo, por aquel entonces, estaba a puntito de cumplir 12 años. Jugaba al basket en los aros (cuando no estaban rotos por culpa de la brutalidad de los mayores) de un colegio de barrio. Era uno de tantos críos sedientos de ídolos con cuya imagen decorar nuestras paredes, carpetas y sueños.
Len estaba destinado a saciar esa sed: porque saltaba alto, porque machacaba a placer, porque metía muchos puntos.
La noticia no pasó de ser un breve en la sección deportiva del periódico, esa que yo devoraba a diario: Len Bias había muerto a causa de una sobredosis de cocaína, tan sólo 48 horas después de anunciarse su millonario fichaje por los Boston Celtics.
Cuando lo leí, yo no sabía quién era aquel tío, pero si lo habían fichado los Celtics de Larry Bird, debía ser muy bueno. Por desgracia, yo ya no iba a tener ocasión de comprobarlo.
Desde ese día, cuando alguien menciona a ese polvo blanco y malparido en mi presencias, a veces se me viene el nombre Len Bias. Entonces, maldigo a la puta cocaína por haberme robado un puñado de buenos ratos e ilusiones de adolescencia.
lunes, 5 de abril de 2010
Cuando la Sangre Era Negra (Pelis de Miedo en Blanco y Negro).
Hace años que ningún canal se digna ponerlas (también puede ser que yo no me digno a leer todas las programaciones de todos los canales a todas horas), por lo que muchos jóvenes de ahora no saben de su existencia.
Quizás sea mejor así, porque les producirían más carcajadas que gritos de terror.
Dicen que el miedo es libre y debe ser por eso que lo que asusta al gran público ha cambiado. Queremos más realismo, más probabilidad. ¿Monstruos de países remotos? ¡Si yo no voy a pisarlos! En cambio, que al carnicero de la esquina se le vaya la cabeza porque el Atleti de Madrid pierde la Copa del Rey y se líe a masacrar a la clientela, eso nos parece más cercano, posible y terrorífico.
Y también queremos realismo, mucho: primeros planos y sangre a borbollones (o borbotones) y con los globulos de colorines en tres dimensiones.
Pero, dado que ya quedó dicho que el miedo es libre, yo me quedo con esas películas inocentes y un tanto sobreactuadas en blanco y negro.
Ya sé que no dan miedo, pero es resulta que a mí, pasar miedo me da un montón de miedo.
Quizás sea mejor así, porque les producirían más carcajadas que gritos de terror.
Dicen que el miedo es libre y debe ser por eso que lo que asusta al gran público ha cambiado. Queremos más realismo, más probabilidad. ¿Monstruos de países remotos? ¡Si yo no voy a pisarlos! En cambio, que al carnicero de la esquina se le vaya la cabeza porque el Atleti de Madrid pierde la Copa del Rey y se líe a masacrar a la clientela, eso nos parece más cercano, posible y terrorífico.
Y también queremos realismo, mucho: primeros planos y sangre a borbollones (o borbotones) y con los globulos de colorines en tres dimensiones.
Pero, dado que ya quedó dicho que el miedo es libre, yo me quedo con esas películas inocentes y un tanto sobreactuadas en blanco y negro.
Ya sé que no dan miedo, pero es resulta que a mí, pasar miedo me da un montón de miedo.
lunes, 29 de marzo de 2010
Homenaje al Abuelo Cebolleta y su Cuadrilla.
"Batallas del Abuelo", suelto es mi clases como preludio de una "anécdota pedagógicamente significativa" ("¡Esa ya la has contado mil veces!", me chiva alguno con su mirada aburrida. Da igual, se la encajo de todos modos).
No sé si el alumnado sabe quién fue el primer Abuelo que propinaba batallitas. Me temo que no. Son demasiado jóvenes para haber oído hablar de (por hablar de leer a) la Familia Cebolleta o su célebre Abuelo.
Ellos tienen sus "comics" y sus "mangas". Yo, como los niños de ayer y de antes de ayer, tuve la suerte de leer "tebeos".
Y, como homenaje a aquella época tan maravillosa que es ser un niño, seguiré llamando "Abuelo Cebolleta" al pesado de turno, "Carpanta" a un glotón, "Pepe Gotera" a un chapuzas y...mil personajes más. (¡Me da igual que los chavales no sepan de qué va el tema!)
