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lunes, 27 de enero de 2014

Los Casos de Woodchat Shrike:HUCK (y 8).

Y así terminaba un nuevo relato de mi desconocido amigo Woodchat. Y, como en tantas otras ocasiones, de ser cierto, resultaba históricamente inquietante y humanamente revelador.

¿Habían sido realmente así aquel Duque y aquella Duquesa? ¿Cómo era posible que jamás se hubiese odio hablar de los HUCKs, que el secreto hubiera permanecido tan perfectamente guardado durante medio siglo?

Daba igual. Lo cierto era que no se sorprendía -aunque, por otro lado, me alarmaba y puede que hasta me escandalizara- que hubiera gente tan aburrida que tuviera que buscar entretenimiento en un juego tan cruel.

Gente tan rica que se podía permitir el lujo de aburrirse, e incluso de ser infeliz. La gente pobre no tiene permiso para tales lujos, la gente pobre tiene que levantarse cada mañana con el objetivo de ganarse la vida, y eso deja poco tiempo para plantearse si la propia existencia es feliz o no. Se existe, que no es poco.

Alguien me dijo en cierta ocasión que nuestras mentes son las alas de un avión: si están en movimiento, nos hacen volar, pero, si se paran, caen -y nosotros con ellas-.

Pero suficiente filosofía de saldo barato envuelta en divagación, que es el momento de que ustedes y yo sigamos con nuestras vidas.

Por mi parte, era el momento de ponerme a perseguir la siguiente vista, sintiendo a la vez la emoción de una nueva aventura y la ansiedad de no encontrar el tesoro tan ansiado.

Y en ese momento me percaté de que, muy seguramente, mi amigo Woodchat y sus aventuras por entregas eran una de las cosas que más felicidad me regalaban en esta vida.

Y le di las gracias de todo corazón por ello.

sábado, 25 de enero de 2014

Los Casos de Woodchat Shrike:HUCK (7).

Y, por resumir, la comedia, la pantomima orquestada para la regalarle una emoción fuerte y extrema a la aburridísima señora Duquesa, salió a pedir de boca.

La verdad es que ella aguantó bastante bien el tipo, con ese increíble valor que da la absoluta insensatez. El Duque hizo tres amagos razonablemente convincentes de pulsar el botón, pero su esposa ni pestañeó. El otro tipo, por contra, ni tan siquiera tenía el dedo sobre el mando salvador. Se limitaba a mirar al infinito con los pacientes ojos del que impacientemente espera su fatal destino. Iba a ganar aquella apuesto a cualquier precio.

Pero, por fin, la señora Duquesa se dio por vencida con una carcajadita histérica. Ya había tenido bastante subidón de adrenalina.

-¡No aguanto más, qué tensión!

El ganador no hizo ninguna demostración de alegría, ni tan siquiera de alivió. Ni se inmutó.

El señor Duque se levantó y, entre los aplausos de algarabía de los testigos, le retiró la soga del cuello a su esposa y dio un abrazo.

-¡Qué valiente eres, querida, has aguantado mucho más de lo que yo esperaba!

Discretamente, el mismo tipo que me había traído a aquella orgía de locos se acercó al ganador y se lo llevó. De nuevo, me llamó la atención su gesto: parecía que sentía mucho más haber ganado que lo que habría lamentado perder.

Sin hacerme el más mínimo caso, la procesión del morbo ocioso se fue de la sala, sin despedirse de mí, y dejándome solo. Por fortuna, el tipo de marras volvió a la sala, me entregó un sobre con mi dinero y me preguntó si deseaba que me llevara algún sitio.

-Al centro, por favor, me apetece dar un paseo a casa.

-Como guste.

No fue la última vez que colaboré con el jueguecito, y, por desgracia, hubo partidas mucho más emocionantes, y trágicas (de hecho, el tipo de la primera vez acabó colgado, me temo que cumpliéndose así su extraña voluntad). Y siempre con el mismo grupito de testigos con el Duque y la Duquesa a la cabeza, aunque ella jamás volvió a participar como concursante (mas siempre era de las apostadoras más activas). Incluso le pusieron un nombrecito a la actividad: "HUCK: Hanging Under Command of the King" (ahorcamiento bajo orden del rey, aunque él señor Duque había dejado de serlo).

No me siento orgulloso de todo aquello, aunque he de decir en mi descargo que el dinero -casi todo- se destino siempre a causas muy nobles.

Pero ya he contado suficiente de esto. Si le interesa seguir conociendo mi historia, Percy Holmes es su clave".

jueves, 23 de enero de 2014

Los Casos de Woodchat Shrike:HUCK (6).

-Dicen que no se siente nada. Una nota que se cae...¡y ya está! ¿Es cierto?- me interrogo la señora Duquesa, aderezando la estupidez con una ridícula risita de excitación.

-No lo sé, señora. Nunca le he preguntado a un reo después de ahorcarle.

