Al igual que había hecho a las flores de mil olores y a los animales de mil formas, Dios decidió que las personas también debían ser diferentes: los hizo hombres y mujeres, altos y bajos, gordos y flacos, y les pintó la piel de muchos colores diferentes.
"Así seréis todos especiales, porque seréis todos diferentes. Así, el mundo nunca será aburrido."
Pero, entonces, los hombres y las mujeres empezaron a sentir miedo de los que no eran como ellos -porque las personas no sabían que no hay que temer a lo diferente- y el miedo llevó al odio, y el odio a la ganas de hacer daño. Y fue entonces que los flacos empezaron a meterse con los gordos, y que los altos se burlaban de los bajos y todos se reían de aquellos que tenían un color de piel diferente al suyo.
Y eso hizo que Dios se pusiera muy triste, y decidiera dar una lección a toda la Humanidad.
En aquella época siempre era de día, porque la luz es vida y alegría, dos cosas que le encantan a Dios y que había decidido regalarle a todos los seres humanos.
"¡Qué se oculte el Sol!", ordenó Dios, y, por primera vez en la Historia, se hizo de noche.
Los hombres y la mujeres se asustaron mucho, pues no sabía qué era aquello.
"¡No podemos ver, ¿qué ha pasado?", decían unos.
"¡Es el final, el mundo se acaba!", lloraban otros.
Y, como siempre hacían, las personas se acordaron entonces de Dios y le empezaron a rezar.
-¡Padre nuestro, devuélvenos el Sol! -le rogaban.
-Si veros los unos a los otros sólo os sirve para haceros daño, es mejor que no tengáis luz. Pasaréis todo el invierno sin veros, y espero que eso os sirva para que aprendáis a ver con el corazón, y no con los ojos. Pasado ese tiempo, decidiré qué hago.
Cuando se marcharon los fríos, Dios volvió a hablar a los hombres:
"¡Estoy muy contento con vosotros, pues habéis aprendido a vivir sin juzgar a las personas por cómo son, y sí por cómo se comportan y sienten!. Por eso, os devuelvo la luz del Sol, pero cada día haré que las tinieblas caigan sobre la tierra un ratito, para que recordéis esta lección tan importante que os he enseñado.
Y por eso hay noche después de cada día, para que todas las personas nos acordemos de que Dios quiere que veamos a las personas no con los ojos, sino con el corazón.
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martes, 8 de abril de 2014
sábado, 12 de mayo de 2012
Cuentos de Hadas Que Terminan Regular: El Sonido de la Sirena.
Las noches de paz son muy aburridas en los submarinos de guerra (pero un guerrero veterano aprende a disfrutar del aburrimiento, y las palabras: "sin novedad" son música en sus oidos). De todos modos, toca estar alerta, no sea que a lo casi imposible le dé por ocurrir a las cuatro de la mañana.
Y, aparentemente, iba a ser una de esas noches.
-Oficial de guardia, aquí puesto de vigilancia óptica. ¿Puede vernir, por favor?
-Óptica, ¿qué ocurre?
-Mi oficial, es mejor que venga.
-Óptica, ¡¿qué ocurre?!
-Mi oficial, es que si se lo cuento, no me va a creer...
El alférez Dawkins resopló. No sabía quién estaba en aquel puesto de control, pero le iba a cobrar con intereses el paseito. No es bueno enfadar a un oficial que se está comiendo una guardia nocturna.
-A ver, cabo. ¿Qué pasa?
-Mire, mi alférez -replicó el operador señalando a la pantalla.
El oficial clavó la mirada medio dormida en el monitor. En pocos segundos, el sueño dio paso a la perplejidad.
-¡Eso es un pez, es un efecto óptico!
-Con el debido respeto, mi alférez. No lo es. Es lo que parece.
-¿Usted cree?
-Este cacharro cuesta 100 millones de dólares. Es a prueba de efectos ópticos.
En mitad de la pantalla, una criatura mitad mujer de largos cabellos, mitad pescadilla de ración dormitaba tranquilamente en una roca.
-¿A qué distancia está?
-Poco más de 6 millas, señor.
-Pues nada, dé orden al puente de mando para que corrijan el rumbo y no la atropellen.
-Pero, señor...¡Es bellísima!
-¡Como si es la maldita Miss Texas-El Paso, cabo! Mire, no es una amenaza del enemigo. Es fauna marina, y a la fauna marina hay orden de dejarla en paz.
-Pero, mi alférez, la Ciencia, la Humanidad...
-La Ciencia y la Humanidad están muy felices en su ignorancia, y es mejor que sigán así. Esa pobre chica -o lo que diablos sea- está tan tranquila, y lo justo es no complicarle la existencia. ¡Y como le cuente esto a alguien, van a pesar que estaba usted borracho, y ya sabe que al capitán no le gusta que la gente beba mientras le vigila las espaldas al Tio Sam!
-A sus órdenes, mi alférez.
-Pues eso. ¡Y que sea la última vez que me molesta por una tontería así!
Y, aparentemente, iba a ser una de esas noches.
-Oficial de guardia, aquí puesto de vigilancia óptica. ¿Puede vernir, por favor?
-Óptica, ¿qué ocurre?
-Mi oficial, es mejor que venga.
-Óptica, ¡¿qué ocurre?!
-Mi oficial, es que si se lo cuento, no me va a creer...
El alférez Dawkins resopló. No sabía quién estaba en aquel puesto de control, pero le iba a cobrar con intereses el paseito. No es bueno enfadar a un oficial que se está comiendo una guardia nocturna.
-A ver, cabo. ¿Qué pasa?
-Mire, mi alférez -replicó el operador señalando a la pantalla.
El oficial clavó la mirada medio dormida en el monitor. En pocos segundos, el sueño dio paso a la perplejidad.
-¡Eso es un pez, es un efecto óptico!
-Con el debido respeto, mi alférez. No lo es. Es lo que parece.
-¿Usted cree?
-Este cacharro cuesta 100 millones de dólares. Es a prueba de efectos ópticos.
En mitad de la pantalla, una criatura mitad mujer de largos cabellos, mitad pescadilla de ración dormitaba tranquilamente en una roca.
-¿A qué distancia está?
-Poco más de 6 millas, señor.
-Pues nada, dé orden al puente de mando para que corrijan el rumbo y no la atropellen.
-Pero, señor...¡Es bellísima!
-¡Como si es la maldita Miss Texas-El Paso, cabo! Mire, no es una amenaza del enemigo. Es fauna marina, y a la fauna marina hay orden de dejarla en paz.
-Pero, mi alférez, la Ciencia, la Humanidad...
-La Ciencia y la Humanidad están muy felices en su ignorancia, y es mejor que sigán así. Esa pobre chica -o lo que diablos sea- está tan tranquila, y lo justo es no complicarle la existencia. ¡Y como le cuente esto a alguien, van a pesar que estaba usted borracho, y ya sabe que al capitán no le gusta que la gente beba mientras le vigila las espaldas al Tio Sam!
-A sus órdenes, mi alférez.
-Pues eso. ¡Y que sea la última vez que me molesta por una tontería así!
sábado, 5 de diciembre de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: El Guardián de los Chistes.
Todos los chistes del mundo se encuentran en un gran libro custodiado en lugar secreto por un Guardián de secreta identidad y agrio gesto de seca seriedad helada. La misión de dicho sujeto es dosificar con tino tanta sabiduría, dando a conocer nuevos chistes cuando los viejos están dejando ya de hacer gracia.
A tal fin, el Guardián toma un taxi cualquiera o se acoda en una barra al azar ante una caña con tapa, momentos que aprovecha para contar -taciturno- el chiste. Luego, desaparece instantáneo y discreto.
