Es obvio que mi Amigo no conduce coches. Y no sólo porque sus ojos se lo impidan, sino porque su conciencia se lo prohibe. Cada vez que nos vemos atrapados en un atasco, él siempre me dice -pues me habla porque sabe perfectamente que le entiendo:
"¡Mira todos esos egoistas metiditos en su cochecitos! ¡Cabrían todos en un autobús como este y entonces no habría atasco!"
Y ahí le tengo que dar la razón. Parece que a los humanos les cuesta mucho compartir. Todos quieren, adoran y defienden su coche, su vida y su egosimo, y el otro les trae sin cuidado. Parece que no se dan cuenta de que "el otro" son también ellos.
Recuerdo que en una ocasión estaba yo con mi Amigo en una pollería en pleno mes de Agosto. Hacía un calor insufrible y uno de los clientes, sin duda amigo del dueño del establecimiento, le preguntó:
-¡Paco, ¿por qué no pones aire acondicionado, coño?!
A lo que el pollero replicó:
-Porque, por muy fuerte que fuera, aquí, al lado del asador, donde yo estoy todo el día, no se iba a notar nada. ¡Y si me tengo que joder yo pasando calor, que se joda todo el mundo!
Esa he observado que es la naturaleza humana con triste frecuencia.
Aunque admito que no todos sois iguales, y, tras miles de viajes con mi Amigo en transporte público, me atrevo a decir que hay dos tipos de personas: las que, si fueran conductoras de autobús y un viajero les tocara a la puerta recién cerrada. abrirían y las que no.
El primer gesto es para mí la esencia misma de la Bondad.
El que no abre, en cambio, es un pedazo de mala persona que da asco.
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viernes, 1 de febrero de 2013
viernes, 25 de enero de 2013
Memorias de un Perro Lazarillo. De la Afición de los Humanos por Chillarse..
Mi Amigo y yo pasamos mucho tiempo esperando en los semáforos. Bueno, en realidad como todo el mundo.
Es entonces, mientras esperamos él y yo que el hombre de rojo se nos vuelva verde y empiece el pitidito (con una Lazarillo como yo, a mi Amigo no le hace falta, aunque una ayudita nunca está de más), cuando yo me dedico a observar y meditar -con la lengua fuera- según es mi costumbre.
Observo entonces que los seres humanos se dejan olvidada en la plaza de garaje esa racionalidad que tanto nos restriegan al resto de los animales. En efecto, los seres humanos al volante son tan brutos como las bestias más irracionales del zoológico.
Sin ir más lejos, el otro día dos coches se dieron un golpecito y los conductores, en vez de salir aliviados y agradecidos por estar ilesos y preocupados por cerciorarse de que el otro también estaba bien, saltaron ambos de sus vehículos como dos hienas en pugna por el mismo cadáver: se insultaban a grito pelado, culpándose mutuamente del percance.
Pero eso no fue lo peor, ya que el bochorno no había hecho sino empezar: los dos se lanzaron al cuello del otro, como dos osos peleando a zarpazos por un salmón.
Mientras, en el interior de uno de los coches, una señora y un niño contemplaban el espectáculo, con cara de susto pero sin demostrar la más mínima intención de intervenir. Mi instinto de perro -a menudo más inteligente que la racionalidad humana- me decía que no era la primera vez que veían al respetable padre de familia ponerse así de violento, en público o en privado, y que sabían por experiencia que era mejor no meter baza.
Y, también muy triste, un grupito de gente contemplaba la pelea, mudos, como si aquella escena indignante fuera un espectáculo de merito. Yo, por lo general, cuando veo que dos perros se pelean -o hacen cualquier otra cosa carente de decoro- lo que hago es ladrarles para que paren, pues es el buen nombre de todos nosotros los canes lo que está en juego.
Por suerte, al final apareció un ser humano digno de tal nombre y fue en busca de un policía.
Y no sé en qué quedo la cosa, porque entonces el semáforo se puso en verde, y mi Amigo y yo cruzamos, con el paso más apretado de lo habitual, como queriéndonos alejar de tanta vergüenza.
Es entonces, mientras esperamos él y yo que el hombre de rojo se nos vuelva verde y empiece el pitidito (con una Lazarillo como yo, a mi Amigo no le hace falta, aunque una ayudita nunca está de más), cuando yo me dedico a observar y meditar -con la lengua fuera- según es mi costumbre.