Mi respuesta fue muy brusca, lo reconozco, pero la pregunta me había resultado muy molesta. En realidad, todo aquello estaba siendo más desagradable para mí de lo previsto. ¿Es que esa señora no sabía lo que estaba en juego? O quizás es que un servidor no tenía costumbre de tratar con la gente antes de pasaportarla. Normalmente, me facilitaban los datos de altura y peso, y yo remataba mi evaluación echando un ojo al cliente por una discreta mirilla.

El otro, en cambio, se ajustaba más al común de los condenados: silencioso, como ido, se sometió a mi examen sin oponer la más mínima resistencia, o hacer el más mínimo comentario. Se limitó a darme las gracias al terminar.

Por alguna extraña razón, parecía que los dos concursantes sabían perfectamente quién iba a ganar la competición.

Y no pude resistirme a la tentación de comprobar si mi corazonada estaba en lo cierto. Me llevé a mi anfitrión a una esquina de la sala y, sin duda por deformación profesional, fui rápido y directo.

-Señor Duque, ¿esto está amañado?

Él me regaló otra de sus carcajadas marca de la casa regia.

-¿Qué le hace pensar eso?

-Intuición de verdugo.

-Créame, si supiera la historia de ese hombre, su trabajo le parecería menos penoso.

-¿A qué se refiere?

-A que, cuando se repasa el periplo vital de ciertas personas, uno se pregunta si dar la vida no será un crimen mucho más despreciable y sucio que quitarla.

martes, 21 de enero de 2014

Los Casos de Woodchat Shrike:HUCK (5).

El divertimento -por llamarlo de algún modo y por resumir- era el siguiente: dos concursantes (así los llamó el Duque, yo les habría calificado de otro modo) se prepararían, con mi inestimable ayuda, para ser ahorcados. Una vez listos, con la soga de la altura correcta y el nudo en el punto exacto, yo me retiraría. Pero, a diferencia de una ejecución ordinaria, estos reos no irían esposados. En las manos tendrían cada uno un pequeño dispositivo con un botón rojo. Dicho botón bloqueaba la trampilla que tenían bajo los pies, pero accionarla los hacía perdedores de la apuesta. El Duque, sentado un asiento oportunamente colocado frente a los concursantes, disponía de otro botón. Este abría las dos trampillas. A partir de que él tocara una campanilla, podía pulsar en cualquier momento. Obviamente, los amagos de pulsación no sólo eran parte de las normas, sino la salsa picante de aquel repugante jueguecito.


Por mi parte, dado que yo no iba a ser el que activara ningún dispositivo, que esa gente ya era mayorcita, y, ¿por qué no decirlo?, que la cantidad que me iba a embolsar era muy, muy sustanciosa, me presté a ser uno más de ese macabro circo. Un apretón de manos fue el único contrato que firmé.

-Excelente, capitán. Permitale que me le presente a los concursantes. ¿Cuánto tiempo precisa para que todo esté listo?


-Las sogas tienen que estar una noche estirándose con un lastre para estar listas.

El Duque puso un gesto de ligera contrariedad, pero me dijo:

-Ya. Bueno, si le hemos traído para hacer las cosas bien, hagámoslas bien del todo. Acompáñeme.

En una lujosa sala contigua, un grupo de personas con aspecto de ser asquerosamente ricas y, supuse, de estar asquerosamente aburridas con sus vidas de lujo y vacío bebía y reía.

-Señoras y señores, permítanme que les presente al "asesor técnico" de nuestro pequeño juego.

La Duquesa, tan conocida como el propio Duque, se adelantó para ofrecerme su mano.

-Encantada, capitán. ¿Qué debo hacer? ¡No tengo experiencia, es la primera vez que me ahorcan!

¿La Duquesa era una de las dos participantes?

domingo, 19 de enero de 2014

Los Casos de Woodchat Shrike:HUCK (4).

-Se preguntara para qué le hemos hecho llamar.

¡Vaya que si me lo preguntaba!

-Espero que no sea para ahorcar a alguien- respondí, y no en broma.

El señor Duque soltó una carcajada arrogante.

-¿Y para qué iba yo a montar todo este escenario y llamarle si no?

La situación me estaba empezando a poner tenso, y eso no es algo fácil de lograr en un tipo con mis antecedentes.

-Si pretende que escenifique un simulacro para satisfacer su curiosidad, señor, necesitará presentarme un permiso especial del Ministro de Justicia. Hay cierto detalles del proceso que son secretos...

-No quiero ninguna maldita simulación, capitán, quiero una ahorcamiento en toda regla. o, para ser exactos, dos- El señor Duque señaló al techo. En efecto, había dos argollas listas para soportar sus sogas correspondientes.

-Mire, señor, la ejecución de justicia no es ningún juego. Es un asunto de la máxima seriedad. Creo que lo mejor es que me vaya y olvidemos que todo esto ha ocurrido.

-¿Tengo que recordarle con quién está usted hablando?

-Lo sé de sobra, señor. Pero ni siquiera usted está por encima de la Ley de este país.

