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sábado, 22 de octubre de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (y 52).

EPILOGO: La revancha de Álvaro (la venganza del Módulo)

El verano se hace muy largo sin el partidito de los sábados por la mañana. Pero el suplicio había terminado. El equipo del cole, líderado un año más por Ponce, Galeno y Jorco, iniciaba una nueva temporada. Además, a la emoción de la vuelta a los terrenos de juego se unía la excitación del ascenso de categoría. Primera división escolar, el Comando y sus secuaces iban a jugar en la máxima categoría del fútbol-sala para colegios. “Aquí ya no hay 'pringaos', chavales. Aquí todos los equipos son muy buenos”, les había advertido el Bicicletas de camino a jugar, aunque él sabía perfectamente que les estaba mintiendo: sí que había un equipo de pringados destinado a perder mucho y llorar más: ellos.
“¡Bah, míster, a estos les vamos a mear como a los del año pasado!”, fue la respuesta bravucona de rigor por parte de Ponce.

No obstante, hasta el mismísimo núcleo duro del Comando no pudo evitar un ataque de aprensión cuando llegaron a aquel colegio, y, en especial, cuando entraron al campo de juego. “¡Menudo pabellón tiene esta gente, macho!”, sentenció Galeno. “¿Cuánta gente cabrá?”, preguntó Jorco. “Hay mil asientos personas exactamente”, respondieron a sus espaldas. El Comando en pleno se giró como uno. Aquella voz como de resfriado perpetuo. ¡No podía ser!

-¡Hola, chicos!
-¡Módulo!, ¿qué haces aquí?
-Este es mi nuevo cole y mi nuevo equipo.
-¿Estás en el equipo?
-Sí.
La carcajada de alivio retumbó en todo el pabellón, Si el Modulo jugaba, desde luego que esa gente no podía ser muy buena. “Venga, empezad a calentar”, rugió el Bicicletas.

En la otra mitad del campo, los integrantes de la escuadra contraria también comenzaban sus ejercicios preparatorios para el partido. El Comando y sus secuaces les miraban de reojo. “El portero parece grande”, decía con cierta alarma uno. “¡Qué fuerte le pega el 6!”, decía otro. Y entonces estalló el ataque de pánico de la mano de Galeno. “¡El 8, tíos, el 8 estaba en el campamento al que fui este verano! ¡Es brutal, tíos. Brutal!” Todos se giraron para observarle. Era más bien bajito, con melena sobre los ojos y gesto de pícaro. Suelen ser los peores sobre una cancha de juego.

Pero, ¿dónde estaba el Módulo? En la banda, con una carpeta y un boli en la mano, enfrascado escribiendo algo para después dirigirse a la mesa de anotadores para hacer una consulta. “¡Es el delegado ayudante, tíos. El módulo no es jugador. ¡Ya decía yo!” En efecto, el Módulo no daba ni de lejos la talla para ser parte de aquel equipo, pero resultaba más que competente para llevar el registro estadístico de pases, faltas y goles. Pero no había tiempo para pensar, había llegado el momento de jugar. El Bicicletas reunió a sus hombres para dar las últimas instrucciones. “¡Muchachos, ya habéis visto que parecen buenos...!”. “¡El 8 es buenísimo, que le conozco yo”. “¡Que sea la última que me interrumpes cuando estoy hablando, Galeno! Desde el primer minuto máxima intensidad y a por ellos.” El Bicicletas intentaba ocultar su preocupación con ese manto de bravuconería, pero era inútil. Si el dichoso 8 le inspiraba tanto miedo a un tío con Galeno, era para echarse a temblar. En fin, quizás habría que recurrir a alguna patada intimidatoria en los primeros minutos del encuentro... Pero no, no iba a ser posible. El 8 de las narices no era titular. Aparentemente, había cinco chicos incluso mejores que él. Al Bicicletas le entraron unas repentinas e inauditas ganas de usar toda su potencia física para salir corriendo.

Los más funestos temores del Bicicletas y sus secuaces no tardaron en hacerse realidad. Aquellos tíos se pasaban al balón tal velocidad, que la única posibilidad de olerlo parecía ser cuando lo recogían de la red después de un gol, y tampoco es que les duraba demasiado, pues también eran agresivos leones en defensa que no tardaban en despojarles del balón. El Bicicletas chilló como un descosido hasta que cayó el quinto gol. Entonces, se sentó en silencio y se dispuso a hacer lo único que se puede en tales circunstancias: ofrecer la rendición sacando a todos los suplentes y esperar que el preparador contrario la aceptara haciendo lo propio. Para su alivio, así fue. Ahora sólo le restaba esperar que toda aquella pesadilla pasara lo antes posible (y que lo derrota no fuera escandalosamente abultada).

Ponce, Galeno y Jorco fueron los primeros en ser sustituidos. Se encaminaron al banquillo en silencio y cabizbajos. Se sentaron y clavaron la mirada derrotada en el suelo de parqué. “Ya os dije que el 8 era muy bueno”, fue lo único que Jorco fue capaz de balbucear. Al otro lado de la pista, en el banquillo local, el Modulo estaba concentrado en sus anotaciones estadísticas. Su vista basculaba constantemente entre pista y folio, con el gesto concentrado para no perder un detalle de las acciones que tenía por misión registrar. Tan solo parecía relajarse un poco después de cada gol. Entonces se levantaba para aplaudir con una amplia sonrisa.

El final del partido llegó -por fin-, con resultado final de 10 a 2. Ambas escuadras salieron al encuentro de la contraria para el protocolario saludo. El Bicicletas habría pagado por saltarse ese momento, pero no le quedaba otra que comerse su soberbia y dar la mano. “¡Vaya equipazo que tienes!”, reconoció a regañadientes mientras estrechaba la mano del técnico rival. “¡Y eso que nos ha faltado el mejor!”, le contestó el otro. Tocado y hundido. Claramente, iba a ser una temporada muy larga para el Bicicletas y su Comando.