Sí, y también usaré esos nombres como homenaje a tanta creatividad semanal que manaba de las páginas de los kioscos de España, y que sin duda forjó Cultura Popular Española.
¡Qué lástima y que vergüenza que les tengamos tan olvidados, a dibujos y a dibujantes!
No sé si el alumnado sabe quién fue el primer Abuelo que propinaba batallitas. Me temo que no. Son demasiado jóvenes para haber oído hablar de (por hablar de leer a) la Familia Cebolleta o su célebre Abuelo.
Ellos tienen sus "comics" y sus "mangas". Yo, como los niños de ayer y de antes de ayer, tuve la suerte de leer "tebeos".
Y, como homenaje a aquella época tan maravillosa que es ser un niño, seguiré llamando "Abuelo Cebolleta" al pesado de turno, "Carpanta" a un glotón, "Pepe Gotera" a un chapuzas y...mil personajes más. (¡Me da igual que los chavales no sepan de qué va el tema!)
Sí, y también usaré esos nombres como homenaje a tanta creatividad semanal que manaba de las páginas de los kioscos de España, y que sin duda forjó Cultura Popular Española.
¡Qué lástima y que vergüenza que les tengamos tan olvidados, a dibujos y a dibujantes!
miércoles, 24 de marzo de 2010
Nostalgia a Cuatro Colores.
Cuando uno lleva más de una década en mi negocio, se te hace callo en el corazón. En otras palabras, que emocionarte es más complicado que la declaración de la Renta de Alí-Babá.
No obstante, hoy he tenido un momento de atragantamiento salival.
¡¡¡He visto un Boli Bic de cuatro colores!!!
Ese seductor producto que se convirtió en un elemento imprescindible y preciado en los estuches escolares de los años 80.
Lo tenía todo:
Te permitía juguetear con sus cuatro botoncitos de muelle y, con ello, hacer más llevaderas las largas travesías de la explicación del profe (con ese "click" tan característico al cambiar de color).
Era un proscrito, pues la señorita insistía en que no lo utilizarás, ya que era "demasiado gordo para escribir a gusto y haces mala letra". (Mi caligrafía era un desastre natural cualquiera que fuera el boli, un trauma infantil que me temo no he superado del todo).
Despertó en todos nosotros el espíritu de la ingeniería de investigación (vamos, que lo abría a ver cómo leches funcionaba eso).
¡Lástima que tu idilio con el cacharrito durara tan poco! Básicamente, porque te lo cargabas con tanto manoseo, o, con mayor frecuencia, porque te ibas al recreo y, al volver, el dichoso boli Bic de cuatro colores se te había fugado con una goma de nata a la Isla de los Artículos de Papelería Perdidos.
Espero que fueran muy felices allí.
No obstante, hoy he tenido un momento de atragantamiento salival.
¡¡¡He visto un Boli Bic de cuatro colores!!!
Ese seductor producto que se convirtió en un elemento imprescindible y preciado en los estuches escolares de los años 80.
Lo tenía todo:
Te permitía juguetear con sus cuatro botoncitos de muelle y, con ello, hacer más llevaderas las largas travesías de la explicación del profe (con ese "click" tan característico al cambiar de color).
Era un proscrito, pues la señorita insistía en que no lo utilizarás, ya que era "demasiado gordo para escribir a gusto y haces mala letra". (Mi caligrafía era un desastre natural cualquiera que fuera el boli, un trauma infantil que me temo no he superado del todo).
Despertó en todos nosotros el espíritu de la ingeniería de investigación (vamos, que lo abría a ver cómo leches funcionaba eso).
¡Lástima que tu idilio con el cacharrito durara tan poco! Básicamente, porque te lo cargabas con tanto manoseo, o, con mayor frecuencia, porque te ibas al recreo y, al volver, el dichoso boli Bic de cuatro colores se te había fugado con una goma de nata a la Isla de los Artículos de Papelería Perdidos.
Espero que fueran muy felices allí.
martes, 16 de marzo de 2010
Carne Picada en General (Del Filete Ruso al Big Mac).