-Vamos, capitán, no se preocupe. Tan sólo se tratará de un juego, un divertimento entre amigos...Y lo único que le pido es un poco de colaboración. Además, nadie sabrá jamás qué ha ocurrido entre estas paredes. Será nuestro pequeño secreto. Deje al menos que le explique en qué consistiría el asunto en cuestión. Ah, y, por supuesto, sabré recompensar su esfuerzo de una manera muy, muy generosa.

Los que dicen que jamás se venderían por dinero es que nunca han recibido una oferta lo suficientemente buena.

viernes, 17 de enero de 2014

Los Casos de Woodchat Shrike:HUCK (3).

Había bajado miles de veces a las pocilgas de esta vida -por mil y una razones-, pero era la primera vez que visitaba un palacio. El tipo que me acompañaba no pudo evitar una leve sonrisa al percatarse de mi sorpresa.

-No se esperaba esto, ¿verdad?

-Lo cierto es que no. No sé qué pinto yo en un sitio así.

-Lo que ya ha pintado un buen puñado de veces para el Gobierno de Su Majestad.

-¿Qué pretenden, que cuelgue al mayordomo?

El tipo se sonrió, ahora con más ganas. Y esa sonrisa no me gustó un pelo.

Las puertas se franqueaban con toda celeridad, sin hacer preguntas.

Pero, para mi decepción, no llegué a una gran sala, sino a un sórdido cuartucho, sorprendentemente similar a los que tan bien conocía de las cárceles.

-Mandé que lo reprodujeran según las especificaciones legales. Espero que lo encuentre de a su satisfacción.

Aquella voz me resultaba familiar, mucho, pero no sabía de qué. Me di la vuelta para salir de la duda.

Como ya indiqué previamente, la vida me había preparado para casi todo, y esa era uno de mis pocos excepciones.

No supe cómo dirigirme a aquel hombre. Él se percató y, con esa sonrisa de dandi impertinente que tantas veces había visto en los noticiarios, me estrechó su mano -enguantada-.

-Llámeme "señor Duque".

Así lo haría, pues.

miércoles, 15 de enero de 2014

Los Casos de Woodchat Shrike:HUCK (2).

Ahí estaba, la carpetita de costumbre, oportunamente oculta detrás del lienzo (el horrible lienzo).

Ahí estaba el relato (¡tan ansiado!) de mi desconocido amigo.

"'Yo ya lo he visto todo, soy un hombre de mundo y no hay nada que me puede sorprender'. Eso es lo que dicen los pobrecillos que han ido un par de veces a Londres y, quizás, de viaje de novios a París. Los que de verdad hemos visto de todo, sabemos que todavía nos queda mucho por ver. Y sabemos que nos quedan muchas sorpresas por llevarnos.

Y aquella fue un de tantos. De las gordas, quizás (aunque las hubo mayores, pero no mucho).

-Buenas tardes, capitán- de dijo un caballero del montón abordándome a la salida de mi domicilio.

Me sobresalté -levemente-: sabia por desagradable experiencia que cuando alguien se dirigía a mi por mi antiguo rango militar, algo fuera de lo rutinario se me avecinaba.

-Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle?

Yo, como siempre, tan flemáticamente británico.

-Como ya se figurará, me gustaría que me acompañara. Se trata de un asunto de la máxima trascendencia y confidencialidad.

-¿Ya no tiene el Ministerio para sellos? ¡Se suelen comunicar conmigo por carta!

-¿Y quién ha hablado aquí del Ministerio?

-Di por hecho que esto era un asunto oficial.

-Y lo es. Tremendamente oficial. Pero yo no estoy autorizado a darle más detalles. De momento, confórmese con saber que su rey y su país precisan de usted una vez más, pero en esta ocasión de un modo especial. Sea tan amable de seguirme. El coche está en la esquina. Por aquí, por favor."

domingo, 12 de enero de 2014

Los Casos de Woodchat Shrike:HUCK (1).

Claire Mullins no era ninguna duquesa, ni había terminado sus días colgada de una soga. Parecía que, una vez más, mi amigo me lo ponía difícil.

Pero, también de nuevo, la fortuna -acaso el destino- estuvo de mi lado. De todas las Claire Mullins registradas en la guía telefónica de la capital, la más prominente parecía ser la propietaria de una pequeña, pero relativamente prestigiosa, pinacoteca a las afueras de la zona más noblemente bohemia de la ciudad.

-En realidad, Claire Mullins era mi abuela. Ella compró el local y los primeros cuadros. Yo me limito a mantener esto abierto- me confesó la actual propietaria del museo, que hacia las veces de guía (es lo que tienen los negocios familiares).

-¿No compra nada usted?

-Poco, el arte de los nombres consagrados en muy caro para mí, y no tengo el instinto para apreciar el talento joven que tenía mi abuela...¡Y lo curioso es que la que tiene la carrera de Historia del Arte soy yo!

-¿Qué era su abuela?

-Una oficinista con afición al arte, y, ya le digo, un tremendo olfato para reconocer el talento no reconocido. ¡Le gustaba apostar y, cada siempre, sabía ganar!

Nos detuvimos delante de un cuadro en apariencia intrascendente, pero que debía de ser muy importante, pues había un ramillete de turistas japoneses detenidos delante de él, y, además, ilustraba las entradas.