Fue en uno de esos bares donde un joven estudiante, entre la carcajada general, le pidió insistentemente a aquel enigmático cachondo que les contará más. Pero la petición que fue declinada con fría amabilidad y estas palabras: "Joven, ríe con gusto y poco a poco, pues un empacho de risa es el camino a la infelicidad". Dicho lo cual, se marchó por donde había venido.
Pero el muchacho, ocioso y fascinado por aquel intrigante personaje, decidió espiarle. Haciendo gala de admirales sigilo y astucia, lo siguió hasta su escondite. Allí, el fisgón bachiller logró encaramarse hasta un ventanuco y contemplar cómo el tipo abría un misterioso libro de considerable grosor, donde pasaba a hacer unas anotaciones.
Moribundo de curiosidad sobre qué contenía la obra, el estudiante vigiló paciente e incómodo al Guardián, hasta que éste se metió en la cama a descansar. No habían pasado ni quince ronquidos, cuando el ladronzuelo primerizo ya salía con su contundente botín por el hueco que lo había visto entrar.
Durante los tres días siguientes, el estudiante no salió de la habitación que ocupaba en una residencia universitaria. Sólo reía y reía, hasta tal punto, que sus mismos compañeros se empezaron a alarmar. Lo llamaron varias veces, pero todo lo que recibían por respuesta era un enojado: "¡Estoy bien, mejor que nunca, dejadme en paz!", calzado entre "ja, jas" y "ji, jis".
Mas, al cuarto día, las carcajadas pararon de sopetón. La puerta de la alcoba se abrió de un zas, y de ella salió presuroso su inquilino con un libro bajo el brazo y lágrimas en lo ojos. Nunca más se supo de él.
La única pista que dejó, una hoja caída en el suelo de la habitación, con este misterioso texto:
"Muchacho, has llegado al fin del libro. Conoces todos los chistes del mundo y, por ello, ya nada queda que te pueda hacer reír. Nunca volverán una carcajada a tu boca o la alegría a tu corazón, como jamás lo harán al mío. Te advertí y no me hiciste caso. Ahora, recibe tu castigo en forma de maldición: Tú eres ahora el nuevo Guardián".
A tal fin, el Guardián toma un taxi cualquiera o se acoda en una barra al azar ante una caña con tapa, momentos que aprovecha para contar -taciturno- el chiste. Luego, desaparece instantáneo y discreto.
Fue en uno de esos bares donde un joven estudiante, entre la carcajada general, le pidió insistentemente a aquel enigmático cachondo que les contará más. Pero la petición que fue declinada con fría amabilidad y estas palabras: "Joven, ríe con gusto y poco a poco, pues un empacho de risa es el camino a la infelicidad". Dicho lo cual, se marchó por donde había venido.
Pero el muchacho, ocioso y fascinado por aquel intrigante personaje, decidió espiarle. Haciendo gala de admirales sigilo y astucia, lo siguió hasta su escondite. Allí, el fisgón bachiller logró encaramarse hasta un ventanuco y contemplar cómo el tipo abría un misterioso libro de considerable grosor, donde pasaba a hacer unas anotaciones.
Moribundo de curiosidad sobre qué contenía la obra, el estudiante vigiló paciente e incómodo al Guardián, hasta que éste se metió en la cama a descansar. No habían pasado ni quince ronquidos, cuando el ladronzuelo primerizo ya salía con su contundente botín por el hueco que lo había visto entrar.
Durante los tres días siguientes, el estudiante no salió de la habitación que ocupaba en una residencia universitaria. Sólo reía y reía, hasta tal punto, que sus mismos compañeros se empezaron a alarmar. Lo llamaron varias veces, pero todo lo que recibían por respuesta era un enojado: "¡Estoy bien, mejor que nunca, dejadme en paz!", calzado entre "ja, jas" y "ji, jis".
Mas, al cuarto día, las carcajadas pararon de sopetón. La puerta de la alcoba se abrió de un zas, y de ella salió presuroso su inquilino con un libro bajo el brazo y lágrimas en lo ojos. Nunca más se supo de él.
La única pista que dejó, una hoja caída en el suelo de la habitación, con este misterioso texto:
"Muchacho, has llegado al fin del libro. Conoces todos los chistes del mundo y, por ello, ya nada queda que te pueda hacer reír. Nunca volverán una carcajada a tu boca o la alegría a tu corazón, como jamás lo harán al mío. Te advertí y no me hiciste caso. Ahora, recibe tu castigo en forma de maldición: Tú eres ahora el nuevo Guardián".
sábado, 28 de noviembre de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: La Princesa Amal.
-¿Harías lo que fuera por mí?-Le preguntó la caprichosa princesa Amal a su padre el califa.
-Bien sabes que sí, pues mejor sabes que te amo más a que mí mismo, hasta tal extremo, que daría la propia vida antes que verte verter una lágrima.
La princesa Amal asintió con su más dulce sonrisa y mandó llamar a los hombres más sabios de todo el país.
Al día siguiente, las mentes más privilegiadas en quinientas leguas a la redonda se agolpaban, con tanta curiosidad como preocupada incertidumbre, en el salón principal del palacio.
En eso, sonaron clarines y fanfarrias y se abrió la grandiosa y pesada puerta de las Siete Estrellas. Por ella, aparecieron esplendorosos el califa y su única heredera.
En mitad de un silencio de respiraciones apresuradas, la princesa se dirigió a su padre:
-Padre mío, ya que tanto me amas, ya que darías hasta la vida por mí, ordena a uno de tus guardias que te corte la cabeza, pues ése es mi capricho.
Sin pensarlo dos veces, el soberano se giró al "cimitarrachín" más cercano, y le interpeló con voz segura y serena: "Abu, córtame la cabeza de un tajo aquí y ahora, o será la tuya la que ruede".
El guardián, confuso e inseguro, asía la empuñadura de su arma sin saber qué hacer. Al instante, el califa sacó la suya y, de certero mandoble simple, le mandó a la otra medina.
De inmediato, el califa se volvió hacia otro guardián: "Ibn, córtame la cabeza de un tajo aquí y ahora..."
El pobre no pudo ni terminar la frase (Ibn aprendía pronto y nunca le gustaron los riesgos innecesarios). La cabeza del califa salió rodando por el suelo hasta que su hija la paró con el pie. Entonces, la princesa levantó altiva la mirada y se dirigió a los presentes:
"Señores, no es ningún secreto que no soy demasiado inteligente, aunque nadie jamás ha tenido el valor de decírmelo a la cara. Pero eso no es problema, pues sus mentes serán la mía. Así, me volveré la que más sabe de todo, seré perfecta y jamás en nada me equivocaré. Y, recuerden, por muy inteligentes que sean, que nadie se pase de listo, que me terminaré por enterar, y acaban de ver cómo me las gasto. En resumen, que sus cabezas pueden estar o a mi servicio o en el fondo de una cesta, ¿entendido?"
"Jamaal, presiento que éste es el comienzo de un largo reinado...", le susurró muy susurradito un sabio a otro.
-Bien sabes que sí, pues mejor sabes que te amo más a que mí mismo, hasta tal extremo, que daría la propia vida antes que verte verter una lágrima.
La princesa Amal asintió con su más dulce sonrisa y mandó llamar a los hombres más sabios de todo el país.
Al día siguiente, las mentes más privilegiadas en quinientas leguas a la redonda se agolpaban, con tanta curiosidad como preocupada incertidumbre, en el salón principal del palacio.
En eso, sonaron clarines y fanfarrias y se abrió la grandiosa y pesada puerta de las Siete Estrellas. Por ella, aparecieron esplendorosos el califa y su única heredera.