Fue una de las profundas dudas de mi infancia: ¿qué fue primero, el filete ruso o la albóndiga?
Daba igual, estaban ricos los dos (aunque a mí el tomate no me iba mucho, nunca supe la razón).
Entonces llegaron los americanos (que todo lo hacen bien a los ojos de niños y jóvenes) y metieron un filete ruso muy gordo en un bollo de pan con cosas raras encima, y le pusieron un tomate raro que picaba, y mostaza, y toda la ensalada. Y resultaba que aquello se llamaba hamburguesa y estaba muy rico.
Y, por supuesto, la hamburguesa no se podía consumir en cualquier sitio. Había que acudir a unos templos de la adolescencia culinaria llamados "burger", donde todo tenía un nombre extranjero y raro, y no había camareros, sino unos tipos disfrazados que no apuntaban lo que pedías, sino que lo decían por un micrófono, como si aquello fuera el bingo. Y te lo servían rápido y en una bandejita de plástico.
Y búscate tú mismo la mesa (aunque a menudo de eso se había encargado el grupo avanzadilla).
Sí, soy tan viejo que recuerdo aquellos días lejanos en que Burger King, McDonald's o el malogrado Wendy (con sus añoradas patatas asadas) eran novedad. Recuerdo, incluso, aquella legendaria promoción de hamburguesa, refresco y patatas (todo pequeño) por 115 pelas. Días en que todavía no habían inventado el colesterol y uno ni se planteaba que tanta patata superfrita pudiera ser mala.
Ahora los chicos consumen el susodicho "trío fast food" (y helado de postre) con toda normalidad y rutina. Yo, en cambio, viví la época en que aquello de ir al burger tenía un mucho de aventura y exploración: ¿Cómo se pronunciará eso? ¿Qué llevará lo otro?...
Mas, las cosas como son, yo ahora me quedo con un buen filete ruso. (Debe ser que me estoy haciendo mayor).
Daba igual, estaban ricos los dos (aunque a mí el tomate no me iba mucho, nunca supe la razón).
Entonces llegaron los americanos (que todo lo hacen bien a los ojos de niños y jóvenes) y metieron un filete ruso muy gordo en un bollo de pan con cosas raras encima, y le pusieron un tomate raro que picaba, y mostaza, y toda la ensalada. Y resultaba que aquello se llamaba hamburguesa y estaba muy rico.
Y, por supuesto, la hamburguesa no se podía consumir en cualquier sitio. Había que acudir a unos templos de la adolescencia culinaria llamados "burger", donde todo tenía un nombre extranjero y raro, y no había camareros, sino unos tipos disfrazados que no apuntaban lo que pedías, sino que lo decían por un micrófono, como si aquello fuera el bingo. Y te lo servían rápido y en una bandejita de plástico.
Y búscate tú mismo la mesa (aunque a menudo de eso se había encargado el grupo avanzadilla).
Sí, soy tan viejo que recuerdo aquellos días lejanos en que Burger King, McDonald's o el malogrado Wendy (con sus añoradas patatas asadas) eran novedad. Recuerdo, incluso, aquella legendaria promoción de hamburguesa, refresco y patatas (todo pequeño) por 115 pelas. Días en que todavía no habían inventado el colesterol y uno ni se planteaba que tanta patata superfrita pudiera ser mala.
Ahora los chicos consumen el susodicho "trío fast food" (y helado de postre) con toda normalidad y rutina. Yo, en cambio, viví la época en que aquello de ir al burger tenía un mucho de aventura y exploración: ¿Cómo se pronunciará eso? ¿Qué llevará lo otro?...
Mas, las cosas como son, yo ahora me quedo con un buen filete ruso. (Debe ser que me estoy haciendo mayor).
miércoles, 24 de febrero de 2010
Universidad, Diversidad y Diversión (a Secas).
Aunque mis días (y alguna que otra noche) de universitario cada vez están más lejanos, y ahora sé de la Universidad sólo por referencias, me huelo que se le están cargando.
Sospecho que la están convirtiendo en una mera prolongación del colegio: Ahora obligan a ir a clase, hacen un montón de examencitos de cada tema (porque si no los alumnos no van al día), los apuntes están el foro de Internet y hasta hay que presentar trabajos para aprobar...¡Pero si ya no hay ni pintadas guarras en el lavabo de tíos!
