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lunes, 30 de abril de 2018

Un Testamento en la Servilleta de Papel de un Bar (y 6).

"Ahora, que no mira el camarero...", dijo él, sin terminar de comprender el sentido de tanto misterio para tirar al suelo de bar de barrio una pizca de porquería.

Ella sacó discretamente un tubito de plástico de su bolso y rápidamente vertió las cenizas que contenía en el suelo, junto a las servilletas usadas y los huesos de aceituna. Hecha la discreta ceremonia, la pareja pagó sus cañas y salió sin despedirse del establecimiento.

-Él lo habría querido así, era su bar favorito.

-Además, con lo guarros que son, seguro que las cenizas de los poemas pasarán años en ese suelo. Yo creo que incluso es probable que se hayan quedado pegadas a la roña para siempre.

Ella no celebró la gracieta con la sonrisa de cortesía de rigor. El asunto que llevaba dos días dándole vueltas por la cabeza seguía negándose a salir. Hizo la misma pregunta por enésima vez, y él le volvió a contestar la misma verdad.

-¿Seguro que no les hiciste una foto, cariño?

-Que no, que no...¡Si hasta te he dejado que me revises el móvil y todo!

-Ya...¿Y no las tendrás en una tarjeta para darme una sorpresa?

-¡Que nooo!Hazte a la idea de que esos poemas se han quedado entra la mierda de ese bar para siempre.

-Ya...¡Qué rabia y qué pena, joder! ¡Qué puta manía la mía de ser una gilipollas sentimental!

El tanatopractor reforzó su abrazo y le pegó un buen besazo en la mejilla. No podía hacer otra cosa.

A un par de kilómetros de allí, "Ferco" Díaz extraía el pincho con los archivos que acababa de escanear y cerraba el ordenador. Cierto que el cambiazo que había pegado a última hora había estado muy feo -de hecho, era una traición a un amigo en toda regla-, pero, después de todo, el poeta siempre se había confesado más trilero que cantante. "Sí," -pensó "Ferco" dándole un beso al pen-drive- "en el fondo él lo habría querido así". Salió sonriente por el portal: hacía sol y se iba a sacar una buena pasta con aquel asunto. Miró de reojo la hora en su teléfono móvil. 13:21. El momento ideal para tomar el aperitivo.

Exactamente cuatro minutos después, un mensaje llegaba al buzón de correo electrónico de los millones de abonados a la lista oficial de distribución del poeta. Un mensaje programado por él en persona para que se enviara precisamente en ese momento. Lo había hecho desde su teléfono móvil, en el hospital. "Hasta siempre, les dejo un regalito de despedida", rezaba el asunto. Ahí estaban todos y cada uno de aquellos poemas. "Que les vaya bien, amigos míos, y un abrazo muy fuerte y muy para siempre. Y a ti, 'Ferco' -pedazo de mamón pesetero-, sé que te he jodido el negocio. Ya sabes que te debía una y, por una vez en mi vida, no me quería ir sin pagar".

Se confirmaba que lo del traje había la penúltima broma del juglar. El autoproclamado tahúr de los besos y los copazos había vuelto a ganar, incluso jugando desde el otro mundo.

lunes, 23 de abril de 2018

Un Testamento en la Servilleta de Papel de un Bar (5).

"Las he mangado para ti. Pensé que te haría ilusión tenerlas".

El tanatopractor ya había pronunciado la dichosa frase por lo menos cinco veces -con ligeros matices-, pero a su pareja parecía darle igual. Ella se limitaba a juguetear con las servilletitas de papel, muda, observándolas como quien contempla un enigma que teme descifrar.

"No las he leído, porque me figuré que te gustaría ser la primera".

Eso también lo había dicho dos o tres veces, pero ella seguía sin reaccionar. El tanatopractor se rindió: se encogió de hombros y se puso en pie.

"Bueno, tú misma. Voy a la cocina, que tengo hambre. ¿Quieres que te traiga algo?"

De nuevo, la callada por respuesta. ¿Quién podía entender a aquella chica? Se jugaba el puesto de trabajo para darle el capricho de su vida y ella como si nada.