-Esta es la mayor corazonada que tuvo mi abuela: "Wells Burn", de Kuff Oly. Se lo compró por cuatro perras cuando él era un estudiante y ahora, ya ve, prácticamente mantiene el museo vivo el solito.

Yo hice como que sabía quién era el tal Kuff Oly, y, aunque sospecho que no se tragó el farol, la dueña hizo también como que se lo creía.

Continuamos nuestro recorrido por las salitas del museo, hasta volver al punto de partida.

-En fin, esta es la colección...A no ser que quiera revisar los cuadros no expuestos que guardo en el sótano -dijo la dueña con una sonrisa.

-¿No hay sitio para ellos?

-Sitio hay, lo que pasa es que allí guardo, mejor dicho, escondo, los fallos de mi abuela. Cuadros que compró y que no tienen absolutamente ningún valor. No siempre se puede ganar.

-¿Tan malos son?

-Completametne horribles. ¡Se los vendería a cualquiera que estuviera dispuesto a darme un par de libras por ellos! El peor debe de ser uno llamado "La Duquesa".

El corazón me dio un vuelco.

-¿La Duquesa?

-Sí, un retrato que parece pintado por un niño pequeño. No tengo ni idea de dónde lo sacó.

-Se lo compro.

jueves, 11 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (y 14).

Sentí la necesidad de volver al hogar de ancianos bautizado en honor a la señora Duckworth, aunque no entré. Desde una discreta distancia, contemplé a un par de viejecitos leyendo pácidamente la prensa en el jardín. Ellos creían que gracias al corazón de oro de una señora, pero yo sabía que era por cortesía del corazón presuntamente podrído de un asesino.

Me despedí -ya por fin para siempre- de aquel lugar con una visita relámpago a la tumba de Cornell, tan cuidada como siempre. No pude evitar dejarle una flor.

Fue todo tan rápido que ni el "padre Cotilleo" me vio.
Cuando la Maldad queda impune, uno siente una rabia que desgarra por dentro, similar a la pena que te entra cuando la Bondad tampoco recibe su justo reconocimiento y premio.


La historia no recordaba a Algy, "el Afortunado" Cornell, o, como mucho, lo hacía como el asesino de una anciana. Yo, en cambio, era de las pocas personas que sabía que había buscado redención y, a su modo, la había conseguido. Yo era de los pocos, y seguramente el único vivo, que sabía que Algy Cornell, como la mayoría de los hombres malos, también había querido hacer el Bien antes de partir de este mundo. Y habiá querido hacerlo de un modo totalmente anónimo.

¿Por qué habrá tanta gente empeñada en hacer el Bien en secreto? ¿Por qué se avergonzarán de ser buenos? Dicen que es por modestia o para que nadie dude de la buena fe de sus obras, porque se ha creado una cultura en que se acusa de hipocresía de modo automático a todo aquel que hace una buena acción.

No estoy de acuerdo. Yo creo que nadie debería sentir apuro de cantar a los cuatro vientos que ha hecho algo bueno por los demás. Igual de esta manera manera más gente se animaría.

Pero basta de divagaciones teóricas sobre el comportamiento humano. Nunca llevan a ningún sitio.

Y el único sitio al que yo quería ir en aquel momento era a buscar más información sobre Claire Mullins.

Me moría de curiosidad.

miércoles, 10 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (13).

La Duquesa pagó los 20.000 sin rechistar, con una sonrisa. Bah, eso para alguien como ella era auténtica calderilla.

-¡Ya te dije que tú nunca pierdes!

-Fue un golpe de suerte. Pero sepa que su dinero irá para un buen fin.

-De tú, verdugo.

-¡Como gustes, señora!

-Ven a verme alguna vez.

-Prometido.

El sacerdote me esperaba en un pub cercano. Le entregué el sobre con toda discreción.

-Gracias.

El sacerdote se apresuró a abrilo. Me sorprendió y alarmó a partes iguales.

-No hace falta que lo cuente, padre, yo le garantizo que está todo. Además, no es conveniente enseñar tanto dinero en público.

El cura hizo caso omiso de mi advertencia y, metiendo un puñado de billetes en su mano, los depositó en la mía, aprovechando ese mismo gesto para darme un apretón de manos de despedida.

-No es necesario, padre.

-Por las molestias.

-Bueno, gracias.

-Hasta siempre, y gracias de nuevo. ¡Que Dios le bendiga, es usted un buen hombre, ya no me cabe ninguna duda!...Ah, por cierto, oficialmente, este dinero me ha llegado porque la señora Duckworth se lo legó a la parroquia en su herencia. Cornell deseaba que fuera así.

-Descuide, padre. ¡Guardo tantos secretos, que uno más no importa!

-Gracias. Venga a verme alguna vez, ya sabe dónde encontrarme.

-Lo haré.

Y así, con una sonrisa, el cura se fue del pub. El dinero, junto con el que me habían pagado por la ejecución, se lo di -como de costumbre- a David Dogan para que él hiciera buenas obras con él.