Observo entonces que los seres humanos se dejan olvidada en la plaza de garaje esa racionalidad que tanto nos restriegan al resto de los animales. En efecto, los seres humanos al volante son tan brutos como las bestias más irracionales del zoológico.
Sin ir más lejos, el otro día dos coches se dieron un golpecito y los conductores, en vez de salir aliviados y agradecidos por estar ilesos y preocupados por cerciorarse de que el otro también estaba bien, saltaron ambos de sus vehículos como dos hienas en pugna por el mismo cadáver: se insultaban a grito pelado, culpándose mutuamente del percance.
Pero eso no fue lo peor, ya que el bochorno no había hecho sino empezar: los dos se lanzaron al cuello del otro, como dos osos peleando a zarpazos por un salmón.
Mientras, en el interior de uno de los coches, una señora y un niño contemplaban el espectáculo, con cara de susto pero sin demostrar la más mínima intención de intervenir. Mi instinto de perro -a menudo más inteligente que la racionalidad humana- me decía que no era la primera vez que veían al respetable padre de familia ponerse así de violento, en público o en privado, y que sabían por experiencia que era mejor no meter baza.
Y, también muy triste, un grupito de gente contemplaba la pelea, mudos, como si aquella escena indignante fuera un espectáculo de merito. Yo, por lo general, cuando veo que dos perros se pelean -o hacen cualquier otra cosa carente de decoro- lo que hago es ladrarles para que paren, pues es el buen nombre de todos nosotros los canes lo que está en juego.
Por suerte, al final apareció un ser humano digno de tal nombre y fue en busca de un policía.
Y no sé en qué quedo la cosa, porque entonces el semáforo se puso en verde, y mi Amigo y yo cruzamos, con el paso más apretado de lo habitual, como queriéndonos alejar de tanta vergüenza.
viernes, 18 de enero de 2013
Memorias de un Perro Lazarillo. De las Prisas de los Humanos por Ir a los Sitios.
Sobre mi profesión, como pasa con todas, hablan mucho los que no entienden, o sea, los de fuera.
Dicen muchos perros que nosotros, los lazarillos, somos menos canes que ellos porque no corremos como locos por los parques, y nos pasamos toda la vida andando despacito con un señor agarrado.
¡Qué equivocados están! Pues, según tengo observado, correr no es ninguna bendición, sino más bien una condena que no sé quién la ha puesto al mundo de hoy en día. Yo, por mi parte, no correría ni aunque pudiera.
Los humanos se pasan el día entero corriendo porque llegan tarde a todos sitios. Y yo, por las caras que les veo, me pregunto si no les convendría organizarse la vida para tener menos sitios a los que llegar.
Mi amigo y yo, por nuestra parte, nos tomamos la vida con calma. Tenemos pocos compromisos y siempre salimos con tiempo de sobra para cumplirlos. Caminamos despacito por la calle y yo, por la cara de relajado que le veo a mi amigo, he llegado a la conclusión que no hay vehículo más lujoso que ir paseando tranquilamente.
Mi amigo y yo vamos mucho por el parque. Yo tengo tiempo de disfrutar de los olores de temporada -flores en primavera, cesped mojado en otoño-, de las vistas de los jardines cuidados con esmero, de la música de los niños riendo, del calor hospitalario del sol. Entonces, siempre suelo reparar en algún hermano perro de esos a los que han sacado a hacer ejercicio. Veo como les tirán un palo, y ellos van corriendo en busca, y lo traen de vuelta, y se lo vuelven a tirar -todavía más lejos, ¡qué manera de tomarle el pelo al pobre chucho hermano mío!- y allá va él a su captura, con unos nervios y una cara de agobio que me parece a mí que no pueden ser sanos.
Y yo siempre me quedo con las ganas de decirles a esos hermanos míos, contagiados de la prisa y el estrés de sus dueños: "¿tú crees que esto es vida, gilipollas?"
Dicen muchos perros que nosotros, los lazarillos, somos menos canes que ellos porque no corremos como locos por los parques, y nos pasamos toda la vida andando despacito con un señor agarrado.
¡Qué equivocados están! Pues, según tengo observado, correr no es ninguna bendición, sino más bien una condena que no sé quién la ha puesto al mundo de hoy en día. Yo, por mi parte, no correría ni aunque pudiera.
Los humanos se pasan el día entero corriendo porque llegan tarde a todos sitios. Y yo, por las caras que les veo, me pregunto si no les convendría organizarse la vida para tener menos sitios a los que llegar.
