Una cazadora, vieja, sucia, desgastada, irrepetible, grandiosa, es lo único que el Mercenario conservaba de su pasado al servicio de su país.
Un joven teniente se fijó en ella, colgada con descuidado mimo del respaldo de una silla.
-¡Qué maravilla de chaqueta, mi coronel!
Con el halago perfectamente oculto bajo un muro de indiferencia, el Mercenario se limitó a asentir sin apartar la vista de la lectura.
-¿Qué es este parche, señor?
El Mercenario se apresuró a coger la prenda, como si fuera un marido celoso de que cualquier mano extraña se posara en su esposa.
-Es el emblema de mi viejo escuadrón.
-Es una piedra.
-Sí, con ojitos y cara de mala leche.
-¿El nombre de la unidad?
-Sí, así nos llamaban: los "Piedras".
-Porque eran ustedes muy duros, supongo.
-No, porque no teníamos sentimientos, como las piedras. El corazón nos había estallado, como un tomate podrido al que le pones un petardo dentro. Pero, sobre todo, nos llamaban así porque se nos podía tirar a un río y no pasaba nada. Éramos perfectamente prescindibles, este mundo podía seguir girando sin nosotros. De hecho, lo hizo.
El teniente guardó silencio. Estaba claro que su oficial al mando era la única piedra que no había acabado en el fondo del río.
-No se preocupe, teniente, se tarda en convertirse uno en piedra. Con un poco de suerte. esta puta guerra habrá terminado antes de que a usted le pase- dijo el Mercenario mientras se ponía la chaqueta. De repente, le apetecía dar un paseo.
Solo.
Nadie puede ser una piedra todo el rato. Ni tan siquiera él.
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jueves, 14 de noviembre de 2013
martes, 25 de junio de 2013
El Mercenario: Examen de Ingreso.
Ya quedó dicho que a El Mercenario le gusta pasar tiempo en la Academia Avanzada de Vuelo de Combate. Presiente que es su deber contribuir en lo posible a que a esos muchachos no los maten el primer día. Los chicos tienen derecho a sobrevivir una semana en combate, con suerte puede que más.
El Mercenario también participa en el proceso de criba de nuevos candidatos, en el momento de decidir quiénes valen para la primer linea de fuego y quiénes serán buenos pilotos, pero malos cazadores, y es mejor que abandonen la Academia de Combate en busca de la de Transporte.
La prueba en sí es tremendamente sencilla:
-Bien, caballeros, mañana les someteré a un ejercicio de evaluación por escrito, que ayudará a determinar sus aptitudes para el combate aéreo.
Siempre hay murmullos alarmados: ¿un examen tan trascendental casi por sorpresa?
-¿Cuál es el temario, señor?
-No se preocupen de eso. Antes de entrar se les proporcionarán unas pequeñas hojas con todas las respuestas.
-Pero, señor, si es así, ¿cómo vamos a contestar si no es copiando?
-Ese es el objetivo, caballeros, que copien.
-Pero, entonces, ¿las normas sobre copiar en los exámenes...?
-¡Se aplicarán a rajatabla!
-¡Por tanto, si se nos soprende, estamos expulsados de la Academia!
-Por supuesto.
En esos momentos los murmullos se hacen cada vez más fuertes, dando paso al desconcierto y el pánico.
-¡Pero, señor, pretende usted que copiemos sin que unos vigilantes que saben que hemos de hacerlo nos pillen!
-En efecto, y cualquiera que no tenga la sangre fría, el valor y la pericia para lograrlo, es mejor que ni se acerque a un avión de combate, porque tendría las horas contadas en minutos ahí arriba.
El murmullo entonces baja de tono y da paso a la aceptación resignada de un argumento que parece lógico, sabio y aplastante. No obstante, siempre queda algún estudiante que se resiste...
-Pero...¿usted cree que esto es justo? ¡Poder perder así nuestro sueño de ser pilotos de combate, después de todo lo que hemos trabajado y luchado...!
-Primer punto, caballero, ser piloto de combate en una guerra no es un sueño, sino la peor de las pesadillas, y segundo punto, esto es el combate, hijo, y es de todo menos justo. Vete acostumbrando. En los cielos se libra una partida de póquer a balazos, y sólo los más tramposos sobreviven.
El Mercenario también participa en el proceso de criba de nuevos candidatos, en el momento de decidir quiénes valen para la primer linea de fuego y quiénes serán buenos pilotos, pero malos cazadores, y es mejor que abandonen la Academia de Combate en busca de la de Transporte.