Ponce, Galeno y Jorco planeaban dar un par de manos para que no les pudieran sancionar y luego salir huyendo de aquella tremenda y inédita humillación. “Bien 'jugao'”, se limitó Ponce a decirle al capitán contrario. “Bah, os tendríamos que haber metido veinte, pero Alvarete nos dijo que sois su antiguo cole y que no nos pasáramos con vosotros”. ¿Cabía mayor crueldad?

Álvaro, en calidad de delegado ayudante, también se dirigió a saludar al técnico contrario, su viejo amigo el Bicicletas. “Buena victoria de tus compañeros”. “No, don Vicente, buena victoria de mi equipo, una paliza de escándalo, yo diría. El equipo somos todos, desde el primero al último. Las victorias son de todos, las derrotas son de todos. ¿Lo recuerda, don Vicente? Usted mismo me lo enseñó un día”.

Y con esto la revancha de Álvaro (la venganza del Módulo) se había consumado por fin. Es cierto que la venganza es mala, y el rencor una plaga de las entrañas que se va comiendo el corazón por dentro hasta pudrirlo, pero, por otro lado, cuando el débil puede restregarle una victoria por la cara a los que le han hecho sufrir, ¡qué a gusto se queda!

Lo único que Álvaro lamentaba un poquito era que su amiga Eva no hubiera estado allí para ser testigo de todo aquello (aunque sabía de sobra que el resultado del aquel partido iba a llegar a todos los alumnos de su antigua clase). Le habría encantado (a los dos). De hecho, había estado a punto de llamarla para invitarle a que fuera, pero en el último momento se había percatado de que Eva era parte de su pasado, una puerta que había cerrado para siempre -y con llave-. Delante de él tenía un futuro -ignoraba si brillante u oscuro- pero, por primera vez en su vida, sentía ilusión por caminar hacía él. Todo aquello no habría sido posible sin Eva, y él le estaría eternamente agradecido por ello. Él nunca se lo había dicho a Eva, pero no le quedaba la más mínima duda de que ella lo sabía. El Módulo había muerto por fin. ¡Viva Álvaro!

sábado, 15 de octubre de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (51).

21.Un fin y un principio.
Ahí estaba, en toda la papelera de la clase. Fue lo primero que Eva vio al entrar por la puerta esa mañana.
El dichoso workbook, pero el de verdad, no ninguna de las imitaciones que le habían salido. Ya se sabe: “La mejor manera de que aparezca algo en un colegio es no buscarlo”.
-Lo has puesto tú, ¿verdad?
-¡Qué lista eres, Eva!
Ahí estaba, el Módulo la estaba esperando. Había madrugado un montón para preparar todo el numerito. Sería como su despedida en aquel, su último día en ese colegio.
-Llámame Evis. Total, para lo que te queda.
-Prefiero llamarte Eva. ¡Que no se diga que me voy de este colegio sin haber aprendido nada!
-¿Dónde estaba?
-En mi cuarto. Lo encontró la chica que limpia entre la ropa sucia y me lo había metido en la mochila vieja del curso pasado por equivocación.
-¿Y no le dijo nada a nadie?
-La chica que limpia apenas habla español, y me parece que ni siquiera habla mucho en el suyo propio.
-Ya. ¿Y cuándo lo encontraste tú?
-Dos días después de desaparecer.
-¿Y no pudiste decir nada?
-No.
-Típico.
-Me dio vergüenza. Y, además, todo el mundo se preocupaba de mí.
-¿Todo el mundo?
-Tú, que en ese momento eras todo el mundo para mí.
-En fin. ¿Cuándo te vas?
-He venido a por mis cosas. Hoy ya no me quedo.
-¿No te vas a despedir?
-Lo estoy haciendo ahora.
-De la clase, me refiero.
-No, no merece la pena despedirse de la gente que no te va a echar de menos.
-Anda, dame un abrazo.
-Gracias.
-Mucha suerte, Álvaro.
-Llámame Módulo si quieres.
-No, el Módulo ya no existe. Se va a morir cuando salgas por esa puerta. Vas a tener la suerte de empezar de cero en otro sitio siendo Álvaro.
-¡Ya me pondrán otro mote!
-¡No lo consientas! No vuelvas a cometer los errores que convirtieron a Álvaro en el Módulo.
-Se hará lo que se pueda. Sabes, me hace ilusión que vayas a ser la última persona que me llama así. Bueno, toma, este es mi teléfono. Llámame alguna vez y me cuentas cómo vas las cosas por aquí.
-Lo haré.
-Adiós.
-Hasta luego. Di siempre “hasta luego”.

sábado, 8 de octubre de 2016

Algo huele a podrido en el (estado de) mi cole (50).

La última tarde antes de la última mañana dedicó un buen rato a decidir qué les diría a aquellos chicos. Empezó redactando un discursito cursi y sentido sobre lo mucho que los iba a echar de menos, pero terminó encontrándose con una sarta de mentiras. No, el Big Ben no iba a echar aquello de menos en absoluto, ni, por descontado, ellos a él.
La pasta especial, él no estaba hecho de ella. La pasta de los que ha diario se enfrentan -en inferioridad de treinta contra a uno- a la ignorancia, a la desidia, al aburrimiento... La pasta de los que responden a la incomprensión con indiferencia y a la crítica con valor, la pasta de los que ya tienen un callo bien criado en el corazón y en el alma. La pasta de los que siembran para recolectar poco y demasiado tarde para ellos. La pasta de los que no tiene más remedio que sabérselas casi todas por un mero instinto de supervivencia. Estaba claro, él no era así.
“Bueno chicos, sabéis que ya mañana no vengo. Que tengáis mucha suerte y hasta siempre”. Iba a decir aquello de “ha sido un placer”, pero, ¿para qué mentir? En cualquier caso, tampoco le habían prestado mucha atención. En cuanto sonaba el timbre, el mundo más allá del pasillo dejaba de existir.
Algunos alumnos, no muchos, se acercaron a su mesa mientras recogía sus cosas. Le dedicaban apenas uno o dos palabras de despedida, pero algo era algo. Eva no fue casi una excepción.
“Bueno, pues que te vaya muy bien. Mucha suerte, que te echaré de menos”. Eva, tan sincera como de costumbre, habló por sí misma, no por la clase. Pero, repito, Eva era sincera: le iba a extrañar. A ratos y puede que no más allá de un par de semanas, pero le echaría de menos.
El Big Ben salió por última vez por la puerta de aquella clase derramando una lágrima -sólo una-, la única que se habían ganado.

domingo, 2 de octubre de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (49).

