Sobre mi profesión, como pasa con todas, hablan mucho los que no entienden, o sea, los de fuera.
Dicen muchos perros que nosotros, los lazarillos, somos menos canes que ellos porque no corremos como locos por los parques, y nos pasamos toda la vida andando despacito con un señor agarrado.
¡Qué equivocados están! Pues, según tengo observado, correr no es ninguna bendición, sino más bien una condena que no sé quién la ha puesto al mundo de hoy en día. Yo, por mi parte, no correría ni aunque pudiera.
Los humanos se pasan el día entero corriendo porque llegan tarde a todos sitios. Y yo, por las caras que les veo, me pregunto si no les convendría organizarse la vida para tener menos sitios a los que llegar.
Mi amigo y yo, por nuestra parte, nos tomamos la vida con calma. Tenemos pocos compromisos y siempre salimos con tiempo de sobra para cumplirlos. Caminamos despacito por la calle y yo, por la cara de relajado que le veo a mi amigo, he llegado a la conclusión que no hay vehículo más lujoso que ir paseando tranquilamente.
Mi amigo y yo vamos mucho por el parque. Yo tengo tiempo de disfrutar de los olores de temporada -flores en primavera, cesped mojado en otoño-, de las vistas de los jardines cuidados con esmero, de la música de los niños riendo, del calor hospitalario del sol. Entonces, siempre suelo reparar en algún hermano perro de esos a los que han sacado a hacer ejercicio. Veo como les tirán un palo, y ellos van corriendo en busca, y lo traen de vuelta, y se lo vuelven a tirar -todavía más lejos, ¡qué manera de tomarle el pelo al pobre chucho hermano mío!- y allá va él a su captura, con unos nervios y una cara de agobio que me parece a mí que no pueden ser sanos.
Y yo siempre me quedo con las ganas de decirles a esos hermanos míos, contagiados de la prisa y el estrés de sus dueños: "¿tú crees que esto es vida, gilipollas?"
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