La prueba en sí es tremendamente sencilla:
-Bien, caballeros, mañana les someteré a un ejercicio de evaluación por escrito, que ayudará a determinar sus aptitudes para el combate aéreo.
Siempre hay murmullos alarmados: ¿un examen tan trascendental casi por sorpresa?
-¿Cuál es el temario, señor?
-No se preocupen de eso. Antes de entrar se les proporcionarán unas pequeñas hojas con todas las respuestas.
-Pero, señor, si es así, ¿cómo vamos a contestar si no es copiando?
-Ese es el objetivo, caballeros, que copien.
-Pero, entonces, ¿las normas sobre copiar en los exámenes...?
-¡Se aplicarán a rajatabla!
-¡Por tanto, si se nos soprende, estamos expulsados de la Academia!
-Por supuesto.
En esos momentos los murmullos se hacen cada vez más fuertes, dando paso al desconcierto y el pánico.
-¡Pero, señor, pretende usted que copiemos sin que unos vigilantes que saben que hemos de hacerlo nos pillen!
-En efecto, y cualquiera que no tenga la sangre fría, el valor y la pericia para lograrlo, es mejor que ni se acerque a un avión de combate, porque tendría las horas contadas en minutos ahí arriba.
El murmullo entonces baja de tono y da paso a la aceptación resignada de un argumento que parece lógico, sabio y aplastante. No obstante, siempre queda algún estudiante que se resiste...
-Pero...¿usted cree que esto es justo? ¡Poder perder así nuestro sueño de ser pilotos de combate, después de todo lo que hemos trabajado y luchado...!
-Primer punto, caballero, ser piloto de combate en una guerra no es un sueño, sino la peor de las pesadillas, y segundo punto, esto es el combate, hijo, y es de todo menos justo. Vete acostumbrando. En los cielos se libra una partida de póquer a balazos, y sólo los más tramposos sobreviven.
sábado, 8 de junio de 2013
El Mercenario: La Charla.
El Mercenario suele pasarse por la Academia Avanzada de Vuelo de Combate siempre que puede para volar, hablar y vivir con los jovenes que en cuestión de semanas serán sus hermanos de armas. Sabe que quizás debería quedarse allí y dejar la primera línea de fuego, como tantas veces le han sugerido sus superiores. Ya no es ningún niño y seguramente su experiencia en más valiosa enseñanando que luchando. Pero él es reticente.
En la Academia en más improbable que le maten.
Los jovenes cadetes le respetan y admiran, por lo que todos están en silencio mientras él les habla, algunos hasta le escuchan y alguno que otro puede que incluso le haga algo de caso.
En su última visita antes de que los novatos se gradúen, el Mercenario siempre les dirige las mismas palabras.
-Miren, señores, son ustedes jovenes, y esto les confiere unas características muy peligrosas: son ustedes una pandilla de idealistas que se creen que lo sabe todo. Pierdan ambos rasgos si desean sobrevivir algún tiempo cuando entren en combate. No saben ustedes absolutamente nada, así que confíen en sus compañeros más experimetnados, síganles ciegamente o morirán pronto. En lo que repecta a sus nobles ideales románticos de caballeros alados del aire, desháganse de ellos. Van ustedes a combatir contra una pandilla de hijos de la gran puta que matan a niños y ancianos desvalidos a bombazos, y sólo hay una manera de derrotar a un hijo de puta, y es siendo más hijo de puta que él. Desengáñense, no se puede vencer al Mal exclusivamente con el Bien, al menos no en una guerra a bombas y tiros. Si no son capaces de asimiliar y aceptar este concepto, es mejor que lo dejen antes de empezar. No sé quién empezó esta guerra, ni me importa, sólo sé que alguien hay decidido que sólo pueden vivir nuestros niños o los suyos, y hay que hacer todo lo posible para que los que mueran sean los hijos de ellos, aunque todo lo posible signifique matarlos nosotros personalmente. ¿Alguna pregunta?"
Nunca la hay.
-Bien, pues a volar.
En la Academia en más improbable que le maten.
Los jovenes cadetes le respetan y admiran, por lo que todos están en silencio mientras él les habla, algunos hasta le escuchan y alguno que otro puede que incluso le haga algo de caso.
En su última visita antes de que los novatos se gradúen, el Mercenario siempre les dirige las mismas palabras.