Volvió de su incursión a la nevera con una sándwich prefabricado en una mano y una lata de cerveza en el otra. Su chica, todavía sin abrir el pico, había depositado las servilletas hechas una pelota en el cenicero ese tan grande y tan feo que las había traído su amigo Alberto de Canarias (el cenicero, Alberto era de Malasaña) y -con el gesto frío de los verdugos medievales- sacó un encendedor y, no sin mimo, prendió fuego al gurruño.

"¿Un mechero? ¿Has vuelto a fumar, amor?"

Ella, todavía muda, contemplaba al pequeña pira funeraria como si fuera la del más sagrado de los valerosos héroes vikingos.

Él, sin romper el silencio, enchufó el aparato reproductor de música y seleccionó la canción precisa para aquel momento, la única que, de todas las compuestas durante la historia de la Humanidad, podía sonar legítimamente mientras ardían aquellos poemas.

Ella, al escuchar los primeros acordes, levantó la mirada del mini-incendio y le sonrió con lágrimas en los ojos.

domingo, 15 de abril de 2018

Un Testamento en la Servilleta de Papel de un Bar (4).

Aquello que había hecho estaba muy, muy feo. De hecho, si le hubieran pillado, le podría haber costado hasta el trabajo. Para ahora, eso ya era imposible. El Trovador de los Castillos de Naipes Marcados (por cierto, para el del gusto tanatopractor, su peor disco de lejos) ya no era más que un puñado de cenizas. Algún gracioso había dicho que, en lugar de dentro de una urna, le tenían que haber puesto en un cenicero. Otro chiste tonto y muy previsible.

Acarició las servilletas en sus manos. Le sudaban de los nerviosos y la emoción. ¡A ver si al final las va a estropear! Había sentido la tentación de leer lo que ahí había escrito, pero había decidido que su chica fuera la primera en hacerlo. ¡Si hasta iba a resultar que era un sentimental y todo!

Las guardó cuidadosamente en un bolsillo de su abrigo. Era lo mejor. ¿Por qué no se había limitado a hacer una foto de los poemas? Seguramente, porque pensaba que aquello no sería lo mismo, que a su chica le haría ilusión tener los originales, de su puño y letra. Aunque, conociéndola, seguro que los donaba a algún museo o algo.

Pero, por otro lado, la voluntad del poeta era que murieran con él. ¿Qué derecho tenía ella, o él, o los dos, a hacer eso? Entonces, se acordó del tío aquel del que le habló don Amadeo -el de Latín-, del romano, se llamaba Virginio, o Virgilio o algo así. El que había pedido que destruyeran un libro muy importante (¿cómo se llamaba? Era parecido a La Iliada) a su muerte y no le habían hecho caso. Sí, había precedentes. Lo sabía. ¡Para que luego digan que ir al cole no vale para nada!

Todavía quedaban un par de paradas de Metro. Miro nervioso a su alrededor. ¿Cuántas de aquellas personas se podrían imaginar la maravilla literaria que atesoraba en el bolsillo interior de su abrigo de mercadillo? ¿Cuántas desearían ardientemente que compartiera en voz alta los maravillosos versos con ellos? Ninguna, seguramente. A esas horas, en un vagón del suburbano nadie tiene ni tiempo, ni ánimo ni mente para la Literatura.

lunes, 9 de abril de 2018

Un Testamento en la Servilleta de Papel de un Bar (3).

La discreción es la primera regla de oro del arte y oficio de la tanatopraxia: ver, maquillar y callar. Pero toda regla debería tener sus excepciones, y aquello se merecía una.

-¿Le ha metido unas servilletas de bar en el bolsillo de dentro de la chaqueta?

"Ferco" Díaz se giró con una sonrisa en la boca.

-Cuando te ha picado la curiosidad no te estorbo tanto, ¿eh?

Al tanatopractor se le pusieron los mofletes más rojos que a cualquiera de sus clientes.

-Perdón, yo no suelo ser tan cotilla...