-¡Vaya, ¿y este extra!? -se sorprendió David.

-Es una larga historia que no te puedo contar. Confórmate con saber que no es robado.

David sonrió comprensivo y se metió el sobre en el bolsillo.

Meses después, decidí matar una tarde libre acercándome a visitar al cura. Me recibió con una sonrisa y me mostró la tumba de Cornell y el hogar para ancianos que se estaba construyendo con el dinero.

Un lugar que, sin duda, usted ya conoce.

Y esta es la historia de Algy, "el Afortunado". Aunque, supongo, ahora la que usted se muere por conocer es la de "La Duquesa". De acuerdo, ¡qué diablos! Seguramente todos los protagonistas ya estamos muertos. La pista es Claire Mullins.

martes, 9 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (12).

Ya estaba todo listo. Hacía años que no mataba por la tarde. La sensación era rara. Traía algún que otro recuerdo muy desagradable.

Eran las cinco en punto. Le hice un gesto a mi ayudante y nos encaminamos a la celda del condenado. Allí ya nos esperaba el resto de la comitiva de la muerte, con el director a la cabeza. Éste se me acercó y me susurró al oído:

-Justo al terminar la dichosa carrera. Ni un segundo de retraso más.

Asentí.

Al otro lado de la pared, se oía el rumor de la radio puesta, aunque demasiado bajo como para poder entender lo que decía.

-¿Cómo se llamaba el caballo de Cornell? -me susurró el director.

-Teddy Bear.

El director pegó la oreja a la pared.

-¡Es inútil, esos malditos locutores deportivos, son incapaces de vocalizar!

De repente un inespérado e inaudito griterio surgió de la celda contigua.

-¡Al diablo, abra la puerta! -le indicó el director a un vigilante.

La comitiva entró en la celda de la muerte aunque, seguramente por primera vez en la historia, nadie se percató de ello. Yo fui el único que prefirió quedarse fuera. Observé toda la escena desde el pasillo.

Quedaban 200 metros de carrera. Al principio sólo gritaban Cornell y el cura, pero -poco a poco- ahí todo el mundo se fue contagiando del entusiasmo, el contagiosísimo, el epidémico entusiasmo de la recta final de una carrera de caballos.

Quedando 50 metros, ahí todo el mundo gritaba. El propio director chillaba "¡¡¡Teddy, Teddy, Teddy!!!", al tiempo que daba puñetazos a la mesa.

La carrera fue emocionante hasta el final, y Teddy Bear logró imponerse por una cabeza.

Había llegado el momento de actuar. Entré en la sala y, como cuando la profesora entra en clase, todos los presentes se pusieron serios de inmediato. Me dirigí hacia Cornell, quien -sonriente y feliz- me dijo: "¡Estoy en racha, amigo! ¡Soy el tipo más feliz y afortunado del mundo!"

Fueron sus últimas palabras. Curiosas últimas palabras viniendo de un tipo al que han ahorcado.

lunes, 8 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (11).

-¿La soga?

-Exacto. La que tenía preparada no me convence y la de reserva tiene que estirarse, así que hay que retrasar el cumplimiento de la sentencia.

-¿Cuánto?

-Hasta las cinco y diez de la tarde.

-Exactamente.

-Exactamente.

El director de la prisión de Pentonville levantó la ceja, serio, muy en su papel.

-Esto es muy decepcionante. Le tenía a usted por el mejor en lo suyo.

Me daba igual lo que me dijera. ¿Quién quiere prestigio en el campo de ahorcar seres humanos?

-Nadie es perfecto, señor.

-En fin. Supongo que no hay alternativa...Pero sepa que puede que después de esta error no se requieran más sus servicios en esta prisión.

Agaché la cabeza por fuera, sonreí por dentro. Al fin y al cabo, estaba presenciando una comedia.

Le di la noticia al cura. Me devolvió un calurosísimo abrazo, de esos que te quitan el frío del alma.

-¡Eres un buen hombre!

-A ratos, padre, a ratos. Pero también he sido muy malo...y lo sigo siendo.

-Dios te perdona, hijo.

Eso espero. La capacidad de perdonar algunas cosas que he hecho sólo debe de estar al alcance de Dios. Pero, como de costumbre en mi vida, no había tiempo para cursilerías. Aunque fuera con unas horas de retraso, tenía un ser humano al que matar.

domingo, 7 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (10).

-Supongo que lo primero que querrá saber es de dónde saca un condenado a muerte 100 libras.

-Es un buen comienzo para la historia.

-Pues, según el mismo Cornell me contó, empezó con un penique que encontró tirado en el patio de la cárcel. Él sabía que había un vigilante aficionado a las carreras de caballos, cruzó una apuesta con él y le ganó. Y a ésa siguió otra, una tercera con otro guarda y así hasta acabar apostando con media cárcel y amasando las 100 libras a partir de esas pequeñas apuestas.

-¿Ha sacado todo ese dinero a partir de un penique?