-Miren, señores, son ustedes jovenes, y esto les confiere unas características muy peligrosas: son ustedes una pandilla de idealistas que se creen que lo sabe todo. Pierdan ambos rasgos si desean sobrevivir algún tiempo cuando entren en combate. No saben ustedes absolutamente nada, así que confíen en sus compañeros más experimetnados, síganles ciegamente o morirán pronto. En lo que repecta a sus nobles ideales románticos de caballeros alados del aire, desháganse de ellos. Van ustedes a combatir contra una pandilla de hijos de la gran puta que matan a niños y ancianos desvalidos a bombazos, y sólo hay una manera de derrotar a un hijo de puta, y es siendo más hijo de puta que él. Desengáñense, no se puede vencer al Mal exclusivamente con el Bien, al menos no en una guerra a bombas y tiros. Si no son capaces de asimiliar y aceptar este concepto, es mejor que lo dejen antes de empezar. No sé quién empezó esta guerra, ni me importa, sólo sé que alguien hay decidido que sólo pueden vivir nuestros niños o los suyos, y hay que hacer todo lo posible para que los que mueran sean los hijos de ellos, aunque todo lo posible signifique matarlos nosotros personalmente. ¿Alguna pregunta?"
Nunca la hay.
-Bien, pues a volar.
lunes, 20 de mayo de 2013
El Mercenario: Las Fotografías Perdidas.
El Mercenario ocupaba un cuarto en uno de los barracones de los oficiales. Como coronel, tendría derecho a algo mejor. Pero eso era más propio de los coroneles con una familia que él no tenía y, además, le gustaba convivir con sus comandantes, capitanes y tenientes. Si quizás haya que morir juntos, también hay que vivir juntos. Además, tenía la sensación de que así le respetan más.
Si es que eso era posible.
El Mercenario dedicaba el poco tiempo libre que le dejaba la guerra a buscar un poco de paz. Le gustaba leer, por el leer en sí, y porque al Enemigo no le gustaba que se lea.
-¿Se puede, mi coronel?
Tenía, en efecto, poco tiempo libre, ya no sólo por la lucha, sino porque sus hombres a menudo iban buscar en él respuestas al mundo de preguntas que les había tocado vivir.
-Adelante, capitán.
Todos ellos estaban tan unidos como un grupo de personas puedan están, pero sin perder las formas.
-Le quería comentar un asunto, mi coronel.
-Usted dirá.
-Verá, me quiero casar y no sé si sería posible tomarme una semana de permiso para hacerlo y pasar unos días con mi esposa.
El Coronel miró directamente a los ojos de su subordinado.
-¿Está usted seguro de eso, capitán?
-Bueno....la quiero mucho...
-No me refiero a si la quiere o no, me refiero a cuánto tiempo va a poder seguir haciéndolo. Nuestro oficio es peligroso, no hace falta que se lo recuerde.
-Es por eso, mi coronel, porque no me quiero morir sin haber sido su marido.
El Mercenario asintió sesudo.
-De acuerdo. Váyase mañana y vuelva el siete. Nos las arreglaremos para seguir ganando esta guerra sin usted. Y disfrute de esos días, no va a ser usted jamás más feliz. Un lujo en los tiempos que corren.
-¿Estuvo usted casado, mi coronel? Si me permite la pregunta.
-Se la permito. Sí, y tuve una familia. Y ahora no tengo nada.
El Mercenario parecía muy incómodo, más amargo por segundos. El capitán se dio cuenta de lo inapropiada que había sido la pregunta y decidió marcharse.
-En fin, si no ordena nada más, me voy. Gracias, mi coronel.
-Muy bien. Sea feliz. Y no pierda tiempo haciendo fotos. Las fotos son absurdas. Yo hice muchas y las he perdido todas. Aunque me da lo mismo. No me hacen falta fotos para recordar cómo eran sus caras.
Si es que eso era posible.
El Mercenario dedicaba el poco tiempo libre que le dejaba la guerra a buscar un poco de paz. Le gustaba leer, por el leer en sí, y porque al Enemigo no le gustaba que se lea.
-¿Se puede, mi coronel?
Tenía, en efecto, poco tiempo libre, ya no sólo por la lucha, sino porque sus hombres a menudo iban buscar en él respuestas al mundo de preguntas que les había tocado vivir.
-Adelante, capitán.
Todos ellos estaban tan unidos como un grupo de personas puedan están, pero sin perder las formas.
-Le quería comentar un asunto, mi coronel.
-Usted dirá.
-Verá, me quiero casar y no sé si sería posible tomarme una semana de permiso para hacerlo y pasar unos días con mi esposa.
