Tenía ya más de cuarenta años. Quizás había llegado el momento de dejarlo, pero, ¿qué es lo peor que le podía pasar, que le mataran? Eso ya le importaba poco. Le había tenía bastante aprecio a su vida cuando él luchaba por su país. Pero eso fue antes de que el Enemigo lo conquistara, antes de que él se viera obligado a escapar con su avión, dejando absolutamente toda su vida atrás. Una vida ya inexistente que el Enemigo había arrasado por completo, sin que él hubiera podido evitarlo.
Sí, lo cierto era que no podían quitarle la vida, porque ya se la habían quitado.
Lo más romántico habría sido haber luchado hasta el final por su país, pero él era un tipo práctico. Cuando ya estaba todo perdido, decidió buscarse una causa que todavía se pudiera ganar y luchar por ella. Por eso se había ido a aquel país, el país que ahora se enfrentaba al Enemigo. Si no había podido salvar a su patria y a sus seres queridos del Enemigo, quizás podría contribuir a que otros no pasaran por lo que a él le había tocado.
Llevaba ya casi cinco años peleando junto a sus nuevos compañeros de armas y, pese a que el Enemigo era un rodillo militar de tremendo poder, apenas les habían arrebatado medio centenar de kilómetros en todo este tiempo.
El Mercenario era oficialmente coronel de un ala de defensa aérea. Había perdido la cuenta del número de misiones que había volado, de la cifra exacta de enemigos que había abatido, de la cantidad de veces que había tenido que aterrizar de emergencia o saltar en paracaídas. Pero lo importante era que no habían podido con él. El Enemigo lo sabía, y él sabía que lo sabían.
No podía dejar de volar, porque la convicción de que esos hijos de puta jamás podrían ni con él ni con su nuevo bando era toda su Vida.

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