Igualito que mi segundo curso de carrera: 6 asignaturas a un cara o cruz en Junio de 1994 (menos mal que yo me las apañé para sacar 6 caras).
Tanta obsesión con que los alumnos aprendan y se formen me parece ilógica. ¡Son jóvenes y tienen toda una vida para estudiar y mejorar! (En realidad, uno va a la Universidad a enterarse de todo lo que deberá aprender cuando termine la carrera. Ese, al menos, fue mi caso).
En cambio, es su única oportunidad de tener 20 años, de estar tirados en el césped muertos de risa, de correr por los pasillos del Metro sin saber por qué, de irse hasta el culo del mundo en busca de unos apuntes fotocopiados salvadores, de ser un viciado del mus, de ser -en suma- joven.
Sí, les están poniendo las cosas tan difíciles y tan feas a los universitarios actuales que no me extraña que busquen refugio habitual en el alcohol y las borracheras.
Cosa que ni mis amigos de carrera ni yo tuvimos necesidad de hacer para pasárnoslo de escándalo.
Sospecho que la están convirtiendo en una mera prolongación del colegio: Ahora obligan a ir a clase, hacen un montón de examencitos de cada tema (porque si no los alumnos no van al día), los apuntes están el foro de Internet y hasta hay que presentar trabajos para aprobar...¡Pero si ya no hay ni pintadas guarras en el lavabo de tíos!
Igualito que mi segundo curso de carrera: 6 asignaturas a un cara o cruz en Junio de 1994 (menos mal que yo me las apañé para sacar 6 caras).
Tanta obsesión con que los alumnos aprendan y se formen me parece ilógica. ¡Son jóvenes y tienen toda una vida para estudiar y mejorar! (En realidad, uno va a la Universidad a enterarse de todo lo que deberá aprender cuando termine la carrera. Ese, al menos, fue mi caso).
En cambio, es su única oportunidad de tener 20 años, de estar tirados en el césped muertos de risa, de correr por los pasillos del Metro sin saber por qué, de irse hasta el culo del mundo en busca de unos apuntes fotocopiados salvadores, de ser un viciado del mus, de ser -en suma- joven.
Sí, les están poniendo las cosas tan difíciles y tan feas a los universitarios actuales que no me extraña que busquen refugio habitual en el alcohol y las borracheras.
Cosa que ni mis amigos de carrera ni yo tuvimos necesidad de hacer para pasárnoslo de escándalo.
viernes, 8 de enero de 2010
Máquinas de Tragar (¡Qué Perras!)
El título de hoy me ha salido picarón semiesquina a grosero, juego de palabras de ración incluido.
Máquinas tragaperras: no hay bar de España que no tenga una de ellas, al igual que no hay español que no haya probado suerte (algunos, sólo la vuelta del café, otros, en cambio, se pegan sesiones de varias horas).
Me gustaban más las de antes, antes. Esas de Recreativos Franco (5.000 pelas de "especial" con los pajaritos de banda sonora original), con sus cerezas, sus sandías y ese logotipo tan raro, pero tan codiciado. Esas sencillitas que todo el mundo entendía, porque lo único que había que hacer era darle al botón rojo (eso sí, leñazos plenos de virilidad), o, como mucho, jugar los "avances".
A las de ahora jamás me atrevería a jugar, tan grandes, con tantas pantallas, tantas luces, y tantos botones. Me falta valor, sí, para arriesgarme a meter un euro (o lo que cueste) y que eso empiece a pitar y a emitir exóticos destellos, y que el camarero me chille alarmado: "¡Chaval, pulsa ruleta o pierdes el bonus!" y yo no saber a qué ruleta se refiere o qué es eso del bonus.
Ahora que caigo, las maquinas tragaperra sólo me parecieron divertidas cuando era ilegal que yo jugase a ellas. Fue cumplir los 18 y perderse el hechizo.
Yo es que, le confieso, siempre he sido más bien poco jugador. Debe ser "ludoapatía".
