El comisario vio perderse al agente al otro lado de la puerta y suspiró aliviado. Fin de la alarma social, fin del problema: el sanguinario asesino se había entregado a las pocas horas de que emergiera toda la sangre de sus crímenes.
-Este es, jefe.
No tenía pinta de asesino, pero, después de todo, ninguno la tiene. Todos tienen pinta de persona perfectamente normal, porque todos nosotros -personas normales- podemos ser asesinos.
-¿Ha confesado?
-Sí, todos. El padre, la madre, los dos hijos, la abuela, el perrito...
-Bien, pasará ahora usted a disposición judicial.
-¿Tardarán mucho en juzgarme?
-No sé...Lo normal.
-¡A ver si me condenan lo antes posible!
-Supongo que sabe cuál será muy probablemente esa condena.
-Sí, y con ansia la espero.
-¿La muerte?
-¡Por favor! Por eso maté a tantos y así, para garantizarme el pasaporte al verdugo.
-¿Y por qué no se quitó usted la vida en vez robársela a esa pobre familia?
-No tuve valor...Además, el suicidio va en contra de mis convicciones.
-¿Y matar no?
-Ya le he dicho que tampoco tenía valor.
-¿Y para matar sí?
-Es más fácil matar a alguien que no conoces que a alguien a quien amas.
-¿Y usted se ama a sí mismo? ¡Permita que lo dude!
-Da igual ahora, me voy a ir de este mundo y eso es lo que cuenta.
-Por lo que a mí respecta, ¡ojalá le condenen a cadena perpetua!
-¡No, no será tan duro, tan cruel el juez como para imponerme pena de vida, de mí vida!
-Eso espero, que caiga sobre usted todo el peso de la Ley.
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