-¡Tranquilo, coño! Pues mira, en las servilletas van unos poemillas que escribió en sus últimos días. Me pidió arder con ellos. Esa fue su última voluntad. Creo que por eso escogió este traje. Parece ser que es un tejido que es inflamable de cojones. Aunque, con la cantidad de alcohol que debe de tener en el cuerpo, iba a arder de puta madre de todos modos. El chiste es muy típico, pero comprende que tenía que hacerlo.

El tanatopractor asintió. Él también había soltado la misma gracia en presencia de su pareja, incluso a sabiendas de que le iba a costar pernoctar en el sofá.

-Seguro que a mi novia le van a encantar esos poemas. En cuanto los publiquen, ya estoy en la cola para comprar el libro.

-Eso es lo gracioso, amiguete. No hay copia. Arden con él para siempre.

-¿Cómo que no hay copia?

-Voluntad del señor poeta. Desaparecen para siempre con él.

El tanatopractor se quedó con la boca abierta, bloqueado. Sinceramente, había dado por sentado que toda la maquinaria que se había hecho de oro a costa del poeta no desaprovecharía la lucrativa oportunidad de sacar una edición definitiva de sus obras. En otras palabras, obligar a su legión de incondicionales a pagar una pasta por un libro que era casi una copia de otro anterior, con sólo un puñado de poemas como única novedad.

Tan impresionado estaba el tanatopractor, que no se percató de que "Ferco" Díaz se había marchado.

sábado, 31 de marzo de 2018

Un Testamento en la Servilleta de Papel de un Bar (2).

Le había visto miles de veces por la tele, y una docena y pico en directo (aunque nunca muy de cerca, que jamás tuvo ni la paciencia ni el dinero para estar al pie del escenario) y sabía de sobra que el tío era tirando a más bien feo, pero no esperaba que fuera tan espantoso. Igual la muerte tenía algo que ver. Sí, todos los finados se quedan hechos un asquito. En realidad, eso era lo que a él le daba trabajo.

Pero incluso le llamó más la atención lo del traje. Era la primera vez que le veía tan formal. De hecho, le costaba creer que un tipo como aquel tuviera en su armario algo que no fueran dos camisetas viejas, una camisa de mercadillo y un par de vaqueros raídos. Puede que también algún que otro calzoncillo y una pareja de calcetines (mejor no pensar en qué estado).

Inspeccionó el tejido de la chaqueta con la mano. Eso estaba nuevecito, con toda la pinta de que fuera la primera puesta. No pudo evitar sonreír. ¡La cara que iba a poner la gente cuando le viera así! Sin duda, era la última -o penúltima- broma del bufón de las barras del arrabal y los bancos del parque (como él mismo se había definido).

-Genio y figura hasta la sepultura, nunca mejor dicho. Lo fui a comprar con él cuando la cosa se empezó a poner fea de verdad, y lo tenía guardado para estrenar este día.

El tanatopractor se giró, no sin una pizquita de alarma. Cuando algún famoso era el cliente de turno, había que estar atento para proteger su intimidad en un momento tan delicado de periodistas, curiosos y gente morbosa en general.

-Perdón, pero aquí no se puede estar.

-Tranquilo, hombre, que soy de la casa. Deja que me presente: "Ferco" Díaz, representante, amigo y confidente del finado.

El tanatopractor estrechó la mano del recién llegado con la duda tatuada en el ceño.

-¡Joder!, ¿no me crees? Mira, coño -protesto Díaz, al tiempo que sacaba su teléfono móvil para mostrar múltiples pruebas fotográficas de que decía la verdad.

-Bueno, bueno, pero le agradecería que se fuera, que este trabajo precisa de silencio y mucha concentración.

-¡Joder!, no te pongas así. Hago una cosilla que tengo que hacer y ya me voy.

domingo, 25 de marzo de 2018

Un Testamento en la Servilleta de Papel de un Bar (1).

-Tengo pésimas y buenas noticias -dijo él con el tintineo de las llaves de casa al caer en el plato de fondo.