Máquinas tragaperras: no hay bar de España que no tenga una de ellas, al igual que no hay español que no haya probado suerte (algunos, sólo la vuelta del café, otros, en cambio, se pegan sesiones de varias horas).
Me gustaban más las de antes, antes. Esas de Recreativos Franco (5.000 pelas de "especial" con los pajaritos de banda sonora original), con sus cerezas, sus sandías y ese logotipo tan raro, pero tan codiciado. Esas sencillitas que todo el mundo entendía, porque lo único que había que hacer era darle al botón rojo (eso sí, leñazos plenos de virilidad), o, como mucho, jugar los "avances".
A las de ahora jamás me atrevería a jugar, tan grandes, con tantas pantallas, tantas luces, y tantos botones. Me falta valor, sí, para arriesgarme a meter un euro (o lo que cueste) y que eso empiece a pitar y a emitir exóticos destellos, y que el camarero me chille alarmado: "¡Chaval, pulsa ruleta o pierdes el bonus!" y yo no saber a qué ruleta se refiere o qué es eso del bonus.
Ahora que caigo, las maquinas tragaperra sólo me parecieron divertidas cuando era ilegal que yo jugase a ellas. Fue cumplir los 18 y perderse el hechizo.
Yo es que, le confieso, siempre he sido más bien poco jugador. Debe ser "ludoapatía".
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Bares, Menores y Cinco Duritos.
La brigada púber con mochilas y anoraks atravesaba la cafetería entre susurros de excitación.
-¿Vais a jugar a la maquinita?-atronaba la voz del camarero de la pajarita algo torcida y la mala leche.
-Sí-respondía tímido el más lanzado del grupo.
-¿Todos?
-Éste, los demás venimos a mirar.
-Bueno, pero cuando se os acabe el dinero, os vais.
-Vale.
Esta era la escena tantas veces repetida los días de diario a la hora de la salida de clase. La de los mocosos que íbamos a dejarnos gran parte de nuestras míseras fortunas en las entrañas de una fascinante máquina más grande que nosotros, con naves espaciales pintadas por todas partes y la pantalla con una cierta capa de grasa.
"Bomb Jack", "Donkey Kong", "Moon Cresta"...Nombres anglosajones que pronunciábamos como nuestro torpe inglés nos daba a entender, pero que representaron una fascinante parte de nuestra infancia y primera adolescencia. La de amistades forjadas a base de consejos, de felicitaciones, de rabias compartidas, y siempre con los ojos clavados en aquellas pantallas con una cierta capa de grasa.
Ahora los niños quedan en la comodidad de sus salones, ante gigantescas pantallas de plasma, y tienen a juegos que parecen películas, y se echan todas las partidas que quieren, porque el aparato es de ellos.
Pero seguro que no lo disfrutan como nosotros lo hicimos. Con aquellos muñequitos tan rudimentarios pero que nos llenaban de colorines la imaginación, y con aquellas vidas que había que administrar con tanto mimo, que te daban tres por cinco duros. Y cuando se acabaran, se había acabado.
-¿Vais a jugar a la maquinita?-atronaba la voz del camarero de la pajarita algo torcida y la mala leche.
-Sí-respondía tímido el más lanzado del grupo.
-¿Todos?
-Éste, los demás venimos a mirar.
-Bueno, pero cuando se os acabe el dinero, os vais.
-Vale.
Esta era la escena tantas veces repetida los días de diario a la hora de la salida de clase. La de los mocosos que íbamos a dejarnos gran parte de nuestras míseras fortunas en las entrañas de una fascinante máquina más grande que nosotros, con naves espaciales pintadas por todas partes y la pantalla con una cierta capa de grasa.
"Bomb Jack", "Donkey Kong", "Moon Cresta"...Nombres anglosajones que pronunciábamos como nuestro torpe inglés nos daba a entender, pero que representaron una fascinante parte de nuestra infancia y primera adolescencia. La de amistades forjadas a base de consejos, de felicitaciones, de rabias compartidas, y siempre con los ojos clavados en aquellas pantallas con una cierta capa de grasa.
Ahora los niños quedan en la comodidad de sus salones, ante gigantescas pantallas de plasma, y tienen a juegos que parecen películas, y se echan todas las partidas que quieren, porque el aparato es de ellos.