-¿Ese tío no es el profesor de inglés? -interrogó el señor letrado sobre el tipo que esperaba en la antecámara del despacho de dirección.
La madre de Alvarito asintió. En efecto, la siguiente cita del Caimán aquella mañana era con el Big Ben. Curiosamente, había sido convocado cinco minutos antes solicitar una él mismo.
-Siéntese.
-Gracias.
-Ya se figurará usted para qué le he llamado.
-Supongo que para lo mismo que yo iba a pedir verle.
-Intuyo que sí.
-Voy a aguantar hasta final de curso si no le parece mala idea.
-Me parece una idea terrible si quiere que le sea sincero.
-Sí, supongo que tiene usted razón.
-Le damos hasta fin de mes para que vaya usted solucionando sus asuntos y buscarse otra cosa.
-De acuerdo.
-Alégrese, hombre, que es lo mejor para todos. Seguro que ahora puede usted emprender proyectos muy ilusionantes donde pueda desarrollar todo su potencial -le dijo mientras se levantaba y le estrechaba la mano. Le estaba echando también de su despacho.
-Eso creo yo, que será bueno para mí y para el colegio.
No tuvo el valor para preguntarlo -lo habitual en él-, así que se quedó con las ganas de saber si ya le habían encontrado un sustituto.
La respuesta, obviamente, era que sí.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (48).

20.El principio del fin.
El señor letrado hojeó desganado y rabioso las páginas del cuadernillo. A su lado, la madre de Álvaro estaba muy tiesa, muy digna y muy callada con la mirada al frente.
-Parece muy nuevo para haber corrido tantas aventuras.
-Es que en este colegio, además de otras cosas, enseñamos a los niños a cuidar del material -contraatacó el Caimán con su mejor sonrisa de canalla depredador.
-Ya.
Los dos sabían de sobra que aquello era una pantomima, pero bastaba para dar el juego por terminado y al Caimán como ganador. El señor letrado podía poner las cartas sobre la mesa, pero eso sería dejar al pobre Alvarito y su madre por mentirosos. Y no era plan. Ellos -y no él- habían perdido la partida. ¡Imbéciles!
-Bueno, señores, como ven y se demuestra, fue todo un muy desagradable malentendido. En este centro no hay ni acoso ni nada que se le parezca. Y ahora, si me disculpan, un colegio tan grande y de tanta calidad no se dirige solo...
La madre asintió y se puso en pie para irse, el señor letrado se limitó a propinarle al Caimán un apretón de manos de compromiso y también tomó el camino de la puerta del despacho de dirección. Por última vez y para siempre. En la cabeza, la pregunta que llevaba horas torturándoles. ¿Por qué había sido la madre del niño tan estúpida de afirmar que aquel workbook -claramente recién comprado y hecho de una sentada- había aparecido en la casa detrás de un mueble?
Si quería la respuesta, sólo tenía que haber preguntado a la propia madre o al director. Alvarito no lo sabía aún, pero ese iba a ser su último mes en aquel colegio, aunque, en compensación, iban a tener coche nuevo, uno muy grande y bonito. El Caimán siempre tan excelente negociador bajo cuerda.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (47).

La Calculadora había sido más directa. Dado que la fe que tenía en que el Big Ben pudiera resolver el asunto por su cuenta era escasa, fue derecha al foco del dolor, como los buenos analgésicos.
-Padre Vicente, le tengo que pedir algo de material, si me hace el favor.
-¿Qué querrá, qué querrá esta licenciada en Ciencias Exactas?
El padre Vicente, presumible, era un machista de cuidado, de esos de libro, de aquellos que gozan sobre manera cuando la hembra se muestra sumisa y necesitada, en especial si se trata de una mujer con fama de dura y rebelde, como era el caso.
-Pues un libro.
-¡Para eso hable usted con la editorial, mujer de Dios!
-Es que si me lo da usted, es más rápido.
-¡Ay, madre! Peor que los propios alumnos...
-Venga, hágame usted el favor.
El padre Vicente estaba disfrutando cada segundo de aquello. La Calculadora, no tanto.
-Bueno, bueno, ¿y qué libro tan importante es esa? -dijo el padre Vicente mientras se sacaba su preciadísimo manojo de llaves del bolsillo y empezaba manosearlas en busca de la joya de la corona.
-Es un cuadernillo, en realidad. Le acompaño y yo le digo.
Poco después tuvo lugar la entrega.
-Toma, anda. Lo haces para mañana, y se lo presentas al profesor.
-¿Digo que lo he encontrado?
-Di lo que te dé la gana, -la Calculadora, tan cariñosa como siempre- o, mejor, dices que lo has encontrado en tu alcoba, que se había caído por detrás de un mueble o algo así.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (46).

Después de secarse las manos tras habérselas lavado debidamente (Jorco era un tío muy pulcro y aseado, lo de la gotita de pis al Módulo había humillación rutinaria de ordenanza), Jorco se echó mano al bolsillo y contempló el billete. Estaba nuevecito. Seguro que el imbécil del Big Ben lo había sacado de un cajero. Sí, el Big Ben era un tan pringado como el Modulo. En realidad, llegó a la conclusión de que el Big Ben debía de haber sido como el Modulo cuando iba al colegio. Pero, que no quejara de él, que le había hecho un favor. Le veía tan agobiado con lo del workbook, que le había ofrecido conseguirle uno nuevecito para que el Módulo lo hiciera de nuevo y se acabara el problema. Todo por un módico precio, claro está, que esta vida nada es gratis. El infeliz del Big Ben había aceptado de inmediato. Servicio 24 horas. Todo lo que Jorco tuvo que hacer es contactar con su vieja amiga la Fermi y ella le sacó uno del almacén. La Fermi y su estupendo servicio de económica papelería alternativa. ¿Quieres un cualquier material escolar de los que hay en el almacen? Habla con la Fermi, que te hará un buen precio (y el viejo chocho del padre Vicente no se entera de que le faltan cosas). No era un servicio público, claro está. Sólo estaba disponible para un puñado de elegidos de confianza que jamás se irían de la lengua.
-Cinco pavos.
-¡No me jodas, Jorco, que en la tienda cuesta 15! ¡Dame 10, por lo menos!
El trato se había cerrado en 8.
“No hice mal negocio, no, señor”, pensó Jorco mientras acariciaba el billete de cincuenta. No hay nada en este mundo como un pringado contra las cuerdas.
-Toma, Álvaro. Lo haces en casa y me lo entregas. Será nuestro secreto, ¿vale?
El Big Ben se lo había dado a segunda hora, discretamente en un aula vacía. El Módulo lo había guardado en su mochila, junto con el otro workbook nuevecito del que habían hecho entrega de camino al colegio.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (45).