-Unas ya las conozco; las otras, me las figuro -respondió ella con los ojos llorosos.

-Lo siento mucho, cariño -le consoló él con un besito en la mejilla de guarnición.

-Lo sé...¿Ya le han llevado?

-Mañana a primera hora.

-¡Déjale bien guapo, ¿vale?! -sollozó ella.

-Descuida. Haré lo que pueda.

-¡Aunque era feo de cojones!

Para intentar conjurar esas lágrimas ya hacia falta un abrazo.

-¡Voy a echar tanto de menos sus conciertos!

-Yo, en cambio, no le guardo rencor por ellos.

(Obviamente, su primera cita -y la séptima, y la décima, y la...- habían sido allí).

-¿Quieres cenar? Hay pizza fría en la nevera.

-¡Salgamos, a ver si así te animas un poco!

-No, en noches como ésta, es obligatorio cenar fría pizza de la nevera.

-Sí, tienes razón.

-Tú te puedes calentar la tuya en el micro, que no eras tan fan como yo.

El poeta urbano de la voz rasgada, el portavoz de dos generaciones (puede que de tres), el juglar de las tascas y los burdeles se había marchado para siempre de este mundo, y su legión de seguidores lloraba por él.

Pero ella tenía la ventaja de que su chico era el tanatopractor que iba a adecentar al cantante para el velatorio.

sábado, 17 de marzo de 2018

El Hombre que le Empató a la Muerte (y 7).

Había llegado a ser el número siete, pero en el momento de su muerte se tenía que conformar con el puesto número doce en la lista de las personas más ricas del mundo. En realidad, le daba igual ser el doce o el doscientos. Había averiguado hacía mucho tiempo que el dinero no da la felicidad de que las personas no se vayan de tu vida. Como mucho, permite comprar prórrogas, pero al final la Parca siempre llama al timbre. Por eso había decidido que él no le daría la satisfacción de que se lo llevara entre un mar de lágrimas.

Se había encerrado en sí mismo, había renunciado voluntariamente a las relaciones humanas más allá de los puramente comercial. Había decidido vivir en soledad para poder morir solo y en paz. Por eso, cuando el final fue inexorable, se había alejado definitivamente de todo y de todos, para ir a morir a una ciudad discreta y lejana donde él sería un completo desconocido.

"José Fierro Díez, uno de los hombres más ricos, discretos y misteriosos del mundo, ha fallecido hoy a la edad de 93 años, según confirman desde el departamento de prensa de su imperio empresarial. No tenía hijos ni familiares directos, y toda su fortuna ha sido donada a diversas causas benéficas".

El hombre de negro y caro cerró el periódico. Correcto. Una breve noticia era lo que el señor Fierro había deseado y lo que había tenido. El propio hombre de negro y caro se había encargado de enviar la nota de prensa a los medios. También había gestionado las donaciones. Ese dinero haría mucho bien.

Al día siguiente, el hombre de negro y caro fue a visitar el cementerio. Llevaba unas flores en la mano. Aquello no era parte del contrato, lo hacía gratis, como un bonus de cortesía. De camino al columbario, se percató de que realmente lo estaba haciendo porque quería, porque sentía la necesidad de hacerlo. Porque con todo aquello, y con todo el dinero que había donado a causas justas, le había cogido cariño al señor Fierro.

De inmediato giró sobre sus talones y, tras tirar las flores en la primera papelera que vio, se volvió por donde había venido. La última voluntad del señor Fierro era que nadie le llorara en su tumba y era responsabilidad del hombre de negro y caro que se respetara hasta el final.

Era la única manera de que su cumpliera su máximo deseo de empatarle a la muerte.  

domingo, 11 de marzo de 2018

El Hombre que le Empató a la Muerte (6).

El hombre de negro y caro cruzó la puerta de la iglesia sin hacer ruido alguno. Aunque, por otro lado, daba igual: en aquella mediana, moderna y gris iglesia del extrarradio apenas había cinco personas y todas sufrían diferentes niveles de sordera severa, desde el triple "¿me lo repite usted, por favor?" hasta el como un tapia.