En mitad de un silencio de respiraciones apresuradas, la princesa se dirigió a su padre:
-Padre mío, ya que tanto me amas, ya que darías hasta la vida por mí, ordena a uno de tus guardias que te corte la cabeza, pues ése es mi capricho.
Sin pensarlo dos veces, el soberano se giró al "cimitarrachín" más cercano, y le interpeló con voz segura y serena: "Abu, córtame la cabeza de un tajo aquí y ahora, o será la tuya la que ruede".
El guardián, confuso e inseguro, asía la empuñadura de su arma sin saber qué hacer. Al instante, el califa sacó la suya y, de certero mandoble simple, le mandó a la otra medina.
De inmediato, el califa se volvió hacia otro guardián: "Ibn, córtame la cabeza de un tajo aquí y ahora..."
El pobre no pudo ni terminar la frase (Ibn aprendía pronto y nunca le gustaron los riesgos innecesarios). La cabeza del califa salió rodando por el suelo hasta que su hija la paró con el pie. Entonces, la princesa levantó altiva la mirada y se dirigió a los presentes:
"Señores, no es ningún secreto que no soy demasiado inteligente, aunque nadie jamás ha tenido el valor de decírmelo a la cara. Pero eso no es problema, pues sus mentes serán la mía. Así, me volveré la que más sabe de todo, seré perfecta y jamás en nada me equivocaré. Y, recuerden, por muy inteligentes que sean, que nadie se pase de listo, que me terminaré por enterar, y acaban de ver cómo me las gasto. En resumen, que sus cabezas pueden estar o a mi servicio o en el fondo de una cesta, ¿entendido?"
"Jamaal, presiento que éste es el comienzo de un largo reinado...", le susurró muy susurradito un sabio a otro.
sábado, 17 de octubre de 2009
Cuentos de Hadas de que Terminan Regular: Gritos de Grillo.
Pepitín apuró su pelotazo seco y le hizo un gesto al camarero para que repusiera destilado.
Su vida era una macabra carrera entre el alcohol y el trabajo, a ver cuál le mataba antes. ¡Quién lo habría supuesto hacía tan sólo unos años!
Él, José Grillo Peláez, era el nieto mayor del mismísimo Pepito Grillo, la mayor leyenda del gremio, y había decidido continuar con la tradición familiar. Para ello, ingresó en la "Escuela Superior de Conciencia para Ortópteros" que llevaba el nombre de su abuelo.
Salió el número uno de su promoción, sin discusión, sin sospechas de enchufismo. Lo llevaba en las viscosas venas.
Pero los ideales y la cabezonería juvenil lo habían perdido. Desoyendo las voces expertas y autorizadas, incluyendo la de su propio abuelo, había solicitado por destino a un político. ¡A quién se le ocurre!
Cuando le convenía, sólo entonces le escuchaba aquel mamón. Eso sí, cuando lo hacía, era a lo bestia. Sí hasta iba por ahí diciendo que su conciencia era la luz que guiaba sus pasos.
Pero, cuando tocó traicionar a amigos para escalar en el partido, cuando se terció recortar presupuestos sociales, cuando empezaron a llegar todos aquellos regalos, entonces, Pepitín se quedó afónico para lograr absolutamente nada.
Por no hablar de lo de la guerra, aquello prefería ni recordarlo...
-¡Otra, camarero!
"Señora mayor, hijito, señora mayor, que esas sí que te prestarán atención, aunque luego sigan haciendo lo que les dé la gana".
¡Qué razón tenía su abuelo! Normal, él sabía bien lo que implica ser la conciencia de un mentiroso.
Su vida era una macabra carrera entre el alcohol y el trabajo, a ver cuál le mataba antes. ¡Quién lo habría supuesto hacía tan sólo unos años!
Él, José Grillo Peláez, era el nieto mayor del mismísimo Pepito Grillo, la mayor leyenda del gremio, y había decidido continuar con la tradición familiar. Para ello, ingresó en la "Escuela Superior de Conciencia para Ortópteros" que llevaba el nombre de su abuelo.
Salió el número uno de su promoción, sin discusión, sin sospechas de enchufismo. Lo llevaba en las viscosas venas.
Pero los ideales y la cabezonería juvenil lo habían perdido. Desoyendo las voces expertas y autorizadas, incluyendo la de su propio abuelo, había solicitado por destino a un político. ¡A quién se le ocurre!
Cuando le convenía, sólo entonces le escuchaba aquel mamón. Eso sí, cuando lo hacía, era a lo bestia. Sí hasta iba por ahí diciendo que su conciencia era la luz que guiaba sus pasos.
Pero, cuando tocó traicionar a amigos para escalar en el partido, cuando se terció recortar presupuestos sociales, cuando empezaron a llegar todos aquellos regalos, entonces, Pepitín se quedó afónico para lograr absolutamente nada.
Por no hablar de lo de la guerra, aquello prefería ni recordarlo...
-¡Otra, camarero!
"Señora mayor, hijito, señora mayor, que esas sí que te prestarán atención, aunque luego sigan haciendo lo que les dé la gana".
¡Qué razón tenía su abuelo! Normal, él sabía bien lo que implica ser la conciencia de un mentiroso.
domingo, 5 de julio de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: La Cucaracha Madrina.
La gran duda que me generan las cucarachas; bueno, en realidad, todos los insectos; de acuerdo, realmente todos los animales, es si están de vacaciones o trabajando.
En fin, a lo que voy, que iban dos cucarachas por el castillo de la Princesita -ignoro si a la oficina o de jarana, obviamente- y una le dice a la otra:
-Oye, fulatina (porque yo tampoco sé qué nombres les ponen las cucarachas a sus huevos), ¿es cierto que una de nosotras es un hada madrina, vilmente hechizada por el malvado mago?
-No, hija, es una leyenda rural que se inventó una cuñada mía para que nos dejaran en paz con tanto insecticida y tanta zapatilla. Que, claro, pensando que podemos ser un hada, a ver que princesita de cuento tienes narices de atizarnos.
-Ah, pues me llevo una pequeña decepción.
-Mejor eso a que te espachurren con una del 35-36.
-Ahí llevas razón.
En fin, a lo que voy, que iban dos cucarachas por el castillo de la Princesita -ignoro si a la oficina o de jarana, obviamente- y una le dice a la otra:
-Oye, fulatina (porque yo tampoco sé qué nombres les ponen las cucarachas a sus huevos), ¿es cierto que una de nosotras es un hada madrina, vilmente hechizada por el malvado mago?
-No, hija, es una leyenda rural que se inventó una cuñada mía para que nos dejaran en paz con tanto insecticida y tanta zapatilla. Que, claro, pensando que podemos ser un hada, a ver que princesita de cuento tienes narices de atizarnos.
-Ah, pues me llevo una pequeña decepción.
-Mejor eso a que te espachurren con una del 35-36.
-Ahí llevas razón.
domingo, 28 de junio de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: Los Millones de Cerditos. (Todos Temen al Lobo Feroz).
Como los cerditos del cuento, todos nos creímos que cada uno podría tener su propia casita.
Como los cerditos del cuento, llegó un lobo feroz y se puso a soplar, y los sueños residenciales se vinieron abajo con inmisericorde facilidad.
Pero, a diferencia del cuento, aquí ni el ladrillo fue capaz de resistir las arremetidas del dichoso lobito. De hecho, resultó ser el más débil de todas.
Así que el lobo feroz se puso las botas a costa de zamparse a los inocentes cerditos.
Quizás de ahí nos viene la crisis, de que la cantinela aquella de "veis, os dije que pasaría, si ese lobo aparecía, sólo el ladrillo resistiría" se quedó traumáticamente impresa en el subconsciente de toda la humanidad.
Walt Disney, ¿por qué nos haces estas cosas?