A la mañana siguiente, la cita se fijó a la hora del recreo. Pustu hizo de intermediaria, y ya le dejó bien claro que el objeto de la misma era: “solucionar lo del workbook y ya. Nada más, ¿vale?”. No obstante, cuando el Módulo apareció por allí, puntual como un reloj, Eva decidió que mejor recordárselo.
-No te hagas líos colega, que venimos a lo del workbook y nada más.
Dio igual, el Módulo era el Módulo.
-¿Seguro, Evis? Me parece a mí que hay algo más.
El Módulo, lanzado como nunca, imbuido del espíritu kamikaze lanzó su cabeza a por los labios de Eva.
¡¡¡Zas!!! Por desgracia para él, un workbook se interpuso violentamente en su camino. Eva siempre fue muy rápida de reflejos.
-¡Mira, emperador del imperio de los gilipollas, esta tarde te vas a meter en tu casa, vas a ponerle tu nombre a este workbook, vas a hacer todos los jodidos ejercicios y mañana de dices al Módulo que lo has encontrado. Desde este momento, ni me sigas, ni me hables, ni me mires ¿nos entendemos?!
El Módulo sólo alcanzo a asentir tímidamente y balbucear que sí,
-Me alegro. Adiós.
El Módulo se dirigió a clase y abrió su mochila para guardar el workbook a estrenar. Lo hizo junto a los otros dos -también nuevecitos- que le habían entregado a lo largo de la mañana. Luego, se dirigió al baño a secarse las lágrimas y lavarse la cara.
-¿Ya estás llorando otra vez, “pringao”? -le soltó Jorco, recién orinado, mientras se subía la cremallera del pantalón.
-¡Un puto examen de Ciencias, que me han “cateao”!
-¡Qué “pringao” eres, joder! -se soltó Jorco, mientras se secaba una gotita de pis salpicada sobre su mano en la espalda del Módulo.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (44).

19.Tres príncipes para un reino.

Eva en eso también debía de ser una entre un millón. Los profesores siempre insisten con frecuencia en el asunto, aunque, vista la evidencia, seguramente ni ellos mismos nos capaces de seguir su consejo a rajatabla. Eva, le comento, era de esos pocos escolares que dejaban la mochila bien preparadita la noche antes. Repasaba y volvía a repasar que estuviera todo. De esa manera, nunca le faltaba nada (no como algunos profesores, que tenían que pedirle a veces el libro de su propia asignatura prestado a algún alumno).
Aquella noche, obviamente, la estrella del repaso fue el inédito workbook destino al Módulo. Lo puso el primero del taco, y bien separado del suyo propio, no fuera a ser que hubiera algún malentendido y le presentara al Big Ben el que no era. Después de todo, el dichoso workbook era el producto de un robo, o más o menos, y estaba en condiciones de acarrearle un problema.
Lo sacó como para volverlo a meter, como una manera de vencer la pequeña obsesión de que se le iba a olvidar. Revisó también que, efectivamente, estaba en blanco y sin nombre ninguno. Las manías nos hacen así de maniáticos. En ese momento también se le ocurrió sacudirlo. Era otra de las sanas prácticas que uno debe de seguir antes de presentar un cuaderno a un profe. Los papelitos comprometedores tienen la fea costumbre de guardarse yo ser olvidados entre las páginas del material escolar. En efecto, la corazonada fue inesperadamente correcta: de entre las hojas del workbook cayó un trocito de papel. Eva lo tomó con curiosidad y cierta aprensión.
“Woorbook inglés ref.22. Copias no vendidas: 3”, rezaba en letra de cura entrado en años (o sea, de molde y muy elaborada).
¿Copias no vendidas 3? ¿Qué había hecho la Urbi con las otras dos? ¡Igual había sido tan torpe que nos las había visto? Bueno, eso a ella le daba igual. Devolvió el workbook a la mochila, la cerró (por fin) y se preparó para irse a acostar.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (43).

Los documentales de animales ya eran otra cosa. Esos se ponían en las sobremesas, pero, aunque el padre siempre tenía la sana intención de compartir un rato de aprendizaje y cultura con su chaval -e incluso comentaba entusiasta todo lo que ocurría en la pantalla-, no pasaban más de diez o quince minutos antes de que los parpadeos se le volvieran pesados, a los veinte ya daba cabezadas como campanadas, y para el ecuador del reportaje, ya roncaba plácidamente. Eso de la cultura, aunque cueste admitirlo en público, era un auténtico aburrimiento. Eso de la cultura era un coñazo de envergadura, pero -claro- no lo podía decir en presencia de su hijo. Ya lo descubriría él solito. De hecho, ya lo había hecho. Llegado el momento del sopor, Ponce cambiaba el canal para ver si había alguna peli buena o un partido de algo. Si no había suerte, apagaba el televisor y a otra cosa mariposa.
El ritual de la derrota del saber a manos del sueño se iba a repetir una vez aquel jueves.
-¡Ay que ver cómo corren esos malditos bichos! -Ponce junior se limitó a emitir un gemido de asentimiento-. ¡La cosa esa no tiene ni la más mínima posibilidad!
-Gacela, la cosa esa se llama gacela, papá.
-Pues eso. ¡Mira, ya la ha pillado!
-¡Corría muy poco para ser una gacela!
-Estaría mala o algo.
La monótona y engolada voz del narrador del reportaje confirmó la suposición de Ponce senior: “la pobre, enferma, no tuvo ninguna oportunidad de salvarse”.
-¡Qué cabrones, cómo sabían que había que ir a por ella!, ¿eh, papá?
-Sí, es una de las reglas de la naturaleza: localiza al más débil, al que no se puede defender, y atácale sin piedad. Así somos los animales: o cazadores o presas. Matar o que te maten, hijo mío. ¡Así de putas son las cosas!
Esto ya lo dijo Ponce padre bostezando. Se ponía echar a dormir a gusto, la lección a su hijo ya estaba bien explicada.

viernes, 26 de agosto de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (42).