El párroco hizo acto de presencia. Él tampoco era ningún crío -calvo, huesudo y con gafas- pero todavía le quedaban un buen puñado de homilías en la recámara y ni se había planteado colgar la estola. Los feligreses que todavía podían se pusieron en pie y lo recibieron con un canto. En otro época, no debían de haber entonado del todo mal, pero la sordera transformaba a aquel pequeño quinteto de parroquia en un espectáculo absolutamente atroz a los oídos.

-Dedicamos esta Eucaristía en memoria nuestro hermano José Fierro Díez y por el eterno descanso de su alma -indicó el sacerdote, sin muchas expectativas de que sus feligreses se percataran de aquella mínima novedad dentro del programa habitual.

No se volvió a nombrar a Fierro en todo el servicio. Terminado, el hombre de negro y caro se acercó al párroco para darle las gracias en nombre de su cliente.

-Ya le dije que un martes a las 8 de la mañana no iba a haber prácticamente nadie.

-Eso era precisamente lo que se quería.

-Y para colmo, que ese pobre señor no tuviera a nadie en este mundo. Resulta triste.

-¿No se supone que los funerales tienen que resultar tristes?

El hombre de negro y caro no se quedó a esperar la reacción del sacerdote a su arrebato de ingenio. Desapareció por donde había venido con su sigilo habitual.

sábado, 3 de marzo de 2018

El Hombre que le Empató a la Muerte (5).

De nuevo las nueve, de nuevo el hombre de negro y caro.

-Vengo a por los restos del señor Fierro.

-Sí, le esperaba, aquí están...Esto va a un columbario, ¿verdad?

-Exacto. F5-12A -recitó el hombre de negro y caro de memoria.

El empleado tuvo que revisar el formulario.

-Cooorrecto -dijo alargando la o más de lo razonable, como tan a menudo hacen algunos -. ¿Se espera a mucha gente más para la ceremonia?

-A nadie. Vámonos.

-¿Cómo a nadie? ¿El hombre este no tenía...no sé...a un primo, a un amigo de la oficina?

-Vámonos.

El empleado se encogió de brazos y se puso en marcha. El trayecto era relativamente corto, aunque la lluvia le añadió un puñado de metros.

-Ésta es.

-Muy bien, proceda.

-¿No desea despedirse...o algo?

-No, proceda a sellarlo.

-Claro, claro, como desee.

En ese preciso instante un ser canijo y huesudo surgió de las cloacas de ninguna parte y asaltó al hombre de negro y caro con una tarjeta de visita en la mano.

-Perdone, señor, buenos días. Familiar del finado, supongo. Le acompaño en el sentimiento. Permítame que me presente, soy Ladislao Gómez, artista marmolista de Marmolismos Ladisgo y, en cuanto me dé usted su visto bueno, le tallo el nombre de su ser querido a un precio más que razonable.

El hombre de negro y caro le ignoró completamente. El empleado del cementerio, en cambio, le recriminó de mirada y palabra.

-¡Ladislao, cojones, que te he dicho que dejes a la gente en paz! ¡Pon las tarjetas en recepción y que ellos decidan!

El hombre de negro y caro pensó que, evidentemente, había llegado el momento de que el empleado y Ladisgo renegociarán los porcentajes de comisión que caían por cada trabajito.

lunes, 26 de febrero de 2018

El Hombre que le Empató a la Muerte (4).

El capellán entró en escena. Traía un no disimulado aire de funcionario de la fe, parecía que era el único que no estaba al tanto de la importancia y los antecedentes del asunto.

-¿Es usted el hijo del difunto?

-Representante legal.

-Ah...¿Va a tardar mucho el cortejo de duelo? Es que tenemos una mañana un poco apretada...

-No hay resto del cortejo de duelo, padre -disparó el hombre de negro y caro.

-¿Nadie más? Pero este pobre hombre tendría familia, amigos... -preguntó el sacerdote, preocupado e intrigado a partes iguales.