Pero seguro que no lo disfrutan como nosotros lo hicimos. Con aquellos muñequitos tan rudimentarios pero que nos llenaban de colorines la imaginación, y con aquellas vidas que había que administrar con tanto mimo, que te daban tres por cinco duros. Y cuando se acabaran, se había acabado.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Vagones de Metro (En el Fondo, Se Os Quiere).
Las campañas publicitarias del Metro son siempre un éxito, y permiten que los publicistas que las diseñan se costeen unos coches estupendos.
De todos modos, aunque no se hicieran, la gente seguiría viajando en Metro igual. Sí, el Metro es el transporte de los que no tienen más remedio. Aunque, es innegable, la cosa tiene su encanto (puntín rancio y monótono en clave de traqueteo).
Ese que va mirando para otro lado, y que tú le miras, y que (por arte de magia), gira la cabeza y empieza a mirarte, y es entonces cuando tu empiezas a mirar para otro lado.
Ese señor de bigote con una mano en la barra y la otra en el "Marca", primorosamente doblado por la mitad, y guardando el equilibrio con sorprendente facilidad a cada desafío de las leyes de la Inercia.
Esa solterona de perfecto tópico, leyendo el Premio Planeta con una absurda sonrisa en los labios.
Ese tipo haciendo una sopa de letras apoyado en la mochila que atesora las herramientas del oficio.
Esas niñas pijas de carpeta con bebé y planes de fin de semana, compartiendo su vida a voces con todo el vagón.
Ese currante cabeza en mano y cerrado de párpados, jugando los minutos de descuento de su noche de sueño, y que, maravillas de la rutina laboral, se despierta milagrosamente en su parada correspondiente.
Esa pareja de recogída del Paraíso terrenal y nocturno que se besa compartiendo asiento ante la escandalizada presencia (mirando a otro lado) de una señora de esas que madrugan mucho para ir a nadie sabe dónde.
Esos millones de mundos que caben en un túnel, circulando por las venas de la ciudad.
Ese Metro que no vuela sino que, en realidad...
...Late.
De todos modos, aunque no se hicieran, la gente seguiría viajando en Metro igual. Sí, el Metro es el transporte de los que no tienen más remedio. Aunque, es innegable, la cosa tiene su encanto (puntín rancio y monótono en clave de traqueteo).
Ese que va mirando para otro lado, y que tú le miras, y que (por arte de magia), gira la cabeza y empieza a mirarte, y es entonces cuando tu empiezas a mirar para otro lado.
Ese señor de bigote con una mano en la barra y la otra en el "Marca", primorosamente doblado por la mitad, y guardando el equilibrio con sorprendente facilidad a cada desafío de las leyes de la Inercia.
Esa solterona de perfecto tópico, leyendo el Premio Planeta con una absurda sonrisa en los labios.
Ese tipo haciendo una sopa de letras apoyado en la mochila que atesora las herramientas del oficio.
Esas niñas pijas de carpeta con bebé y planes de fin de semana, compartiendo su vida a voces con todo el vagón.
Ese currante cabeza en mano y cerrado de párpados, jugando los minutos de descuento de su noche de sueño, y que, maravillas de la rutina laboral, se despierta milagrosamente en su parada correspondiente.
Esa pareja de recogída del Paraíso terrenal y nocturno que se besa compartiendo asiento ante la escandalizada presencia (mirando a otro lado) de una señora de esas que madrugan mucho para ir a nadie sabe dónde.
Esos millones de mundos que caben en un túnel, circulando por las venas de la ciudad.
Ese Metro que no vuela sino que, en realidad...
...Late.
miércoles, 15 de julio de 2009
El Ladrido del Ladrillo. (Homenaje a Lego, Tente y similares).
En curiosa paradoja didactico-laboral, poner ladrillos hasta cumplir los 16 te ayuda en tu educacion, pero de esa edad para adelante, si te dedicas a la contruccion, es porque tu etapa escolar no ha ido demasiado bien.
Me refiero, por supuesto, a los juegos de construccion. Esos que, indiscutiblemente, ayudan a tu imaginacion a aprender a volar. Ladrillitos de colores que encajan magicamente y que te permiten crear cualquier cosas menos lo que pone en la caja que deberia ser.