18.Televisión educativa.

-¡Ja, ja, ja!- La risas (las carcajadas, mejor dicho) del señor Ponce eran estridentes y contagiosas. Su hijo (Ponce, lógicamente) se reía más bajito y con la boca un poco torcida (chulería obliga) -¡Este Carmandel es la leche en bote!
En efecto, Jose Miguel Carmona “Carmandel” era un pedazo de cómico. O, al menos, era capaz de hacer reír a millones de telespectadores cada semana con su programa. Su fuerte, sin duda, eran las imitaciones de personajes famosos. Dos de de sus incondicionales eran Ponce senior y Ponce junior. La mamá no se sentaba con ellos delante del televisor, a ella ese estilo de humor no le iba. Pero les daba igual. Ver el programa de Carmandel era, junto con los partidos de fútbol, los únicos momentos que compartían padre e hijo con verdadero gusto.
-¡Lo clava, lo clava!
Sin duda, era prácticamente igual al original. La ligera tartamudez ocasional, las eses un poco arrastradas y, por supuesto, la voz aflautada. José Felix Pérez Pérez era un dios de los terrenos de juego, pero su vocecita era la que era. Aquella situación -las burlas que acarreaba- le provocaba una tremenda ansiedad a Pérez Pérez, pero ni Carmandel, si los Ponce, ni otros tantos millones de personas se paraban a pensar lo cruel que era sufrimiento que se le estaba infligiendo al astro del balón con vocecita. Aunque fuera deportivo, no dejaba de ser el enemigo -el odiado enemigo- y , ya se sabe, al enemigo ni agua. Después de todo, ganaba muchísima dinero, así que someterse en silencio a la crueldad de las imitaciones iba en el sueldo. Eso pensaba Ponce senior y eso mismo le había transmitido a su hijo en multitud de ocasiones.
-¡Qué se joda, que gana muchos millones!

martes, 23 de agosto de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (41).

Sólo quedaba esperar, y un buen rato, por cierto. Hasta que las señoras de la limpieza terminaran su jornada laboral. En circunstancias normales, se habrían tenido que ir a casa a ocuparse de los deberes (por lo general, las dos juntas, en casas alternas), pero aquella era una de esas raras tardes en que los astros se conjuran para doblar al unísono la voluntad de los profesores y ninguno había mandado nada. Por tanto, las dos decidieron matar la espera en una hamburguesería cercana, al más puro estilo adolescente (y, como tal, escaso de recursos): dos refrescos pequeños, unas patatas (también pequeñas) y echar toda la tarde en una mesa de una esquina. No obstante, no siendo fin de semana, nadie del burger las molestó. Si algo sobraba aquella tarde, era sitio.
-¡Somos demasiado buenas, Eva!
-¿Por qué dices eso?
-Pues por todo: porque siempre hacemos los deberes, por la locura que estás haciendo para ayudar al Big Ben...
-¡Es que si no haces los deberes, te suspenden!
-Ya, pero otros los copian en el recreo, o en clase, ¡y nosotras los traemos de casa!
-Es nuestra manera de ser. Somos responsables.
-¡Qué palabra más fea!
-¡Ya, tía, suena horrible “res-pon-sa-bles”!
-Yo creo que es el insulto más gordo sin ser taco.
-¡Es una palabra de padres y profes!
-¡Ja, ja, ja!
-De todos modos, Pustu, si fuéramos tan buenos, intentaríamos ayudar al Modulo.
-¡Eso es muy peligroso!
-¡Igual que lo que estamos haciendo por el Big Ben!
-Ya.
-Admitámoslo, mi amadísima Ursulita: no ayudamos al Modu porque nos cae como el culo. No nos gusta reconocerlo, nos hace sentir muy culpables pero no lo aguantamos.
Úrsula sólo acertó a callarse y ponerse muy seria a juguetear con la pajita de su refresco y la bolsita vacía de patatas. Por fortuna, la campana llegó para salvarla. Eva miró su reloj y anunció que era la hora de volver al cole para ver si el plan había tenido un éxito definitivo o se había ido todo a la porra.
Ahí estaba, como todos los días. Urbi con el contenedor de basura. Lo depositó en el sitio de costumbre y se marchó mascando chicle y aburrimiento. Eva y Pústula salieron de su escondite como activadas por el resorte de la ansiedad.
-¡Vígila, mientras miro!
-¡Igual te va a tocar revolver!
-¡Me parece que no! -chilló Eva, triunfante, mientras blandía en su mano izquierda un workbook de inglés a estrenar. Las tapas del cuadernillo parecían brillar, como si se alegrara de aquel inesperado indulto que lo salvaba del penoso destino de ser triturado por el camión de la basura.

domingo, 21 de agosto de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (40).