-Me temo que no. Puede comenzar con el responso antes de la cremación. Algo sencillo, por favor.

-Muy bien.

El capellán se situó junto al feretro y -rutinario en el fervor- empezó a recitar la oración.

(-Como se entere el Papá del pasotismo del cura, lo excomulga) -susurró un empleado a otro. Éste apenas pudo contener la carcajada.

-Amén -zanjó el capellán al tiempo que empezaba a cerrar la cortinilla que ocultaría el breve trayecto del ataúd al horno.

-Amén -contestaron todos los presentes con firmeza. La voz del hombre de negro y caro sobresalió. Él era todo un profesional hasta para eso.

Era costumbre del capellán acercarse en ese momento tan triste a las familiares más cercanos para ofrecerles sus palabras de consuelo (siempre las mismas) antes de despedirse, pero, dadas las circunstancias, dudó un instante e hizo mutis por el foro sin decir ni pío.

-Bueno, pues esto ya está -indicó el responsable de la funeraria.

-¿Cuándo puedo pasar a recoger las cenizas? -interrogó el hombre de negro y caro.

-Mañana a las nueve. Aquí mismo, si a usted le parece bien.

-Perfecto. Aquí estaré.

lunes, 19 de febrero de 2018

El Hombre que le Empató a la Muerte (3).

Volvían a sonar las nueve en punto en la radio de la cafetería cuando el hombre de negro y caro hizo de nuevo su entrada triunfal en el pasillo del piso bajo del tanatorio central. Esta vez tan sólo le esperaba un empleado del tanatorio. El hombre de negro y caro había firmado ciertos papeles, y eso tranquilizó muchísimo el ambiente.

-Todo listo, espero.

-El coche de duelo le está esperando en el aparcamiento. Viene usted solo, ¿verdad?

-Exacto. Según lo previsto.

El empleado del tanatorio puso una cierta mueca de sorpresa. Aquello no era normal, pero el cliente -el vivo y el muerte- siempre tiene la razón.

-Muy bien, acompáñeme.

La extraña pareja tomó el ascensor hasta el sótano uno. Allí les esperaban el coche fúnebre y el gama alta de rigor para los familiares. Los dos chóferes se descubrieron para saludar gorra de plato en mano al hombre de negro y caro. Se había filtrado que aquel no era un tipo cualquiera.

-Cuando usted nos diga.

-Vámonos.

La breve comitiva recorrió el trayecto al cementerio a una velocidad inusualmente lenta para este tipo de trayectos. Los chóferes no querían correr riesgos. En efecto, la filtración incluía que el puesto de trabajo podría peligrar si se pasaban de listos. Llegaron al crematorio del cementerio. Nadie esperaba allí, salvo los empleados que se harían cargo del transporte del féretro. Estaban firmes, con el uniforme bien limpito y el pelo recién peinado, como reclutas en revista. Allí también había llegado la noticia de que el finado aquel no era un finado cualquiera.

Como la célebre vaca lechera.

lunes, 12 de febrero de 2018

El Hombre que le Empató a la Muerte (2).

Sonaban las nueve en punto en la radio de la cafetería cuando el hombre de negro y caro hizo su entrada triunfal en el pasillo del piso bajo del tanatorio central, con una caja de tamaño medio bajo el brazo. El señor Olavide en persona (acompañado del abogado de la empresa) le esperaba al pie de la sala 1. Carrascosa también estaba presente. El director del tanatorio completaba la comisión de bienvenida.

El hombre de negro y caro saludó frío y entró en la sala sin esperar a los otros. Apenas habían tenido tiempo de entrar cuando el hombre de negro y caro ya salía.

-Hay que depositar esta caja sobre el pecho del señor Fierro.

-¿Una caja? -se sorprendió el director del tanatorio.

-Fue voluntad expresa del señor Fierro ser incinerado junto a ella.

-Y, ¿qué contiene?

El señor de negro y caro afiló con la mirada y clavó la frase.

-No es asunto suyo, ni mío, ni de nadie. Por cierto, que quedé colocada de tal modo que yo vea que este precinto ha sido respetado.