Como los cerditos del cuento, llegó un lobo feroz y se puso a soplar, y los sueños residenciales se vinieron abajo con inmisericorde facilidad.
Pero, a diferencia del cuento, aquí ni el ladrillo fue capaz de resistir las arremetidas del dichoso lobito. De hecho, resultó ser el más débil de todas.
Así que el lobo feroz se puso las botas a costa de zamparse a los inocentes cerditos.
Quizás de ahí nos viene la crisis, de que la cantinela aquella de "veis, os dije que pasaría, si ese lobo aparecía, sólo el ladrillo resistiría" se quedó traumáticamente impresa en el subconsciente de toda la humanidad.
Walt Disney, ¿por qué nos haces estas cosas?
domingo, 21 de junio de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: Ramirín.
Erase una vez que era, en un reino muy lejano, un gañán cazurro y bonachón llamado Ramirín.
Ramirín tenía tres gallinas, dos cabras y una chocita con huerto cerca de un pozo.
Ramirín se alimentaba de huevos, queso, hortalizas y agua (porque el pozo estaba cerca de su chocita, y no daba nada de pereza ir).
Y cuando llovía, se metía en su choza a ver llover por la ventana.
Ramirín era el más feliz del reino.
Hasta que un día llegó a aquel país un heraldo de lejanas tierras, en busca del príncipe titular del reino, pues era preciso que alguien fuera a las tierras lejanas y susodichas a matar a un dragón y rescatar a una princesa.
Pero resultaba que el rey ya se había quedado sin hijos varones, por lo que no había regio héroe en activo que ofrecer.
El heraldo, triste del chasco y del viaje en balde, iniciaba el retorno a su país cuando pasó junto a la choza de Ramirín.
-¿Qué te pasa?-preguntó Ramirín al ver aquel hombre con esa cara de pan sin mantequilla ni mermelada.
-Heraldo de lejanas tierras soy, y en busca de un príncipe vine a este reino, pero me vuelvo como vine, pero peor y más cansado.
-Yo no soy príncipe, pero supongo que soy mejor que nada.
-¿Me harías ese favor?
-Sí, hombre.
Y así termina nuestro cuento de hoy, con Ramirín disfrazado de principito de opereta, oculto detrás de una roca, con una espada en la mano temblorosa y unas terribles ganas de ir al baño. El dragón se acerca, ya huele su aliento azufrado y ardiente, y, sospecha, el dragón también le ha olido a él.
¿Quién le mandaría a él? Con lo feliz que era con sus tres gallinas, sus dos cabras y aquella chocita con huerto cerca de un pozo.

Aunque, nunca se sabe, igual tiene un mandoble de suerte...
Ramirín tenía tres gallinas, dos cabras y una chocita con huerto cerca de un pozo.
Ramirín se alimentaba de huevos, queso, hortalizas y agua (porque el pozo estaba cerca de su chocita, y no daba nada de pereza ir).
Y cuando llovía, se metía en su choza a ver llover por la ventana.
Ramirín era el más feliz del reino.
Hasta que un día llegó a aquel país un heraldo de lejanas tierras, en busca del príncipe titular del reino, pues era preciso que alguien fuera a las tierras lejanas y susodichas a matar a un dragón y rescatar a una princesa.
Pero resultaba que el rey ya se había quedado sin hijos varones, por lo que no había regio héroe en activo que ofrecer.
El heraldo, triste del chasco y del viaje en balde, iniciaba el retorno a su país cuando pasó junto a la choza de Ramirín.
-¿Qué te pasa?-preguntó Ramirín al ver aquel hombre con esa cara de pan sin mantequilla ni mermelada.
-Heraldo de lejanas tierras soy, y en busca de un príncipe vine a este reino, pero me vuelvo como vine, pero peor y más cansado.
-Yo no soy príncipe, pero supongo que soy mejor que nada.
-¿Me harías ese favor?
-Sí, hombre.
Y así termina nuestro cuento de hoy, con Ramirín disfrazado de principito de opereta, oculto detrás de una roca, con una espada en la mano temblorosa y unas terribles ganas de ir al baño. El dragón se acerca, ya huele su aliento azufrado y ardiente, y, sospecha, el dragón también le ha olido a él.
¿Quién le mandaría a él? Con lo feliz que era con sus tres gallinas, sus dos cabras y aquella chocita con huerto cerca de un pozo.

Aunque, nunca se sabe, igual tiene un mandoble de suerte...
domingo, 14 de junio de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: La Princesita Esnob.
Se supone que son las princesas las que dan y quitan modas, pero en aquel reino tan lejano, ya ni la princesa tenía personalidad. Se limitaban a imitar a las princesas de otros cuentos.
Así, aquella princesita se hizo convertir en cisne, obligó a que un dragón la secuestrara, entró al servicio de unos mineros y hasta se fue a vivir con una Bestia. Y todo, por sentir el caluroso abrazo de no ser diferente.
Finalmente, fue rescatada por un príncipe que no tenía nada de especial, pero príncipe era al fin y al cabo, y se fue a vivir a un castillo encantado estándar.
Y, cosas de la vida, tendrá los hijos que se supone que debe tener, se comprará lo que todas las demás princesas se compran, e incluso se separará y se echará un amante, si es eso lo que todas deciden que hay que hacer.
Eso es lo que todos los personajes de este cuento tienen igual, que dicen ser y se creen diferentes. Sí, pero todos presentan las mismitas diferencias.
Y es que, por mucho que digan, en un cuento de hadas, nadie quiere hacer de "El Raro".
Así, aquella princesita se hizo convertir en cisne, obligó a que un dragón la secuestrara, entró al servicio de unos mineros y hasta se fue a vivir con una Bestia. Y todo, por sentir el caluroso abrazo de no ser diferente.
Finalmente, fue rescatada por un príncipe que no tenía nada de especial, pero príncipe era al fin y al cabo, y se fue a vivir a un castillo encantado estándar.
Y, cosas de la vida, tendrá los hijos que se supone que debe tener, se comprará lo que todas las demás princesas se compran, e incluso se separará y se echará un amante, si es eso lo que todas deciden que hay que hacer.
Eso es lo que todos los personajes de este cuento tienen igual, que dicen ser y se creen diferentes. Sí, pero todos presentan las mismitas diferencias.
Y es que, por mucho que digan, en un cuento de hadas, nadie quiere hacer de "El Raro".
domingo, 7 de junio de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: La Boda (Antes de las Perdices)
"¡Mierda!", dijo el Príncipe Azul. Se había cortado. A los lectores, no hace faltan que les explique más; a las lectoras, aclararles que el tajo en sí no duele, lo doloroso es el aparatoso e inevitable lío en el que sabes que te acabas de meter de la manera más tonta.
Mientras se ponía el reglamentario trocitín de papel higiénico, el Príncipe Azul lamentó haber participado en aquella absurda despedida de soltero. Había sido divertido, mucho, sin duda, había cantado hasta Mudito, pero ahora le dolía la cabeza a morir. No había sido buena idea, no. Quizás tampoco aquel rollo de la boda lo era...Pero para de darle vueltas a la cabeza, que ya te duele bastante. Deja de pensar, que te casas dentro de una hora y aún te tienes que poner el traje de gala.
Además, que ella es perfecta. Tan bella, tan dulce y tan Disney. Y él se había enfrentando a mil peligros por su amor. Sin duda, era la gran oportunidad de su vida, de esas que sólo se presentan una vez, y no a todo el mundo. No le des más vueltas, macho.