-Él dice que desde que lo condenaron a muerte está en racha, la mejor de toda su vida. Dice que le vienen corazonadas, y que se cumplen. Lo crea o no, dice que jamás había sido tan feliz. Por eso recurrió a mí, porque tiene una última corazonada, y se juega su fortuna a todo o nada. ¡Y si es todo, el dinero será para mi parroquia!

-Pero, ¿qué pasa si es nada?

-Es la última voluntad de un hombre que va a morir.

-Y usted quiere que no muera sin saber si es todo o nada.

-Exacto. He intentado convencer al director de la cárcel de que aplace la ejecución, pero, claro, el reglamento es el reglamento y no se puede quebrantar, y menos por razón de una apuesta.

-¿Ha probado dirigirse al juez?

-No, hablé con el director porque me pareció de confianza y discreto, pero no me atreví a dirigirme al juez. Como comprenderá...¡Si trascendiera que un hombre de Dios participa en apuestas!

-Sí, pecar está muy mal visto, aunque sea por una buena causa.

-Entonces, ¿cree usted que me puede ayudar?

-No le prometo nada, padre.

sábado, 6 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (9).

-Pero, oiga, ¿no me da usted ningún resguardo de la apuesta?

-No, lo siento, padre. La casa con la que apostamos no emite de esos.

-Pero, ¿cómo demuestro yo ante Cornell que la apuesta se ha formalizado, que no me he quedado yo con su dinero?

-Supongo que va a estar usted con él hasta el ultimísimo momento...

-Sí, ese es el deseo del condenado. Pero, ¿qué pasa con el recibo?

-Bueno, pues mire, voy a hacer las presentaciones, que mañana con las prisas no vamos a tener tiempo. Soy el tipo que va a ahorcar a Cornell, y le doy mi palabra de que la apuesta está cruzada y bien cruzada. El gobierno de su Graciosa Majestad se fía de mí para que le haga el trabajo sucio con discreción, así que espero que usted también me dé un voto de confianza.

El pobre sacerdote se había quedado de una pieza.

-Usted es...

-Sí, yo soy. Pero, por favor, vamos a dejar el tema aparcado hasta después de la ejecución. Se lo pido por favor.

-Será...será todo a las nueve de la mañana, ¿verdad?

-En efecto. Y tranquilo, que no sufrirá. Todo habrá acabado deprisa, muy deprisa, antes de que las campanas terminen de dar las nueve. ¡Los testigos primerizos siempre se sorprenden de lo rápido que pasa todo!

-Ya...Es una lástima que Cornell se vaya de este mundo sin saber si pierde o gana esa última apuesta.

-Por favor, padre, dígame que no me está insinuando lo que pienso.

-¡Déjeme que le cuente algo y luego decida si quiere intentar ayudarme!

viernes, 5 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (8).

La Duquesa era apostadora, de las que juegan fuerte. Lo sabía de sobra -yo mismo le había permitido ganar una vez que había envidado fuerte fortísimo-, y no hizo falta que se lo recordara.

-Le regalo 100 libras, señora.

-Te tengo dicho que me tutees, verdugo.

-Te tengo dicho que no me llames verdugo.

-Es lo que eres.

-Pero no me gusta que me lo recuerden.

-Me vas a costar 20.000 libras, y lo sabes, pero no es mal precio por volverte a ver.

-Te repito que te regalo 100 libras. Ese penco está 200 a 1 en las apuestas...

-¡Me fio un bledo de las apuestas! Sabes algo que el resto del mundo desconoce. Tú nunca juegas si no estás seguro de que vas a ganar.

-Y a eso le debes la vida, pero esta vez juego por encargo ajeno.

-No quiero más detalles...En fin, dame un apretón de manos y la apuesta queda cerrada. Entre personas de honor como tú y yo no hacen faltan papeles. Ven a verme cuando ganes...O, si pierdes, también. Podemos tomar algo y brindar por las viejas aventuras.

-Siempre es un placer verla, Duquesa.

-¡Que me trates de tú, verdugo del demonio!

En fin, que la cosa estaba hecha. Cornell se iría al Otro Barrio con la conciencia de jugador empedernido tranquila. Se le confirmé al cura, al que, por razones que no vienen al caso, le había impedido acompañarme a la cita.

Y con respecto a la Duquesa y su historia...Quizás la próxima vez decida narrársela.

jueves, 4 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (7).

El jefe de la casa de apuestas no tardó el personarse, y su decisión fue rápida, tajante y lógica.

-Lo siento, amigo, no podemos aceptar esa apuesta, es mucho riesgo.

No rechisté. De hecho, hasta era un alivio.

-Lo entiendo. Gracias.

Era lo mejor que podía pasar. Ahora, quizás, se podría convencer a Cornell para que dedicara toda esa pasta a un buen fin.

-Lo siento, padre. pero no se puede hacer la apuesta, se arruinarían si tuvieran que pagarla.

El restro de sacerdote se tiñó de decepción y sorpresa a partes iguales.

-Pero, ¡eso no puede ser! ¡Es la última voluntada de un hombre que va a morir!

-Bueno, comprenda que he obviado ese dato...Mire, lo mejor es que hable usted con el apostante y le convenza de que le dé el dinero a su parroquia. Lo otro sería tirarlo.

