-¡Pues yo me pensaba que un "corcel" era la cosas esa que llevaban las mujeres antes...ja, ja, ja!
Manolo Zorraina era un demócrata de la burla: igual se ríe de la ignorancia propia que de la ajena.
-¡Pues mi padre no tiene ni idea de analizar oraciones, dónde están los ríos o hacer raíces cuadradas de esas, y bien bien que le ha ido en la vida! ¿Sabes por qué? ¡Pues porque de lo único que sabe es de lo que hay que saber: de currar y echarle narices!
Ese el argumento universal en virtud del cual Manolo Zorraina juzga, aboga y absuelve a la ignorancia. Y no hay más que hablar.
Aquel jueves, por no perder la costumbre, Manolo Zorraina estaba castigado por no saberse la lección (y por no haber traído los deberes). No es que hubiera muchas esperanzas de que aquello surtiera efecto, pero había que mantener las apariencias.
Don José se había prestado a ejercer de carcelero del reo convicto y confeso de ignorancia. Tenía que corregir, e igual le daba allí que en su casa (de hecho -y para ser sinceros- allí se concentraba mejor).
-¿Puedo ir al aseo?
Don José no levantó la vista de su labor. Estaba en mitad de una pregunta de traducción, y nada hay más fastidioso que se interrumpido en la mitad de la corrección de un examen.
-Ve, ve -concedió Don José sin levantar la vista de un acusativo.
Sin embargo, Manolo Zorraina no reaccionó de inmediato, se quedó mirando aquellos símbolos tan raros escritos en el folio de examen.
-¿Qué pasa, se tan ha pasado las ganas, Manuel?
-No...Es que...Usted entiende esto tan raro, ¿verdad?
-Sí, claro, es mi devoción, y puede que hasta mi profesión.
Manolo Zorraina, sesudo, asintió:
-Tiene que molar...Entender estas cosas tan raras, digo...¡Tiene que molar!
-Bueno, pues estúdialo como yo lo hice. No tiene más misterio que mucho trabajo.
-Ya....Bueno, me voy a mear.

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