"Mierda bis", ya se había manchado la dichosa guerrera blanca de cafe solo. Se lo había dicho su padre, "primero desayunas y luego te vistes". Pero él, nada, cabezón. Tenía que haberse puesto el uniforme oscuro, aunque no quede tan bonito. En fin, era un poquito humillante, pero habría que llamar a la pesada del Hada Madrina, que era la única capaz de sacar ese tipo de manchas sin dejar cercos.
"Más mierda", ¿dónde está ésta? Vale que llegue tarde, pero es que ya es una hora. Bueno, por lo menos la guerrera ha quedado como nueva, que el Hada Madrina es una cotorra insufrible, pero para estas cosas tienes una mano...Anda, mi tío el Conde de Wassdolff. ¿Dónde está su mujer?...No, espera, que estos se divorciaron hace un año. Sí, cada vez más matrimonios se rompen. Espero que no nos pase a nosotros...¡No, que yo la amo! Sí, pero dicen que la convivencia es dura...Y nosotros tampoco hemos estado tanto de novios...¡Qué caramba, apenas lo que dura un cuento!...¿No me estaré precipitando? En fin, ahí llega. No hay escapatoria...Al menos, las perdices del banquete de bodas seguro que están exquisitas.
Mientras se ponía el reglamentario trocitín de papel higiénico, el Príncipe Azul lamentó haber participado en aquella absurda despedida de soltero. Había sido divertido, mucho, sin duda, había cantado hasta Mudito, pero ahora le dolía la cabeza a morir. No había sido buena idea, no. Quizás tampoco aquel rollo de la boda lo era...Pero para de darle vueltas a la cabeza, que ya te duele bastante. Deja de pensar, que te casas dentro de una hora y aún te tienes que poner el traje de gala.
Además, que ella es perfecta. Tan bella, tan dulce y tan Disney. Y él se había enfrentando a mil peligros por su amor. Sin duda, era la gran oportunidad de su vida, de esas que sólo se presentan una vez, y no a todo el mundo. No le des más vueltas, macho.
"Mierda bis", ya se había manchado la dichosa guerrera blanca de cafe solo. Se lo había dicho su padre, "primero desayunas y luego te vistes". Pero él, nada, cabezón. Tenía que haberse puesto el uniforme oscuro, aunque no quede tan bonito. En fin, era un poquito humillante, pero habría que llamar a la pesada del Hada Madrina, que era la única capaz de sacar ese tipo de manchas sin dejar cercos.
"Más mierda", ¿dónde está ésta? Vale que llegue tarde, pero es que ya es una hora. Bueno, por lo menos la guerrera ha quedado como nueva, que el Hada Madrina es una cotorra insufrible, pero para estas cosas tienes una mano...Anda, mi tío el Conde de Wassdolff. ¿Dónde está su mujer?...No, espera, que estos se divorciaron hace un año. Sí, cada vez más matrimonios se rompen. Espero que no nos pase a nosotros...¡No, que yo la amo! Sí, pero dicen que la convivencia es dura...Y nosotros tampoco hemos estado tanto de novios...¡Qué caramba, apenas lo que dura un cuento!...¿No me estaré precipitando? En fin, ahí llega. No hay escapatoria...Al menos, las perdices del banquete de bodas seguro que están exquisitas.
domingo, 31 de mayo de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: La Princesa del Psiquiátrico.
Los celadores le siguen la corriente, un tercio por pena, el otro por ternura, y el último porque, por increíble que resulte, esa chica tiene pinta de princesa.
"Algún día, bien prontito, mi príncipe vendrá a rescatarme de este castillo donde me tenéis prisionera", les dice -con voz dulce y una ilusión plena de seguridad-, mientras la pasean por el jardín de la residencia.
Resulta curioso, una chica normal cuya infinita capacidad de imaginar le quitó la razón y la libertad se ha transformado en la auténtica princesa de ese limbo medicado, frío y estático.
La niña que soñó con ser princesa, a su modo, ha hecho su anhelo realidad. No como ella habría deseado, claro, pero es que los sueños nunca son como uno había soñado.
"Algún día, bien prontito, mi príncipe vendrá a rescatarme de este castillo donde me tenéis prisionera", les dice -con voz dulce y una ilusión plena de seguridad-, mientras la pasean por el jardín de la residencia.
Resulta curioso, una chica normal cuya infinita capacidad de imaginar le quitó la razón y la libertad se ha transformado en la auténtica princesa de ese limbo medicado, frío y estático.
La niña que soñó con ser princesa, a su modo, ha hecho su anhelo realidad. No como ella habría deseado, claro, pero es que los sueños nunca son como uno había soñado.
domingo, 24 de mayo de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: La Princesita al Exilio.
La Princesita, mecida por el tracatrá del tren, miraba al infinito con la mente perdida. El momento de marchar al exilio, no por esperado e inevitable, estaba resultando menos duro. Además, no pensaba que iba a llegar tan pronto.
Volvió los ojos al interior del vagón. Allí estaban los reyes, su hada madrina, el malvado ogro, dos dragones y hasta un príncipe azul. Todos, con el mismo gesto confundido y triste de una ensalada sin aliñar.
Así es la vida de los personajes de los cuentos de hadas. Monarcas absolutos del corazón de los niños y las niñas hasta que los echan, porque hay que dejar espacio libre para los novietes, las primeras juergas y toda ese alocado lote llamado República de la Adolescencia.
Pero, de modo también inevitable, la Adolescencia -con su caos y sus contradicciones insostenibles- acaba desencadenando en una Guerra Civil personal. Guerra en la que siempre acaba ganando el severo General Madurez. Con él, llegará la Dictadura. La de recoger a Manolito de judo, los horarios laborales, la hipoteca y el no ser menos que el vecino del quinto.
Por fortuna, la Dictadura de la vida siempre termina. Y, al fin, al corazón de la persona llega la Libertad. Porque los hijos ya se fueron, porque se terminó de pagar la casa, porque (¡qué gran dicha!) uno se siente exento de tantas y tantas ataduras y gilipolleces. Sí, la Democracia siempre acaba triunfando en los corazones.
Lástima que tarde tanto.

(A Mónica y Beni, que tienen una hija en pleno 1931).
Volvió los ojos al interior del vagón. Allí estaban los reyes, su hada madrina, el malvado ogro, dos dragones y hasta un príncipe azul. Todos, con el mismo gesto confundido y triste de una ensalada sin aliñar.
Así es la vida de los personajes de los cuentos de hadas. Monarcas absolutos del corazón de los niños y las niñas hasta que los echan, porque hay que dejar espacio libre para los novietes, las primeras juergas y toda ese alocado lote llamado República de la Adolescencia.
Pero, de modo también inevitable, la Adolescencia -con su caos y sus contradicciones insostenibles- acaba desencadenando en una Guerra Civil personal. Guerra en la que siempre acaba ganando el severo General Madurez. Con él, llegará la Dictadura. La de recoger a Manolito de judo, los horarios laborales, la hipoteca y el no ser menos que el vecino del quinto.
Por fortuna, la Dictadura de la vida siempre termina. Y, al fin, al corazón de la persona llega la Libertad. Porque los hijos ya se fueron, porque se terminó de pagar la casa, porque (¡qué gran dicha!) uno se siente exento de tantas y tantas ataduras y gilipolleces. Sí, la Democracia siempre acaba triunfando en los corazones.
Lástima que tarde tanto.

(A Mónica y Beni, que tienen una hija en pleno 1931).
domingo, 17 de mayo de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: Julián, "el de los Mil Amos".
No hay buen cuento sin un hombre pobre, honrado y con la imperiosa necesidad de un milagro, aunque sea por lo "hadil".
Julián cumplía todos estos requisitos. Era más pobre que una cucaracha que pide limosna a la puerta de un bar para ratas pobres, más honrado que aquellos tan honrados que nunca presumen de lo honrados que son y, con una mujer y diez hijos que alimentar, ya se hacen ustedes una idea de la situación.