El Coronel miró directamente a los ojos de su subordinado.
-¿Está usted seguro de eso, capitán?
-Bueno....la quiero mucho...
-No me refiero a si la quiere o no, me refiero a cuánto tiempo va a poder seguir haciéndolo. Nuestro oficio es peligroso, no hace falta que se lo recuerde.
-Es por eso, mi coronel, porque no me quiero morir sin haber sido su marido.
El Mercenario asintió sesudo.
-De acuerdo. Váyase mañana y vuelva el siete. Nos las arreglaremos para seguir ganando esta guerra sin usted. Y disfrute de esos días, no va a ser usted jamás más feliz. Un lujo en los tiempos que corren.
-¿Estuvo usted casado, mi coronel? Si me permite la pregunta.
-Se la permito. Sí, y tuve una familia. Y ahora no tengo nada.
El Mercenario parecía muy incómodo, más amargo por segundos. El capitán se dio cuenta de lo inapropiada que había sido la pregunta y decidió marcharse.
-En fin, si no ordena nada más, me voy. Gracias, mi coronel.
-Muy bien. Sea feliz. Y no pierda tiempo haciendo fotos. Las fotos son absurdas. Yo hice muchas y las he perdido todas. Aunque me da lo mismo. No me hacen falta fotos para recordar cómo eran sus caras.
viernes, 10 de mayo de 2013
El Mercenario: La Vida.
Tenía ya más de cuarenta años. Quizás había llegado el momento de dejarlo, pero, ¿qué es lo peor que le podía pasar, que le mataran? Eso ya le importaba poco. Le había tenía bastante aprecio a su vida cuando él luchaba por su país. Pero eso fue antes de que el Enemigo lo conquistara, antes de que él se viera obligado a escapar con su avión, dejando absolutamente toda su vida atrás. Una vida ya inexistente que el Enemigo había arrasado por completo, sin que él hubiera podido evitarlo.
Sí, lo cierto era que no podían quitarle la vida, porque ya se la habían quitado.
Lo más romántico habría sido haber luchado hasta el final por su país, pero él era un tipo práctico. Cuando ya estaba todo perdido, decidió buscarse una causa que todavía se pudiera ganar y luchar por ella. Por eso se había ido a aquel país, el país que ahora se enfrentaba al Enemigo. Si no había podido salvar a su patria y a sus seres queridos del Enemigo, quizás podría contribuir a que otros no pasaran por lo que a él le había tocado.
Llevaba ya casi cinco años peleando junto a sus nuevos compañeros de armas y, pese a que el Enemigo era un rodillo militar de tremendo poder, apenas les habían arrebatado medio centenar de kilómetros en todo este tiempo.
El Mercenario era oficialmente coronel de un ala de defensa aérea. Había perdido la cuenta del número de misiones que había volado, de la cifra exacta de enemigos que había abatido, de la cantidad de veces que había tenido que aterrizar de emergencia o saltar en paracaídas. Pero lo importante era que no habían podido con él. El Enemigo lo sabía, y él sabía que lo sabían.
No podía dejar de volar, porque la convicción de que esos hijos de puta jamás podrían ni con él ni con su nuevo bando era toda su Vida.
Sí, lo cierto era que no podían quitarle la vida, porque ya se la habían quitado.
Lo más romántico habría sido haber luchado hasta el final por su país, pero él era un tipo práctico. Cuando ya estaba todo perdido, decidió buscarse una causa que todavía se pudiera ganar y luchar por ella. Por eso se había ido a aquel país, el país que ahora se enfrentaba al Enemigo. Si no había podido salvar a su patria y a sus seres queridos del Enemigo, quizás podría contribuir a que otros no pasaran por lo que a él le había tocado.
Llevaba ya casi cinco años peleando junto a sus nuevos compañeros de armas y, pese a que el Enemigo era un rodillo militar de tremendo poder, apenas les habían arrebatado medio centenar de kilómetros en todo este tiempo.
El Mercenario era oficialmente coronel de un ala de defensa aérea. Había perdido la cuenta del número de misiones que había volado, de la cifra exacta de enemigos que había abatido, de la cantidad de veces que había tenido que aterrizar de emergencia o saltar en paracaídas. Pero lo importante era que no habían podido con él. El Enemigo lo sabía, y él sabía que lo sabían.
No podía dejar de volar, porque la convicción de que esos hijos de puta jamás podrían ni con él ni con su nuevo bando era toda su Vida.
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