-¡No, no, no!

El sacerdote me cogió el dinero de la mano y, sin dudar, se metió en la casa de apuestas. Yo le seguí. Los pocos tíos que había dentro se le quedaron mirando, con una mezcla de incredulidad y guasa.

Al jefe se le pusieron los ojos como platos.

-Perdone, hace un momento este amigo ha querido hacer una apuesta en mi nombre, y usted le ha dicho que no.

-Sí, padre. Entienda que nosotros no tenemos 20.000 libras.

Decidí que había llegado el momento de echar una mano.

-Pero, amigo, ¿de verdad cree que va a ganar? ¡Un penco que va 200 a 1!

-Esto es un negocio de apuestas, los que tienen que arriesgar y perder su dinero son los clientes, no nosotros. Lo siento, no puedo. De hecho, nadie cubrirá esa apuesta. Nadie se va a jugar su empresa por 100 cochinas libras.

La cara de decepción que se quedó al sacerdote era realmente impresionante.

-Pero....¡es la última voluntad de un hombre que va a morir!

-Lo siento mucho, padre, no puedo hacer nada.

Incluso a mi se me estaba haciendo un nudo en el estómago. Cierto es que no es fácil encontrar a alguien que se arriesgue a perder 20.000 libras en una apuesta. Pero es mi profesión se conoce a mucha gente -aunque a menudo por muy poco tiempo- y, quizás, yo podría gastar un favor por ese cura.

-¡Vámonos, padre, aquí no hacemos nada! Y puede que yo tenga a la persona que necesita.

miércoles, 3 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (6).

Llegados a la puerta del establecimiento de apuestas, sólo con ver la cara del cura me percaté de que había llegado el momento de hacer mi buena acción del día.

-A ver, padre, deme el papelito y el dinero, que yo me encargo. No creo que a usted le apetezca entrar en un sitio así vestio de sacerdote.

-¡Muchas gracias! Lo cierto es que tiene usted razón, un hombre de la Iglesia no debería entrar en una casa de juego...En fin, tenga. Aquí están todos los datos, y tiene usted que apostar estas 100 libras.

Me quedé helado (y, créame, después de todo lo que he visto y vivido, esto no es fácil). ¡100 libras! ¡Ese era el sueldo de tres meses de un trabajador medio!

-Padre, ¿está usted seguro de que quiere apostar todo este dinero? ¿No se le podría encontrar una mejor utilidad?

-Ya le dije que es un encargo, y he dado mi palabra de que lo voy a cumplir.

-¿Y no ha tratado usted de convencer a la persona que se lo ha mandado?

-Mire, amigo, no me voy a andar por las ramas. Esta apuesta es la última voluntad de un condenado a muerte, y es mi deber que se cumpla ese deseo.

-Comprendo. En fin, espéreme aquí.

La verdad es que yo tampoco tenía mucha experiencia en el campo de las apuestas, pero supuse que tampoco sería tan dificil. Ir a la ventanilla, dar los datos, entregar la pasta, recoger el boleto.

-Hola, quiero apostar 100 libras por el número 3 en la quinta de Newmarket mañana.

El tipo de la ventanilla levantó la ceja al ver los billetes. Normal. Me miró un instante, consultó una lista que tenía y me volvió a mirar.

-Tengo que hablar con el jefe antes de aceptar su apuesta, señor.

-¿Y eso?

-El caballo por el que usted quiere apostar está 200 a 1, y no sé si estamos en condiciones de cubrir una apuesta que nos puede costar 20.000 libras.

-Entiendo.

Lo que no entendía era de dónde había sacado el tío aquel tanta pasta y por qué se quería despedir de este mundo tirándola a la basura por mediación de un cura.

martes, 2 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (5).

Colgar a un tío que ha asesinado a una ancianita indefensa es ese tipo de cosas que la gente se cree que debe de ser fácil, incluso algunos dicen que ellos mismos lo harían. Se nota que nunca lo han hecho.

Y, no obstante, uno intenta ser profesional, mantener el prestigio -si es que en este oficio mío que el Destino me encajó se puede tener de eso-.

Llegué a la cárcel como de costumbre y fui ejecutando todo el macabro ritual, la horrible rutina siempre igual pero siempre diferente: los saludos fríos a las caras serias, la inspección del reo por una discreta mirilla, la preparación de la soga y la sala.

En fin, todo quedó listo para el momento.

Saliendo de la cárcel, un sacerdote -que también abandonaba Pentonville-, me abordó.

-Disculpe, caballero, le voy a hacer una pregunta un poco particular: ¿me podría indicar dónde hay una casa de apuestas por aquí?

En efecto, la pregunta era poco común, viniendo de quien venía. Además, que la gente que apuesta suele saber de sobra dénde hacerlo, y con quién. No les hace ninguna falta andar preguntando por la casa más cercana.

 Me fijé en el sacerdote. Cuando había examinado secretamente al condenado en su celda, él era la persona con la que estaba charlando, por lo que supuse que sería su consejero espiritual.