Sobra decir que su Hada Madrina le ofreció a Julián hacer un apaño y volverle más Rico que el Puerto. Al fin y al teniente, Julíán era pobre y honrado, con lo que daba el perfil.
Pero volvemos a lo de que Julián era muy honrado, así que aquello de ser rico habiendo tantos pobres, no le parecía de recibo. Así que su Hada Madrina tuvo que buscar una solución alternativa.
Como Julián quería ganarse cada moneda de cobre de manera honrada, le dio más oportunidades de hacerlo. Miles, de hecho.
Julián pasó de tener un amo a tener mil. Pasaba todo el día trabajando y, gracias a ello, sacaba suficientes jornales de miseria como para sumar un salario decente.
Julián se volvía loco, en especial cuando dos amos le daban órdenes contrapuestas. Pero es lo que tiene ser tan honrado. Que se duerme muy bien por la noche.
No tanto por lo de tener la conciencia tranquila como porque estás agotado por haberte dejado alma, corazón y cuernos para ganarte la vida.
Julián cumplía todos estos requisitos. Era más pobre que una cucaracha que pide limosna a la puerta de un bar para ratas pobres, más honrado que aquellos tan honrados que nunca presumen de lo honrados que son y, con una mujer y diez hijos que alimentar, ya se hacen ustedes una idea de la situación.
Sobra decir que su Hada Madrina le ofreció a Julián hacer un apaño y volverle más Rico que el Puerto. Al fin y al teniente, Julíán era pobre y honrado, con lo que daba el perfil.
Pero volvemos a lo de que Julián era muy honrado, así que aquello de ser rico habiendo tantos pobres, no le parecía de recibo. Así que su Hada Madrina tuvo que buscar una solución alternativa.
Como Julián quería ganarse cada moneda de cobre de manera honrada, le dio más oportunidades de hacerlo. Miles, de hecho.
Julián pasó de tener un amo a tener mil. Pasaba todo el día trabajando y, gracias a ello, sacaba suficientes jornales de miseria como para sumar un salario decente.
Julián se volvía loco, en especial cuando dos amos le daban órdenes contrapuestas. Pero es lo que tiene ser tan honrado. Que se duerme muy bien por la noche.
No tanto por lo de tener la conciencia tranquila como porque estás agotado por haberte dejado alma, corazón y cuernos para ganarte la vida.
domingo, 10 de mayo de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: El Centinela del Hechicero.
El Malvado Hechicero fue derrotado por la Bruja Buena un jueves a mediodía. Le despojaron de todos sus poderes y lo enviaron para siempre a la temible mazmorra de las ilusiones rotas, en lo más profundo y oscuro de la fortaleza de los Despertares Desesperados, una prisión de la que es prácticamente imposible escapar.
Vigilando al Malvado Hechicero, estaba siempre un joven centinela. Rudo, cruel, y que le daba al preso su pan duro y su agua caliente con desprecio y retraso.
Eso fue los primeros años. Luego, de tanto estar juntos, acabaron haciendo amistad. Y hasta se tuteaban.
-Oye, ¿cómo es que nunca te dan el relevo?
-¿Tan harto estás de mí?
-No, no te enfades. Es sólo curiosidad.
-Yo soy el mejor centinela del mundo. Nací para guardar celdas y mazmorras, y eso es lo que hago.
-Sí, pero también naciste para hacer otras muchas cosas.
-¡No seas absurdo! ¡Me han encomendado una misión y con gusto la cumplo!
-Tú, chaval, tú estás más preso que yo.
-No, no es cierto, aquí tengo una misión, soy útil. Aquí tengo comida cuando se me viene el hambre...
-¡Si se puede llamar a esto comida!
-¡Calla, no me interrumpas!...Y techo cuando llueve.
-Sí,-contesto melancólico el Malvado Hechicero-aquí no te mojas. Pero, ¿no has pensado en la cantidad de días de sol que te estás perdiendo?
Vigilando al Malvado Hechicero, estaba siempre un joven centinela. Rudo, cruel, y que le daba al preso su pan duro y su agua caliente con desprecio y retraso.
Eso fue los primeros años. Luego, de tanto estar juntos, acabaron haciendo amistad. Y hasta se tuteaban.
-Oye, ¿cómo es que nunca te dan el relevo?
-¿Tan harto estás de mí?
-No, no te enfades. Es sólo curiosidad.
-Yo soy el mejor centinela del mundo. Nací para guardar celdas y mazmorras, y eso es lo que hago.
-Sí, pero también naciste para hacer otras muchas cosas.
-¡No seas absurdo! ¡Me han encomendado una misión y con gusto la cumplo!
-Tú, chaval, tú estás más preso que yo.
-No, no es cierto, aquí tengo una misión, soy útil. Aquí tengo comida cuando se me viene el hambre...
-¡Si se puede llamar a esto comida!
-¡Calla, no me interrumpas!...Y techo cuando llueve.
-Sí,-contesto melancólico el Malvado Hechicero-aquí no te mojas. Pero, ¿no has pensado en la cantidad de días de sol que te estás perdiendo?
domingo, 3 de mayo de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: Príncipe y Mendigo (del Saber).
Las Hadas Madrinas se dedican a este tipo de cosas cuando se aburren porque nadie les pide deseos: cogieron al sabio más sabio de todos los sabios de los que se sabe, y al tonto más tonto de tantos. Y les intercambiaron los conocimientos durante un día.
Pasadas las 24 horas, devolvieron todo a su estado anterior. De inmediato, las dos personas objeto del experimento empezaron a llorar.
"¿Qué te pasa?", interrogaron al tonto más tonto de tantos. "Pues que echo mucho de menos saber todas las capitales, todos los ríos y todas las montañas del mundo; y poner llamar a cualquier bicho por su nombre o poder adivinar si mañana hará sol o no parará de llover...", contestó.
"Y tú, ¿a qué este llanto? ¡Has recuperado plenamente tu sabiduría!"
"Sí, pero añoro de veras lo feliz que he sido todas estas horas".
Pasadas las 24 horas, devolvieron todo a su estado anterior. De inmediato, las dos personas objeto del experimento empezaron a llorar.
"¿Qué te pasa?", interrogaron al tonto más tonto de tantos. "Pues que echo mucho de menos saber todas las capitales, todos los ríos y todas las montañas del mundo; y poner llamar a cualquier bicho por su nombre o poder adivinar si mañana hará sol o no parará de llover...", contestó.
"Y tú, ¿a qué este llanto? ¡Has recuperado plenamente tu sabiduría!"
"Sí, pero añoro de veras lo feliz que he sido todas estas horas".
domingo, 26 de abril de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: El Rey que Culpable se Sentía.
El Rey don Jaime era un monarca muy guerrero. Luchaba por su religión, por su país, por su honor, por su familia...Y, con tanto guerrear, pasaba más tiempo en lejanas tierras que al abrigo de su castillo.
De pequeña, la Princesita Blanca echaba mucho de menos a su papá. Por mucho que su mamá le explicara que las largas ausencias eran necesarias para garantizar el bienestar de todo el reino y de ellas mismas, las Princesita se pasaba horas y horas aplastando sus lágrimas contra sus almohadones de seda y lino.
El único que consuelo que tenía la pobre niña eran los regalos que su padre siempre le traía al regreso de la batalla: piedras preciosas, lujosos tejidos, e incluso un hada madrina de verdad que habían capturado en el asedio de Damasco.
Con los años, la Princesita Blanca cada vez se fue acostumbrando más a las ausencias de su padre, hasta que llegó un momento en que su principal preocupación no era si su papá volvería o no de la batalla, sino qué presentes tendría para ella.