Y la cosa era cada vez mejor segun se iban teniendo mas piezas, segun el volumen de ocupacion de aquella inmensa caja de plastico que olia a plastico era mayor. Entonces, literalmente, el limite era tu propia creatividad, lo que era estupendo, porque no tenia limites.
Si, todos los que tenemos un poquito de creatividad pasamos por aquella etapa, y la echamos mucho de menos.
Volcar el cubo, llenar la moqueta de colorines y sentir como la autopista de la cabeza empezaba a llenarse de coches que circulaban a toda velocidad.
Me refiero, por supuesto, a los juegos de construccion. Esos que, indiscutiblemente, ayudan a tu imaginacion a aprender a volar. Ladrillitos de colores que encajan magicamente y que te permiten crear cualquier cosas menos lo que pone en la caja que deberia ser.
Y la cosa era cada vez mejor segun se iban teniendo mas piezas, segun el volumen de ocupacion de aquella inmensa caja de plastico que olia a plastico era mayor. Entonces, literalmente, el limite era tu propia creatividad, lo que era estupendo, porque no tenia limites.
Si, todos los que tenemos un poquito de creatividad pasamos por aquella etapa, y la echamos mucho de menos.
Volcar el cubo, llenar la moqueta de colorines y sentir como la autopista de la cabeza empezaba a llenarse de coches que circulaban a toda velocidad.
lunes, 13 de julio de 2009
Todos Tenemos un Pasado (Automovilistico).
Hubo una epoca en que los coches eran solo coches y las carreteras se limitiban a ir de un sitio a otro.
124, 127, 131, R-4, R-5, R-9, Simca...Los voluntariosos carros de acero que surcaban Espana a una velocidad (como mucho) razonable y sin aire acondicionado (o con uno tan modesto que palidecia ante la brisa polar con hilo musical a la que el Corte Ingles nos tenia acostumbrados).
Ir de Madrid a Alicante era una aventura, y como tal se planteaba: partir al abrigo de la noche, vestir como si de safari se fuera...y las miles de paradas tecnicas con sabor a bocadillo, refresco y pis (esta ultima frase no me ha quedado muy afortundada, igual la borro). Al final del camino, y despues de sortear mil y un camiones, la tierra prometida del apartamento y el chiringuito.
Ahora todo es muy rapido y muy comodo a golpe de cochazo y autopista. Y, no seamos mentirosos, mejor.
Lo otro era una pesadez insoportable que se recuerda con una sonrisa, pero se vivia con bastante cabreo.
Las cosas como son (y como eran).
124, 127, 131, R-4, R-5, R-9, Simca...Los voluntariosos carros de acero que surcaban Espana a una velocidad (como mucho) razonable y sin aire acondicionado (o con uno tan modesto que palidecia ante la brisa polar con hilo musical a la que el Corte Ingles nos tenia acostumbrados).
Ir de Madrid a Alicante era una aventura, y como tal se planteaba: partir al abrigo de la noche, vestir como si de safari se fuera...y las miles de paradas tecnicas con sabor a bocadillo, refresco y pis (esta ultima frase no me ha quedado muy afortundada, igual la borro). Al final del camino, y despues de sortear mil y un camiones, la tierra prometida del apartamento y el chiringuito.
Ahora todo es muy rapido y muy comodo a golpe de cochazo y autopista. Y, no seamos mentirosos, mejor.
Lo otro era una pesadez insoportable que se recuerda con una sonrisa, pero se vivia con bastante cabreo.
Las cosas como son (y como eran).
viernes, 26 de junio de 2009
Bye, Primo Michael.
"Lo acaba de decir la CNN, así que estás muerto, macho", eso le diría a mi primo Michael si me lo cruzara ahora por la calle.
Obviamente, no es familia mía, nunca lo fue y, por desgracia, nunca lo será. Pero, hágase cargo, cuando uno lleva escuchando desde que tiene uso de razón la gracieta de que es "primo de Michael Jackson", pues te lo acabas creyendo un poquito.
"Jackson, como el cantante", ¡cuantas veces lo habré dicho para que deletreen correctamente mi apellido!
