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domingo, 23 de febrero de 2014

El Sutil Arte de la Revancha: Limpieza de Oficinas.

-Concepción, que se ha quejado de que esta planta se queda por las tardes hecha un asco.

-Bueno, pero para eso está ella, ¿no? Para limpiarla.

-Sí, pero dice que todo tiene un límite, y que la cantidad de mierda que hay es excesiva.

-Ya, y supongo que ya le ha ido al jefe con el cuento, y el jefe te ha dicho que me eches esta bronca.

-Exacto.

-En fin, oido cocina.

Todo por contentar al jefe, por supuesto. Lorenzo siempre había sido bastante desastre para las cosas del orden, por mucho que luego fuera un genio -o casi- de la informática. No obstante, decidió que eso iba a cambiar. Y lo decidió a mala idea.

-No tendrá queja Concepción de cómo le estamos dejando la planta.

-Supongo que no, porque el jefe no me ha vuelto a comentar nada.

-Mira, pásate a verla.

-A ver...Sí, lo cierto es que está limpia.

-Tan limpia que no hace falta limpiarla.

-Sin duda.

-Así que igual hay que reducir la plantilla del equipo de limpieza del edificio.

-Parece lo lógico.

-Coméntaselo al jefe la próxima vez que lo veas.

Con el tiempo, a Lorenzo hasta le dio un poquito de cargo de conciencia haber mandado a una trabajadora al paro. pero quizás así Concepción habría aprendido una lección básica en esta vida:

Si el polvo te da de comer, no te quejes de que hay que barrer mucho.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El Sutil Arte de la Revancha: El Auditor Hipocondriaco.

-Buenos días.

La voz del caballero con las carpetas era temblorosa. Martín estaba acostumbrado, a todo el mundo le fallaba la vocalización -en mayor o menor medida- cuando se enfrentaba a él.

-Buenos días, siéntese, por favor.

Martín fue seco, severo, profesional. Como siempre, como exigía su puesto.

El caballero de las carpetas obedeció como un corderito de tímida sonrisa. Todos los hacían con Martín.

No era le primera vez que sus caminos se cruzaban. Martín había pisado ese mismo edificio hacía un par de meses, aunque no en calidad de frío auditor, sino de simple paciente.

A Martín no le gustaba ser un paciente -como a todo el mundo, pero a él especialmente-. Ahora, ante sí, tenía un enfermero graciosillo, o eso le había parecido a Martín.

-¡No me sea cobardica, hombre, que es un pinchacito que no le duele ni a las nenitas, se lo promete el enfermero Moncalín!

El caso es que no le había hecho gracia, ni pizca. Y cuando se había enterado de que a aquel hospital le tocaba pasar auditoria con su empresa, Martín se había gastado los favores necesarios para asegurarse de que la iba a dirigir él personalmente.

"El enfermero Moncalín", grave error andar dando datos por ahí.

-Don José Moncalín, ¿verdad?

-Servidor.

-Muy bien, pues me va usted entregando los documentos que le vaya indicando, por favor.

El pinchazo fue un instante, desagradable, pero un instante.

La auditoria, en cambio, iba a durar algo más.

Y Martín sabía perfectamente dónde había que pinchar...