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viernes, 25 de enero de 2013

Memorias de un Perro Lazarillo. De la Afición de los Humanos por Chillarse..

Mi Amigo y yo pasamos mucho tiempo esperando en los semáforos. Bueno, en realidad como todo el mundo.

Es entonces, mientras esperamos él y yo que el hombre de rojo se nos vuelva verde y empiece el pitidito (con una Lazarillo como yo, a mi Amigo no le hace falta, aunque una ayudita nunca está de más), cuando yo me dedico a observar y meditar -con la lengua fuera- según es mi costumbre.

Observo entonces que los seres humanos se dejan olvidada en la plaza de garaje esa racionalidad que tanto nos restriegan al resto de los animales. En efecto, los seres humanos al volante son tan brutos como las bestias más irracionales del zoológico.

Sin ir más lejos, el otro día dos coches se dieron un golpecito y los conductores, en vez de salir aliviados y agradecidos por estar ilesos y preocupados por cerciorarse de que el otro también estaba bien, saltaron ambos de sus vehículos como dos hienas en pugna por el mismo cadáver: se insultaban a grito pelado, culpándose mutuamente del percance.

Pero eso no fue lo peor, ya que el bochorno no había hecho sino empezar: los dos se lanzaron al cuello del otro, como dos osos peleando a zarpazos por un salmón.

Mientras, en el interior de uno de los coches, una señora y un niño contemplaban el espectáculo, con cara de susto pero sin demostrar la más mínima intención de intervenir. Mi instinto de perro -a menudo más inteligente que la racionalidad humana- me decía que no era la primera vez que veían al respetable padre de familia ponerse así de violento, en público o en privado, y que sabían por experiencia que era mejor no meter baza.

Y, también muy triste, un grupito de gente contemplaba la pelea, mudos, como si aquella escena indignante fuera un espectáculo de merito. Yo, por lo general, cuando veo que dos perros se pelean -o hacen cualquier otra cosa carente de decoro- lo que hago es ladrarles para que paren, pues es el buen nombre de todos nosotros los canes lo que está en juego.

Por suerte, al final apareció un ser humano digno de tal nombre y fue en busca de un policía.

Y no sé en qué quedo la cosa, porque entonces el semáforo se puso en verde, y mi Amigo y yo cruzamos, con el paso más apretado de lo habitual, como queriéndonos alejar de tanta vergüenza.

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