Y de todas esas llaves, era la de la Urbi la que le iba a allanar el camino al dichoso workbook. El plan era arriesgado y audaz, e iba a hacer falta un buen puñado de suerte para que saliera bien (en palabras de Úrsula: “La gilipollez más gorda que se te ha ocurrido en tu vida. Vas a conseguir que nos echen a las dos del cole”). No obstante, no la iba a dejar sola, que una amiga es una amiga, y mucho más en la adolescencia. Decidieron ponerlo en marcha aquel jueves, porque había prisa y era un día tan bueno como cualquier otro.
-Oiga, ¿esto es suyo?
-¿El qué, niña?
-Este papel, es que estaba caído en el suelo junto a la puerta del almacén, y como sus ustedes de las pocas que van por allí.
-¿Y qué hacías tú por allí?
-Me mandaron a pedirle un boli rojo al padre Vicente.
-¡Y a que no te lo dio! ¡Ja, ja, ja! Pone algo de un libro de inglés. Será de él, que es el que lleva lo de material.
-Es que eso no lo puede haber escrito él.
-Porque tiene faltas de ortografía, y eso me extraña que el padre Vicente.
-Bah, pues no sé, niña. Desde luego, mío no es. Llévalo a portería, y déjame, que estoy muy liada.
-Yo creo que igual es de su compañera Fermi.
Eva había lanzado el cebo de la curiosidad malsana.
-¿Y eso?
Y Urbi se lo había tragado enterito.
-Pues porque pone “Libro para Ferminín” y el nombre de un cuaderno de ejercicios de inglés. Al hijo pequeño de la Fermi le llaman así. Lo sé porque antes venía al cole, estaba en mi clase.
-Sí, ya me han dicho que le echaron por bruto. ¡No me extraña con esa madre! ¡Ja, ja, ja!
-Lo más lógico parece que le haga falta para su hijo, porque ahora estará ahora en mi mismo curso, y es cuaderno de ejercicios que estamos usando. Seguro que se lo va a pedir al padre Vicente para que se lo dé gratis...
-¡Típico de esa tipa, siempre chupándole la sangre al cole! ¡La tía gorrona!
-Bueno, me voy a buscar a su compañera para darle el papel. Este libro es muy importante, y a mitad de curso en difícil de encontrar. ¡Cómo no lo saque de aquí, en menudo lío se va a meter el pobre Ferminín!
-Ya...¡Niña, espera! Dime cuál es y ya me encargo de llevárselo yo.
-¿Seguro?
-¡Claro!
-¡Qué buena compañera es usted!
-Sí, la Fermi es como mi hermana.
¡Bingo, Urbi había entrado al trapo como una campeona! Aquel plan, tan descabellado -contra todo pronóstico- estaba funcionando.

sábado, 13 de agosto de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (39).

Y, obviamente, el padre Vicente también poseía su copia. O, mejor dicho, la llave original de la que habían salido el resto. En realidad, pocas cosas había en ese colegio que no tuvieran su origen en el padre Vicente, o eso decía él. Había sido director y a la mínima oportunidad presumía -entre otras miles de hazañas- de que él había fundado el exitoso equipo de fútbol-sala, había reformado el servicio de comedor para que tuviera cocina propia o había hecho que el colegio fuera el primero dotado de sala de informática de toda la provincia. Al padre Vicente le encantaba el poder y presumir de él. De hecho, no había sido fácil relevarlo de la dirección del centro. Tuvieron que intervenir las más altas instancias de la congregación y, aun así, el padre Vicente peleó hasta el final, logrando al menos quedarse en el colegio y mantener una parcelita de dominio de modo vitalicio: el control del suministro, almacenaje y distribución de los materiales escolares (en la sala que él mismo había mandado construir). Se pensaba que aquello duraría poco, puesto que el padre Vicente ya aparentaba tener una edad más que respetable, y que pronto él mismo solicitaría pasar a una de las casas de retiro de la orden (si es que la Parca no se le adelantaba). ¡Qué poco conocían al padre Vicente! De eso hacía ya más de dos décadas y así seguía, fresco y enérgico como una lechuga atómica calva y con gafas. ¿Cuántos años tendría el padre Vicente? Nadie lo sabía, era el secreto mejor guardado de aquella colmena educativa. Un secreto que él mismo se llevaría a la tumba, (todo hacía suponer que no en un futuro inmediato).
Nada grave, si no fuera porque aparte de engreído y fanfarrón, el tal padre Vicente se había vuelto un tacaño de cuidado (debían de ser cosas de la edad), dato más que preocupante cuando uno es el custodio exclusivo de cartulinas, rotulares, rollo de papel de celo y demás. Conversaciones de este tipo eran al pan nuestro de cada jornada escolar en aquel sitio:
-¿Para qué quieres cuatro cartulinas?
-Es para hacer un mural de Navidad con los niños.
-¡Con una tienes más que suficiente, que así aprenden los niños a compartir!

martes, 9 de agosto de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (38).

La llave de los cuartos de material era la Llave con mayúsculas de aquel colegio, no porque diera acceso a tesoros especialmente valiosos -material de limpieza e higiene, artículos de papelería, herramientas y demás trastos viejos- sino porque el selecto grupo de afortunados que poseía una copia la consideraba como un auténtico símbolo de poder y una marca de estatus, sensación acrecentada por el hecho de que ni siquiera el señor director -el Caimán- tuviera una. No era que él jamás se hubiera preocupado por conseguirla. (¿Para qué? Él era demasiado importante como para preocuparse de si había o no papel higiénico en los lavabos). Pero seguramente le habría resultado más complejo de lo que él pensaba el unirse al selecto club de propietarios de llave de los almacenes.
La Fermi, por supuesto, tenía la suya. Desde tiempo inmemorial. Faltaría más.Y Urbi también, por mucho que le doliera a la otra. La había heredado de Rosi -su predecesora como archienemiga de la Fermi-, que se le había cedido poco antes de jubilarse. Había sido todo un traspasado de poderes y liderazgo en la lucha. Fermi había protestado ante la dirección, pero sin mucho éxito. Parecía lógico que las señoras de la limpieza tuvieran al menos un par de llaves de su almacén de materiales y productos.
Serapio también tenía la suya, en calidad de encargado de mantenimiento. Rey de la chapuza -incluyendo la reparación muy creativa y poco duradera de aparatos de última generación- y emperador del chanchullo, se había construido un armario para “sus cosas”, con un candado del que él era el único que poseía llave. Decían la malas lenguas que más de un objeto valioso supuestamente sustraído había terminado en aquel armario como paso previo a acabar en manos de terceros. La malas lenguas decían que a Serapio le iban los juegos de naipes y azar en exceso.

miércoles, 27 de julio de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (37).