-No soy del barrio, padre, pero creo que viniendo he visto una a la vuelta de la esquina.

-Ya...Oiga, ¿podría usted acompañarme? ¡Es que es la primera vez que voy a hacer esto!

-Pero, ¿sabe usted a qué y por quién va a jugarse su dinero?

-Tengo una carrera y un caballo apuntados en un papel.

-Bueno, con eso nos basta...Oiga, si no es indiscreción, ¿le puedo preguntar si la apuesta la va a hacer usted por encargo de otra persona?

-¿Cómo lo ha adivinado?

-Intuición.

Te van a colgar al día siguiente y tienes el cuajo de encargarle a un cura que apueste por ti a los caballos. Eso es un ludópata y lo demás son tonterías.

lunes, 1 de julio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (4).

Tres de la mañana. Parecía una hora razonable. Todo el mundo estaría durmiendo y, confiaba, no habría nadie vigilando el jardín. Seguramente, habría alguna enfermera de guardia, pero, con un poco de suerte, esa sería la persona más profundamente dormida de la casa.

Salté el seto vestido por completo de negro -era mi primera experiencia como asaltante nocturno de jardines, pero supuse que ese era el atuendo correcto-, y, arrastrándome por el suelo con todo el sigilo que pude, fui palpando hasta dar, después de un buen rato de búsqueda, con la dichosa argolla.

En efecto, todo el perímetro de la tranpilla estaba recubierto de cemento. Yo había me había agenciado un martillo y un cincel en una tienda local, pero ignoraba si tendría la fuerza y pericia suficientes para levantar aquello en unas horas, máxime cuando tenía que evitar hacer mucho ruido.

Me bastaron unos minutos para percatarme de que la respuesta era "no". Trabajé hasta casi el amanecer, pero apenas logré arracar una parte del cemento.

Tomé la única solución que cabía: me metí los restos de mi trabajo en el bolsillo y me fui. Habría que volver tan pronto como tuviera ocasión para continuar la ardua tarea.

Y así una noche, otra y otra más...Picando despacito, con la única motivación de la lejana esperanza de que, debajo de aquella trampilla, hubiera un tesoro en forma de relato.

Hasta que, por fin, una noche ya no quedaba más cemento que aprisionara la trampilla. Sudoroso -y no por el esfuerzo-, con las manos temblorosas, tomé la argolla y tire. La trampilla se levantó con el cruir quejunbroso del que lleva décadas sin trabajar. Un perro ladró en un algún sitio, según la costumbre ancestral de esos animales. ¿Habría despertado a alguien?

Daba igual: allí estaba la ansiada carpeta. Como un niño que roba una golosina, salí huyendo a toda prisa de aquel jardín para volver nunca más.

domingo, 30 de junio de 2013

Los Casos de Woodchat Shrike: Algy, "el Afortunado" (3).

El Hogar de Mayores "Irene Duckworth" era una antigua -pero bien mantenida- casa de tres pisos. Llegué allí en cuestión de minutos, siempre en compañía del cotilla pastor.

-¿Y dice usted que la señora Duckworth dejó dinero para comprar esto?

-En realidad, tengo entendido que la propiedad no salió tan cara, pues estaba medio en ruinas. Lo que realmente costó un buen montón de billetes fue la reforma.

-Que también salió de lo que la señora Duckworth legó.

-Exacto.

-¿Y los hijos qué dijeron?

-No tenía, la señora Duckworth era una digna representante de la solterona británica. Ya sabe, ése que se remonta a los tiempos de la rueca.

-Ya veo.

Sin duda, aquella coqueta residencia de ancianos era el último vínculo entre Algernon Cornell y este mundo, y el lugar idóneo para que Woodchat hubiera dejado su relato. Empujado por una corazonada, pasé al jardincito. No sería la primera vez que mi amigo dejaba su regalo escondido en un tronco.

Lamentablemente, el espacio verde tenían un montón de flores, pero ningún árbol. Sentí la tentación de rebuscar entre la vegetación pero, dado lo bien cuidada que se la veía, era claro que alguien llevaba tiempo trabajándola y, a fondo.

Dediqué unos minutos a pasear en círculos por el pequeño jardín, más buscando inspiración en aquel lugar que la solución a mi problema. Absorto, iba clavando la mirada en el césped delante de mis pies.

Entonces, una argolla que asomaba por entre las briznas llamó mi atención. ¿Qué era aquello? Le di un par de pataditas suaves, a ver qué pasaba.

-Ahi solía haber una trampilla que daba acceso a algo relacionado con la pocería, pero, al hacerse la reforma, se cambió todo y la trampilla fue condenada.

No me había percatado de que el pastor me seguía, pero tampoco me sorprendió ni una pizca.

-¿Y no se abre desde entonces?

-¿Para qué? ¡El agujero se llenó de tierra! Además, esta sellado con cemento.

Trampilla y condenada. Casi demasiado bueno -y evidente- para ser verdad-. Pero no podía arriesgarme a jugar esa carta con testigos.

Habría que esperar a la noche.