-Pero usted entenderá...Si vamos a quemar algo, tenemos que estar seguros de que...

-¿Qué cree que puede haber? ¿Explosivos? ¿Explosivos para volar un horno crematorio? ¿Por quién ha tomado usted al señor Fierro? ¡Como si el cementerio necesitara más muertos!

El director del tanatorio se encogió de brazos y tomó la caja. El señor de negro y caro le acompañó y se aseguró personalmente de que la caja era depositada correctamente.

-Perfecto, cierren la sala. ¿A qué hora sale mañana para el crematorio?

-A las nueve en punto.

-Estupendo. Aquí estaré, en punto y en este punto precisamente. Espero que no haya retrasos.

-No desea que...

-No.

-¿Y si viene alguien a verle?

-No vendrá nadie. El señor Fierro no tenía prevista ninguna visita.

-Pero...

-Si apareciera alguna persona, le dice usted que la sala está cerrada y que se vaya a su casa por donde he venido.

-Como guste.

-Como gustó el señor Fierro, querrá usted decir.

-Sí, claro.

-Hasta mañana.

-Adiós, adiós. Que tenga usted un buen día.

sábado, 3 de febrero de 2018

El Hombre que le Empató a la Muerte (1).

-¿Ya está?

-Conforme a su deseo. La verdad es poco hemos podido aprovechar. Algo para investigación, lo único.

-Correcto. Aquí tiene toda la documentación firmada.

-Parece como si usted hiciera esto todos los días.

-Es la primera vez, pero el señor Fierro me pagó excepcionalmente para que no hubiera el más mínimo fallo.

-Ya veo, ya. Bueno, ahora su familiar...Vamos, el señor Fierro...Perdone, es la costumbre...Bueno, que está listo para que mañana se lo lleven.

-Correcto, ¿a qué hora llegará mañana al tanatorio central?

-Sobre las 9, supongo. Suele ser lo habitual.

-El señor Fierro no me pagó para que aceptara suposiciones. ¿Quién me puede dar el dato preciso?

-El agente del seguro, aunque, después del repaso que le ha pegado usted, no sé si va a querer hablarle.

-Me temo que está acostumbrado a tratar con aficionados dolientes y nerviosos, no con un profesional frío y competente.

-Eso debe de ser. Bueno, que le dejo. Ha sido casi un placer.

-Muchas gracias por todo, doctora.

-De nada. Adiós.

El hombre de negro caro y riguroso sacó su teléfono móvil y remarcó el último número utilizado.

-¿Señor Carrascosa? Soy el apoderado legal del señor Fierro. Preciso que me indique a qué hora llega el señor al tanatorio central mañana por la mañana...Creo que ya le he dejado bien claro que no deseo contratar ninguno de los servicios extra que usted me ofrece. El señor Fierro fue muy preciso sobre qué era lo que quería y eso es lo que recibirá...No, le reitero que no hay ningún familiar con el que usted pueda hablar...Le reitero que antes fui muy preciso y no me gustaría tener que meterle en problemas...No, no me estoy poniendo chulo ni le estoy amenazando, simplemente usted me obliga a tomar medidas.

El hombre de negro y caro colgó el teléfono sin demostrar la más mínima emoción y marcó otro número que tenía destacado.

-¿Señor Olavide? Le llamo en nombre del señor Fierro. Creo que indiqué con mucha exactitud el servicio que deseábamos y un empleado suyo, un tal Carrascosa, no me lo está dando...Bien, gracias. Disculpas aceptadas, pero cuide de su empresa.

El hombre de negro y caro se acercó a la máquina de café para dejar que la máquina de la burocracia tuviera tiempo de funcionar. No había dado ni dos sorbos a ese vaso de agua turbia y caliente travestido de solo cuando Carrascosa apareció por el pasillo, corriendo, desencajado...

-A la nueve, pero vamos, que si así lo desea usted, lo llevamos ahora mismo a dónde nos diga.

-No, a la nueve de la mañana en el tanatorio central es correcto. Allí estaré.