17.El Colmo de los planes.

Diez eran diez, y la neutralidad no era una opción. O estabas con Fermi o contra ella. Diez eran diez las señoras de la limpieza de aquel colegio, y divididas con dos ambos irreconciliables desde hacia un sinfín de reformas escolares. En realidad, el único bando con una líder estable había sido el de Fermi, las otras habían ido y venido. La Fermi es mucha Fermi, e, incluso así, todavía había valientes que se enfrentaban a su poder. La Fermi era brusca, pérfida, soberbia y dequeísta. Y, pese a a eso, todavía había personas que decidían no plegarse a sus caprichos y someterse a su voluntad. Grave error.
Urbi era la archienemiga de la Fermi en vigor. Y lo cierto que estaba resultando de las más poderosas. Cinco años llevaba ya, y no daba síntomas de flaqueza (por mucho que le doliera admitirloa Fermi. De hecho, mejor no sacarle el tema). Muy al contrario, las tres últimas incorporaciones al equipo de limpieza se habían unido a su bando. O sea, que las partidarias de Fermi se habían convertido en el bando de las viejas y el otro el de las jóvenes. El detalle no le había pasado desapercibido a Fermi, la cual, con la mala leche marca de las casa, se refería a sus enemigas como las “señoritas de la limpieza”. Además de por intentar despreciar su juventud (algo que la edad siempre intenta hacer sin éxito), por criticar que parecían mucho más interesadas por quejarse de todo que por ponerse a trabajar. Aunque, en honor a la verdad, la Fermi y sus secuaces también eran bastante tiquismiquis a la hora afrontar su responsabilidad profesional. “Yo no sé a estos qué les enseñaran sus mamás y cómo tendrán esas cochinas sus casas”, era una frase que pronunciaba del orden de diez o doce veces diarias.
La perpetua guerra civil de las escobas y los mochos le pasaba desapercibida a las práctica totalidad de aquella comunidad educativa. Pero Eva, que hacía de estar con los ojos, los oídos y la mente bien abiertos una filosofía de vida, sospechaba de muy buena tinta que la Fermi y la Urbi no se podían ni ver. Y de ese antagonismo iba ella a sacar la llave que daba acceso al dichoso workbook.

sábado, 23 de julio de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (36).

-¡Jo, qué mala suerte hemos tenido, tíos! ¡Me he resbalado justo cuando ya casi me había ido del siete!
La cuerda estaba casi rota por cien sitios y el Módulo tenía la torpeza de tensarla incluso más.
-¡Tú no te irías ni de mi abuela atada de pies y manos, Módulo! -le soltó Ponce. El resto de los muchachos del equipo -menos impulsivos, más prudentes- se limitaron a asentir con la mirada de asco.
-¡Hombre, Ponce, tío, que somos un equipo!
-¡No, gilipollas, tú no eres parte de esto!
-Sí, sí que lo es, Ponce. El equipo somos todos, desde el primero al último. Las victorias son de todos, las derrotas son de todos. ¡Y hoy tú nos has regalado una bonita derrota, Alvarito! ¡Eso me pasa por confiar en ti!-soltó el Bicicletas. Lo tenía que hacer, ya le daban igual las consecuencias. ¿Qué podía haber peor que aquella derrota tan inmensamente dolorosa?
Eva estaba siendo testigo de la escena. Desde que Pústula le había comunicado el infausto rumor a la hora de comer, había intentado evitar al Módulo -por si las moscas-. Sabía que era toda una temeridad, pero no lo podía evitar, no podía tolerar aquello. Era esa manera de ser suya, que le iba a llevar a vivir en guerra y dormir en paz toda su vida.
-¡Anda, cierra el pico y vámonos!
-¡Evis!
-¡Que me llamo Eva, gilipollas!
-¡Ya veo que has venido a verme jugar otra vez! ¿Has visto qué mala suerte hemos tenido?
-¡Cállate, ya! -le dijo mientras le cogía fuerte del brazo y le alejaba de la ira de sus compañeros.
Debió de ser el subidón de adrenalina del partido, o que no podía evitar seguir metiendo la pata, pero el caso es que el Módulo decidió que había llegado el momento de confesarle su amor a Evis y así redondear su tarde de gloria.
-Por cierto, Evis, te tengo que decir algo.
Ahí estaba, ella misma se lo había buscado. Por fortuna, Eva estuvo rápida de reflejos y contraatacó antes de que se iniciara el ataque.
-¡No, soy yo la que te tiene que decir algo! ¿Es que no te das cuenta de las cosas? ¡Si no te saco de ahí, igual te habían soltado un puñetazo! No tengo ni idea de por qué te han dejado estar en el equipo y menos todavía de por qué te sacan, porque eres más malo que un dolor, ¡que un dolor! ¿No te das cuenta, Álvaro?
-¿Qué dices, Evis?
-Ves, a este tipo de cosas me refiero. ¿Por qué me llamas así si te he dicho que no me gusta? Eres un pringado, un marginado, ni eres parte del Comando ni jamás lo serás. ¡Tienes que despertar y cambiar, Módulo!
-OK, OK, tía.
-Piensa en lo que te he dicho. Hasta mañana.
Y ahí lo dejó. Disimulando por fuera, hecho polvo por dentro. Y eso que no había tenido que hacer frente al rechazo de Eva de sus intenciones románticas.
Más tranquila, Eva se percató de que le había reprochado que la llamara Evis, pero ella misma lo había terminado llamando Módulo. Y dudaba mucho de que a él le gustara eso.

martes, 19 de julio de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (35).

