Una cazadora, vieja, sucia, desgastada, irrepetible, grandiosa, es lo único que el Mercenario conservaba de su pasado al servicio de su país.
Un joven teniente se fijó en ella, colgada con descuidado mimo del respaldo de una silla.
-¡Qué maravilla de chaqueta, mi coronel!
Con el halago perfectamente oculto bajo un muro de indiferencia, el Mercenario se limitó a asentir sin apartar la vista de la lectura.
-¿Qué es este parche, señor?
El Mercenario se apresuró a coger la prenda, como si fuera un marido celoso de que cualquier mano extraña se posara en su esposa.
-Es el emblema de mi viejo escuadrón.
-Es una piedra.
-Sí, con ojitos y cara de mala leche.
-¿El nombre de la unidad?
-Sí, así nos llamaban: los "Piedras".
-Porque eran ustedes muy duros, supongo.
-No, porque no teníamos sentimientos, como las piedras. El corazón nos había estallado, como un tomate podrido al que le pones un petardo dentro. Pero, sobre todo, nos llamaban así porque se nos podía tirar a un río y no pasaba nada. Éramos perfectamente prescindibles, este mundo podía seguir girando sin nosotros. De hecho, lo hizo.
El teniente guardó silencio. Estaba claro que su oficial al mando era la única piedra que no había acabado en el fondo del río.
-No se preocupe, teniente, se tarda en convertirse uno en piedra. Con un poco de suerte. esta puta guerra habrá terminado antes de que a usted le pase- dijo el Mercenario mientras se ponía la chaqueta. De repente, le apetecía dar un paseo.
Solo.
Nadie puede ser una piedra todo el rato. Ni tan siquiera él.

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