Y entonces acaeció que la Princesita leyó en un libro que el diamante más bello del mundo se encontraba custodiado en una fortaleza de Constantinopla. Se encaprichó de la piedra y exigió a su padre que se encaminara con todo su ejército a tan remota ciudad para traérsela.
El Rey asumió de inmediato el reto, como el que acata una orden. (De hecho, el bufón de la corte se preguntó en voz alta quién mandaba realmente en aquel país, lo que le costó la cabeza).
La campaña fue larga, y la niña cada vez estaba más impaciente. Hasta que un día, los vigías anunciaron el retorno de las tropas reales. Ya no eran los miles de orgullosos caballeros que se pusieron en camino, sino un puñado de esqueletos andrajosos que se arrastraban por la llanura.
Al llegar a la puerta del castillo, donde le esperaban su familia y su pueblo, el Rey se adelantó. El más patético de sus patéticas huestes, se hincó de rodillas, presentó el diamante ante su hija, y cayó muerto. La Reina lo abrazó como a un bebé y rompió a llorar.
La Princesita Blanca contempló el brillante y puso un gesto de cierto decepción. "No es para tanto", dijo.
De pequeña, la Princesita Blanca echaba mucho de menos a su papá. Por mucho que su mamá le explicara que las largas ausencias eran necesarias para garantizar el bienestar de todo el reino y de ellas mismas, las Princesita se pasaba horas y horas aplastando sus lágrimas contra sus almohadones de seda y lino.
El único que consuelo que tenía la pobre niña eran los regalos que su padre siempre le traía al regreso de la batalla: piedras preciosas, lujosos tejidos, e incluso un hada madrina de verdad que habían capturado en el asedio de Damasco.
Con los años, la Princesita Blanca cada vez se fue acostumbrando más a las ausencias de su padre, hasta que llegó un momento en que su principal preocupación no era si su papá volvería o no de la batalla, sino qué presentes tendría para ella.
Y entonces acaeció que la Princesita leyó en un libro que el diamante más bello del mundo se encontraba custodiado en una fortaleza de Constantinopla. Se encaprichó de la piedra y exigió a su padre que se encaminara con todo su ejército a tan remota ciudad para traérsela.
El Rey asumió de inmediato el reto, como el que acata una orden. (De hecho, el bufón de la corte se preguntó en voz alta quién mandaba realmente en aquel país, lo que le costó la cabeza).
La campaña fue larga, y la niña cada vez estaba más impaciente. Hasta que un día, los vigías anunciaron el retorno de las tropas reales. Ya no eran los miles de orgullosos caballeros que se pusieron en camino, sino un puñado de esqueletos andrajosos que se arrastraban por la llanura.
Al llegar a la puerta del castillo, donde le esperaban su familia y su pueblo, el Rey se adelantó. El más patético de sus patéticas huestes, se hincó de rodillas, presentó el diamante ante su hija, y cayó muerto. La Reina lo abrazó como a un bebé y rompió a llorar.
La Princesita Blanca contempló el brillante y puso un gesto de cierto decepción. "No es para tanto", dijo.
domingo, 19 de abril de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: Siete Vidas que Siguieron.
-Alguien debería adecentar un poco todo esto.
-¿Para qué? ¡Sólo lo vemos nosotros!
-Pero a mí me gustaba más cuando estaba todo limpito y cada cosa en su sitio.
-¡Pues ordénalo tú mismo!
-¿Para qué? Para el día siguiente ya estaría igual.
-Mira, lo que tu realmente echas tu de menos es...
-¡Calla!
-Lo que todos echamos de menos, aunque algunos no queráis admitirlo.
-¡No se lo merece! Nunca volvió visitarnos y hace meses que no escribe.
-Seguro que está muy ocupada.
-Sí, las princesas tienen muchas obligaciones.
-¡Pues como cumpla todas como esta...!
-Sí, su deber era venir a vernos.
-Nos lo prometió.
-Desengañaos, se ha olvidado de nosotros.
-¡Gruñón, te voy a calzar una...!
-¡Quietos los dos! ¡Venga, vamos a la mina! ¡Estoy harto de tener todos los días este estúpido numerito!
-¿Para qué? ¡Sólo lo vemos nosotros!
-Pero a mí me gustaba más cuando estaba todo limpito y cada cosa en su sitio.
-¡Pues ordénalo tú mismo!
-¿Para qué? Para el día siguiente ya estaría igual.
-Mira, lo que tu realmente echas tu de menos es...
-¡Calla!
-Lo que todos echamos de menos, aunque algunos no queráis admitirlo.
-¡No se lo merece! Nunca volvió visitarnos y hace meses que no escribe.
-Seguro que está muy ocupada.
-Sí, las princesas tienen muchas obligaciones.
-¡Pues como cumpla todas como esta...!
-Sí, su deber era venir a vernos.
-Nos lo prometió.
-Desengañaos, se ha olvidado de nosotros.
-¡Gruñón, te voy a calzar una...!
-¡Quietos los dos! ¡Venga, vamos a la mina! ¡Estoy harto de tener todos los días este estúpido numerito!
domingo, 12 de abril de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: El Deseo Equivocado.
En cuclillas, con los dedos enguantados y entrecruzados, David contemplaba aburrido el desarrollo del juego. Jamás pensó que el deporte que tanto le divertía se hubiera vuelto eso: un aburrimiento. Gol...Otro más...No sabía qué había perdido antes, si la cuenta de los que iban o las ganas de celebrarlos.
Se levantó y empezó a dar vueltas por el área con la manos cruzadas detrás de la espalda. Miro a su propia portería. Ni un maldito fotógrafo. ¿Para qué, si allí nunca pasaba nada? ¡Con la dichosa presión, el contrario no llegaba ni a su propio centro del campo, y los pelotazos siempre se los llevaban sus defensas!
Por enésima vez, David lamentó que su hada madrina le concediera un deseo por haber sido tan bueno toda su vida. Bueno, de lo que realmente se arrepentía era del deseo en sí. ¡Jugar en el equipo de fútbol perfecto!
Mala petición, si uno está bajo los palos. El correcto es ser un gran portero jugando en un gran equipo.
No se gana nada siempre, pero, como David confirmará, hasta de los trofeos se aburre uno. No se gana siempre, ya digo, pero se lo pasa uno de maravilla.
Se levantó y empezó a dar vueltas por el área con la manos cruzadas detrás de la espalda. Miro a su propia portería. Ni un maldito fotógrafo. ¿Para qué, si allí nunca pasaba nada? ¡Con la dichosa presión, el contrario no llegaba ni a su propio centro del campo, y los pelotazos siempre se los llevaban sus defensas!
Por enésima vez, David lamentó que su hada madrina le concediera un deseo por haber sido tan bueno toda su vida. Bueno, de lo que realmente se arrepentía era del deseo en sí. ¡Jugar en el equipo de fútbol perfecto!
Mala petición, si uno está bajo los palos. El correcto es ser un gran portero jugando en un gran equipo.
No se gana nada siempre, pero, como David confirmará, hasta de los trofeos se aburre uno. No se gana siempre, ya digo, pero se lo pasa uno de maravilla.
domingo, 5 de abril de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: Las Boñigas del Dragón.
La Guarida del Dragón más parecía un osario, el de los restos de todos aquellos que había intentando anteriormente matar a la Bestia sin éxito. Los sentía crujir bajo sus pies. ¿Sería él diferente? La duda le hizo temblar de miedo, pero no permitió que aquello durara más de un escalofrío. El terror era un lujo que no se podía permitir en aquel momento. Agarró la empuñadura de su espada con aún más fuerza y se concentró para no apartar sus ojos de los del Dragón. Desafiantes, despectivos...los suyos y los de la Bestia. La primera batalla se estaba librando aún antes de empezar la lucha.