Mi amigo y yo, por nuestra parte, nos tomamos la vida con calma. Tenemos pocos compromisos y siempre salimos con tiempo de sobra para cumplirlos. Caminamos despacito por la calle y yo, por la cara de relajado que le veo a mi amigo, he llegado a la conclusión que no hay vehículo más lujoso que ir paseando tranquilamente.
Mi amigo y yo vamos mucho por el parque. Yo tengo tiempo de disfrutar de los olores de temporada -flores en primavera, cesped mojado en otoño-, de las vistas de los jardines cuidados con esmero, de la música de los niños riendo, del calor hospitalario del sol. Entonces, siempre suelo reparar en algún hermano perro de esos a los que han sacado a hacer ejercicio. Veo como les tirán un palo, y ellos van corriendo en busca, y lo traen de vuelta, y se lo vuelven a tirar -todavía más lejos, ¡qué manera de tomarle el pelo al pobre chucho hermano mío!- y allá va él a su captura, con unos nervios y una cara de agobio que me parece a mí que no pueden ser sanos.
Y yo siempre me quedo con las ganas de decirles a esos hermanos míos, contagiados de la prisa y el estrés de sus dueños: "¿tú crees que esto es vida, gilipollas?"
viernes, 11 de enero de 2013
Memorias de un Perro Lazarillo. Del Autor y su Nombre.
Sepa usted que yo soy un perro de raza pastor alemán y me llamo Tersites. Así me llamaron sin preguntarme si me parecía bien o mal, que en eso somo iguales animales y humanos, pues aquí nadie elige su nombre, y con el que nos ponen nos tenemos que conformar. Y no es que me disguste mi nombre, aunque tampoco me habría importando tener cualquier otro. Al fin y al cabo, el nombre no es más que eso, ni nos hace mejores ni tampoco peores.
Mi labor en este mundo es la de perro guía, o perro lazarillo, perro de ciego, que -como ya le dejé claro- a mi los nombres no me importan. Los que me importan son los verbos, si usted me permite el juego de palabras.
Sin embargo, y en contradicción con lo anterior (porque los animales, aunque no seamos racionales, también tenemos derechos a ser contradictorios) permita que a no me refiera a mi amo como tal. Ni tan siquiera me da la gana llamarle dueño. Él para mí es un amigo, el único que tengo. Que dicen que los perros somos el mejor amigo del hombre -y hacer honor a tal dicho es la mayor ilusión de mi vida- pero, en mi caso, lo cierto es que ese hombre es el mejor amigo de este perro.
Mi amigo -como tal me referiré a él de ahora en adelante- pasamos todo el día juntos. Y, por estar todo el día en su compañía, y por ser yo un animal muy observador por naturaleza, y por tener muchas horas para pensar, he llegado a la triste conclusión de que la mayoría de los demás hombres no son tan buenos como mí amigo, ni tan dulces, ni tan justos ni tan leales.
Y es por esto, por hablar de este mundo de hombres desde el punto de vista de un perro, que me he decidio a iniciar estas memorias.
Espero que sean de su gusto.
Mi labor en este mundo es la de perro guía, o perro lazarillo, perro de ciego, que -como ya le dejé claro- a mi los nombres no me importan. Los que me importan son los verbos, si usted me permite el juego de palabras.
Sin embargo, y en contradicción con lo anterior (porque los animales, aunque no seamos racionales, también tenemos derechos a ser contradictorios) permita que a no me refiera a mi amo como tal. Ni tan siquiera me da la gana llamarle dueño. Él para mí es un amigo, el único que tengo. Que dicen que los perros somos el mejor amigo del hombre -y hacer honor a tal dicho es la mayor ilusión de mi vida- pero, en mi caso, lo cierto es que ese hombre es el mejor amigo de este perro.
Mi amigo -como tal me referiré a él de ahora en adelante- pasamos todo el día juntos. Y, por estar todo el día en su compañía, y por ser yo un animal muy observador por naturaleza, y por tener muchas horas para pensar, he llegado a la triste conclusión de que la mayoría de los demás hombres no son tan buenos como mí amigo, ni tan dulces, ni tan justos ni tan leales.
Y es por esto, por hablar de este mundo de hombres desde el punto de vista de un perro, que me he decidio a iniciar estas memorias.
Espero que sean de su gusto.
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