-Buenos días.
La voz del caballero con las carpetas era temblorosa. Martín estaba acostumbrado, a todo el mundo le fallaba la vocalización -en mayor o menor medida- cuando se enfrentaba a él.
-Buenos días, siéntese, por favor.
Martín fue seco, severo, profesional. Como siempre, como exigía su puesto.
El caballero de las carpetas obedeció como un corderito de tímida sonrisa. Todos los hacían con Martín.
No era le primera vez que sus caminos se cruzaban. Martín había pisado ese mismo edificio hacía un par de meses, aunque no en calidad de frío auditor, sino de simple paciente.
A Martín no le gustaba ser un paciente -como a todo el mundo, pero a él especialmente-. Ahora, ante sí, tenía un enfermero graciosillo, o eso le había parecido a Martín.
-¡No me sea cobardica, hombre, que es un pinchacito que no le duele ni a las nenitas, se lo promete el enfermero Moncalín!
El caso es que no le había hecho gracia, ni pizca. Y cuando se había enterado de que a aquel hospital le tocaba pasar auditoria con su empresa, Martín se había gastado los favores necesarios para asegurarse de que la iba a dirigir él personalmente.
"El enfermero Moncalín", grave error andar dando datos por ahí.
-Don José Moncalín, ¿verdad?
-Servidor.
-Muy bien, pues me va usted entregando los documentos que le vaya indicando, por favor.
El pinchazo fue un instante, desagradable, pero un instante.
La auditoria, en cambio, iba a durar algo más.
Y Martín sabía perfectamente dónde había que pinchar...
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