Pensó en su pueblo. En la fe que habían demostrado en él, en el odio que le tenían al Dragón, recordó los aplausos de los hombres y las lágrimas de las mujeres al verle partir. Sí, no les podía fallar. Él sería su libertador. Él aniquilaría al origen de tanta muerte y destrucción...
La cabeza del Dragón pesaba más de lo que el había calculado, pero le daba igual. Los vítores de su gente lo llevaban en volandas al palacio del Rey, donde iba a entregar la prueba de que, por fin, eran libres de tanto mal. El Dragón ya no se llevaría más vidas inocentes.
En el salón de trono, el Rey en persona lo recibiría en audiencia privada. Mientras lo conducían hacía allí, ensayó por enésima vez un cursi discurso con el que presentaría la cabeza del Dragón ante el Soberano.
-¡Mi Señor, aquí os presento la testa sin vida de...!
El Rey levantó la mirada del suelo y se la clavó en los ojos. Era más fría, más temible y más iracunda que la del Dragón. Esta vez, sí se permitió el lujo de temer.
-¡Imbécil! ¿Qué has hecho?
Se quedó mudo.
-¡Yo te lo diré, bastardo! ¡No has arruinado a todos!
Se quedó incluso más mudo.
-¿Te fijaste bien en lo que había en la guarida?
-Mi Señor...los restos de aquellos valientes que...
-¡Aparte de esqueletos! ¿Qué más había?
-Mi Señor...
-¡Cacas, mierdas, boñigas del Dragón! ¿Y sabes lo que hay dentro de ellas? ¡Oro, el maldito oro que la mantiene la economía de este Reino! ¿De qué vamos ahora a vivir ahora? Mi acuerdo con el Dragón era ese, le surtíamos de carne humana, y él, a cambio, nos regalaba su mierda. Pero, por tu maldita culpa, desde este momento somos pobres...Sí, hijo, yo tenía que hacer como que odiaba al cruel y despiadado asesino -¿qué habrían pensado mis súbditos de mí si no lo hubiera hecho?- pero resulta que me era absolutamente necesario.
Pensó en su pueblo. En la fe que habían demostrado en él, en el odio que le tenían al Dragón, recordó los aplausos de los hombres y las lágrimas de las mujeres al verle partir. Sí, no les podía fallar. Él sería su libertador. Él aniquilaría al origen de tanta muerte y destrucción...
La cabeza del Dragón pesaba más de lo que el había calculado, pero le daba igual. Los vítores de su gente lo llevaban en volandas al palacio del Rey, donde iba a entregar la prueba de que, por fin, eran libres de tanto mal. El Dragón ya no se llevaría más vidas inocentes.
En el salón de trono, el Rey en persona lo recibiría en audiencia privada. Mientras lo conducían hacía allí, ensayó por enésima vez un cursi discurso con el que presentaría la cabeza del Dragón ante el Soberano.
-¡Mi Señor, aquí os presento la testa sin vida de...!
El Rey levantó la mirada del suelo y se la clavó en los ojos. Era más fría, más temible y más iracunda que la del Dragón. Esta vez, sí se permitió el lujo de temer.
-¡Imbécil! ¿Qué has hecho?
Se quedó mudo.
-¡Yo te lo diré, bastardo! ¡No has arruinado a todos!
Se quedó incluso más mudo.
-¿Te fijaste bien en lo que había en la guarida?
-Mi Señor...los restos de aquellos valientes que...
-¡Aparte de esqueletos! ¿Qué más había?
-Mi Señor...
-¡Cacas, mierdas, boñigas del Dragón! ¿Y sabes lo que hay dentro de ellas? ¡Oro, el maldito oro que la mantiene la economía de este Reino! ¿De qué vamos ahora a vivir ahora? Mi acuerdo con el Dragón era ese, le surtíamos de carne humana, y él, a cambio, nos regalaba su mierda. Pero, por tu maldita culpa, desde este momento somos pobres...Sí, hijo, yo tenía que hacer como que odiaba al cruel y despiadado asesino -¿qué habrían pensado mis súbditos de mí si no lo hubiera hecho?- pero resulta que me era absolutamente necesario.
domingo, 29 de marzo de 2009
Cuentos de Hadas que Terminan Regular: El Rey que Quería Roncar.
-¿Es que toda esa gente no tiene nada mejor que hacer un domingo por la mañana? Ir a dar un paseo al parque, coleccionar sellos...o, simplemente, quedarse durmiendo hasta tarde.
La primera de aquellas manifestaciones republicanas y dominicales ante palacio le causó cierta gracia al Rey, pero las siguientes le fueron irritando cada vez más. No le dejaban dormir con tanto grito megafonado, tanta charanga-protesta y tanto silbato.
-¡Democracia! ¡Tener que andar cada cuatro años simulando que te importan un pimiento porque si no luego no te votan! ¡Están locos! Además, ¿cómo diablos es posible que esa gente quiera decidir quién les debe gobernar, cuando ni siquiera son capaces de obrar con sabiduría a la hora de pasar una mañana de domingo? ¡Con lo bien que se está en la camita!
El Primer Ministro de aquel reino se limitaba a asentir con gesto serio, que es la misión de los primeros ministros de los reyes absolutistas, aunque sean de cuentos de hadas.
-¡Bueno, aconséjame, que para eso estás!-increpó el Rey a su segundo.
-Si lo que os molesta, mi señor, es que os despierten los domingos por la mañana, promulgad una ley que prohiba madrugar, a no ser que sea para trabajar.
-¿Puedo hace eso?
-Claro, mi señor, sois un rey absolutista, aunque sea de cuento de hadas.
La Ordenanza Real contra los Madrugones Ociosos entró en vigor ese mismo lunes, y se creo un cuerpo especial encargado de asegurar que se cumpliera a rajatabla.
La popularidad del Rey se multiplicó y el movimiento republicano resultó herido de muerte.
"¡Hay que fastidiarse lo fácil que es esta gente de contentar!", dicen que dijo el Primer Ministro con una sonrisa divertida y perpleja a partes iguales.
La primera de aquellas manifestaciones republicanas y dominicales ante palacio le causó cierta gracia al Rey, pero las siguientes le fueron irritando cada vez más. No le dejaban dormir con tanto grito megafonado, tanta charanga-protesta y tanto silbato.
-¡Democracia! ¡Tener que andar cada cuatro años simulando que te importan un pimiento porque si no luego no te votan! ¡Están locos! Además, ¿cómo diablos es posible que esa gente quiera decidir quién les debe gobernar, cuando ni siquiera son capaces de obrar con sabiduría a la hora de pasar una mañana de domingo? ¡Con lo bien que se está en la camita!
El Primer Ministro de aquel reino se limitaba a asentir con gesto serio, que es la misión de los primeros ministros de los reyes absolutistas, aunque sean de cuentos de hadas.
-¡Bueno, aconséjame, que para eso estás!-increpó el Rey a su segundo.
-Si lo que os molesta, mi señor, es que os despierten los domingos por la mañana, promulgad una ley que prohiba madrugar, a no ser que sea para trabajar.
-¿Puedo hace eso?
-Claro, mi señor, sois un rey absolutista, aunque sea de cuento de hadas.
La Ordenanza Real contra los Madrugones Ociosos entró en vigor ese mismo lunes, y se creo un cuerpo especial encargado de asegurar que se cumpliera a rajatabla.
La popularidad del Rey se multiplicó y el movimiento republicano resultó herido de muerte.
"¡Hay que fastidiarse lo fácil que es esta gente de contentar!", dicen que dijo el Primer Ministro con una sonrisa divertida y perpleja a partes iguales.
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