Por lo que, ya ve, yo tenia un raro vínculo con ese tío tan raro. Pero con tanto talento. Y se ha muerto. Así, sin pedir permiso, aunque la cosa ya se barruntaba. Y, por lo que le he razonado antes, a mí me ha dado su penilla reglamentaria.
Adiós, Michael Jackson. Hola, discos recopilatorios, sentidas necrológicas con corazón de tópico y baño de hipocresía, y otra leyenda más para el Olimpo de los cantantes que no lograron llegar a viejos. En el fondo, si uno lo analiza, es un poco como Elvis: revolucionó la música de joven y se acabó convirtiendo en un esperpento de mediana edad que se fue antes de ser pensionista. ¿Quién sabe?, puede que Michael tampoco haya muerto, sino que se ha ido a vivir con Elvis.

Le pese a quien le pese, "Thriller" sigue siendo uno de los mejores álbumes de la historia.
Obviamente, no es familia mía, nunca lo fue y, por desgracia, nunca lo será. Pero, hágase cargo, cuando uno lleva escuchando desde que tiene uso de razón la gracieta de que es "primo de Michael Jackson", pues te lo acabas creyendo un poquito.
"Jackson, como el cantante", ¡cuantas veces lo habré dicho para que deletreen correctamente mi apellido!
Por lo que, ya ve, yo tenia un raro vínculo con ese tío tan raro. Pero con tanto talento. Y se ha muerto. Así, sin pedir permiso, aunque la cosa ya se barruntaba. Y, por lo que le he razonado antes, a mí me ha dado su penilla reglamentaria.
Adiós, Michael Jackson. Hola, discos recopilatorios, sentidas necrológicas con corazón de tópico y baño de hipocresía, y otra leyenda más para el Olimpo de los cantantes que no lograron llegar a viejos. En el fondo, si uno lo analiza, es un poco como Elvis: revolucionó la música de joven y se acabó convirtiendo en un esperpento de mediana edad que se fue antes de ser pensionista. ¿Quién sabe?, puede que Michael tampoco haya muerto, sino que se ha ido a vivir con Elvis.

Le pese a quien le pese, "Thriller" sigue siendo uno de los mejores álbumes de la historia.
viernes, 5 de junio de 2009
El Bollo por el Cromo, el Periódico por el DVD.
Mi placer más prohibido de infancia (sólo los domingos) fueron unos pastelitos de "El Retorno del Jedi" que traían unas pegatinas transparentes de regalo. No es que el bollo no estuviera bueno (chocolate, crema y colesterol), pero a mí lo que de verdad me seducía era el dichoso cromo.
Una lógica parecida parece que aplican los periódicos de hoy en actualidad. Volviendo a volver a mis días de EGB, el periódico (porque yo tuve la inmensa suerte de crecer en una casa donde se leía el periódico) traía de regalo -como mucho- un fascículo coleccionable, como una dosis extra de cultura.
Ahora, por contra, parece que lo de menos son las noticias. Más de uno y mas de dos (millones) hay que traicionan cimentadas ideologías y sectarismos varios, y compran un diario que, según ellos, no cuenta más que mentiras. Pero, (¡Ha, amigo!) regala un DVD, la TDT o las obras completas de Chuck Norris.
Sí, nos colocan todo el bollo sólo por el cromo. Como nos hacían cuando éramos niños. O, quizás, es que lo seguimos siendo.
Una lógica parecida parece que aplican los periódicos de hoy en actualidad. Volviendo a volver a mis días de EGB, el periódico (porque yo tuve la inmensa suerte de crecer en una casa donde se leía el periódico) traía de regalo -como mucho- un fascículo coleccionable, como una dosis extra de cultura.
Ahora, por contra, parece que lo de menos son las noticias. Más de uno y mas de dos (millones) hay que traicionan cimentadas ideologías y sectarismos varios, y compran un diario que, según ellos, no cuenta más que mentiras. Pero, (¡Ha, amigo!) regala un DVD, la TDT o las obras completas de Chuck Norris.
Sí, nos colocan todo el bollo sólo por el cromo. Como nos hacían cuando éramos niños. O, quizás, es que lo seguimos siendo.
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