16.Derrota por Modúlos.
Desde una esquina del patio, el intrépido periodista celebraba con una casi sonrisa su media victoria. En realidad, más que una victoria era una venganza, que era lo que él realmente había buscado. Sin duda le estarían esperando y sabrían de sus intenciones, y eso les generaba un problema que sólo tenía una muy dolorosa solución.
Desde la ventana de su despacho, el Caimán celebraba que le había vuelto a ganar la partida a aquel entrometido chupatintas imbécil. Ya le habían advertido por el cauce habitual de que iría a aquel partido con unas intenciones muy claras: denunciar que en las ligas escolares se prioriza la competitividad por encima de que los chavales jueguen, disfruten y aprendan valores, y tal denuncia se iba a basar en que al pobre Alvarito Pizarro no se le sacaba porque el partido era demasiado importante. Mentira podrida, Alvarito Pizarro iba a jugar casi todo el encuentro, momentos decisivos incluidos. Así se ponía de manifiesto que poco importaba perder, que lo básico era la diversión de todos los componentes del equipo e inculcar las bondabes del olimpismo. Mentira podrida, claro está. Al Caimán le repateaban todas las derrotas de cualquier equipo de su colegio, y aquella en un partido tan importante más todavía. Ganarle a aquel estúpido chupatintas le había costado una dolorosa derrota. Ese mamón había jugado con él, lo había manipulado como se maneja a una marioneta. Ese asqueroso periodista de mierda estaba aprendiendo, y puede que hasta se pudiera volver peligroso.
Desde su banquillo, el Bicicletas no tenía nada que celebrar. Se había mordido el labio hasta hacerse sangre. Aquello estaba yendo ya demasiado lejos, pero sabía que él no iría a ninguna parte si no se plegaba a las órdenes del Caimán. Falso, si se enfrentaba al Caimán, donde iría es al paro. Los chicos habían aceptado sus estúpidas decisiones con sorpresa y resignación (“¡Míster, que va a sacar al Módulo!”), y, aunque nadie le había hecho un solo reproche -nadie había osado-, algunos disimulaban muy mal que les había costado un mundo aguantarse. Los padres también querían acercarse a él y chillarle a la cara que había perdido el partido con un cambio tan estúpido, pero, al igual que sus hijos, sabían de sobra que en aquel colegio el ver, oír y callar era una norma básica de supervivencia.

jueves, 14 de julio de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (34).

-No sé qué porquería le echan a esta bazofia, pero los de comedor no tenemos ninguno granos -Eva hacía el mismo comentario todos los días, y a diario obtenía el mismo gruñido de aprobación resignada por parte de Pústula.
-Tengo malas noticia para ti, Eva.
-¿Cómo de malas?
-Nefastas, se rumorea por ahí que el Módulo ha dicho que le gustas, y que te va a pedir salir.
-¡Joder, lo que faltaba! ¿Rumor fiable?
-Bastante, me ha llegado por dos sitios diferentes.
-¡Jo, pues voy lista!
-Nada, tía. Le sueltas la charla típica y ya está.
La charla típica es una de esas habilidades sociales que todo adolescente ha de adquirir lo antes posible, pues tarde o temprano le será de vital necesidad. Su esquema se ido transmitiendo de generación en generación, aunque cada cual le da su toque particular. Se trata, en esencia, de hacer un ejercicio de malabares diplomáticos para darle calabazas a alguien sin que se note demasiado. En otras palabras, intentar partirle a alguien el corazón sin hacerle mucho dado. “No eres tú, soy yo”, “te quiero, pero no de ese modo”, “me tienes idealizada”, “no quiero perderte como amigo” y frases similares constituyen la base de la charla típica. Arma de doble filo, pues todo adolescente -o casi- se verá a ambos lados de la tan desagradable ceremonia del amor no correspondido.
-¡Pero es que yo no soy una de las Cenis! ¡Esas están hartas de soltar la charla típica, tienen la experiencia y la sangre fría, pero yo...!
-No te preocupes, ya sabes que no es la primera vez que se va a comer la charla típica.
En efecto. El Módulo era infame por lo enamoradizo. Su currículo sentimental desde mediados de Primaria estaba plagado de fracasos y, de modo bastante cruel, ningún éxito. Quizás porque, a menudo, él no parecía percatarse de inmediato de que había sido rechazado. Cuando la chica le daba un no con el tacto y diplomacia de la charla típica, se lo tomaba como un quizás para el futuro. Cuando la negativa era rotunda, directa e incluso cruel, él lo interpretaba como una maniobra de la chica en cuestión para hacerse la interesante. En resumen, que el Modulo había mantenido ya un puñadito de lo que podríamos calificar como “noviazgos unilaterales”.
-No te preocupes, tía, se le pasará pronto.
-Esperemos. Por cierto, tengo un plan.
-¿Para...?
-¡Pues para conseguir el workbook, tía, que no estás a lo que estás!

sábado, 9 de julio de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (33).

15.Cupido en el restaurante del terror.

Sólo los niños de comedor lo entenderán. Los otros, los afortunados que se pueden ir a casa a mediodía a disfrutar de las excelencias culinarias de los macarrones con tomate recién hechos -los elegidos del destino que “viven cerca del cole”-, no saben cómo son esos sucedáneos de restaurante, donde lo que se supone que se toma frío siempre está caliente, lo que se come echando humo suele estar helando, lo que tiene estar duro está blandengue y lo blando como una piedra. Si no eres de comedor, no tienes ni idea de a qué saben las tortillas sin huevo, las barritas de merluza congeladas que no se terminaron de descongelar o la masa de arroz amarillento plagado de nadie sabe qué (alias “paella”, “paella mixta” si tiene huesos de pollo y cáscaras de gamba). Los niños de casa jamás han oído (ni contado) la eterna leyenda que afirma que un amigo del hermano mayor de alguien se encontró una cucaracha en la ensalada hace cuatro cursos. Pero, sobre todo, los que no han pisado un comedor escolar en su vida no han pasado por el calvario de tener que comérselo todo o quedarse castigado. Eso, los largos ratos con los ojos clavados en una bandeja metálica con una presunta sopa fría y tres bolas amorfas de un curioso color marrón (¿albóndigas?), son lo peor de ser “niño de comedor”.

Aunque, por otro lado, lo del comedor también tiene su parte positiva. Entre el ensordecedor bullicio de cientos de conversaciones se forjan amistades de las buenas, de las que nacen entre los supervivientes de una tragedia común y se van haciendo cada vez más fuertes curso tras curso. Son estos momentos los que hacen que, después de todo, uno recuerde con nostalgia y hasta cariño los mediodías de comedor. (O quizás no).