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sábado, 26 de octubre de 2013

La Fría Generosidad del León.

No estaba siendo su partido, ni su temporada, ni -según se sentía en aquel momento- su vida. No obstante, el míster le seguía sacando, pese a la incomprensión de los aficionados y la presión de la prensa.

-Me da honradez y generosidad en el esfuerzo, y no le puedo pedir más a un futbolista- fue la justificación que había dado el entrenador ante la lluvia de la misma pregunta formulada de mil maneras diferentes.

-Goles, quizás- fue la presuntamente ingeniosa respuesta del siempre incisivo niñato metido a licenciado en periodismo Lolo Holgada.

Pero, pese a que no estaba siendo su partido, ni su temporada, ni su vida, quedaban tres minutos y, contra todo pronóstico, iban ganando. Era por un gol, un solo gol, en el que les iba la vida o, lo que es peor, el título.

Había llegado el momento de hacer el clásico cambio vació, esa maniobra carente de cualquier finalidad deportiva salvo dejar pasar el tiempo sin que pasara nada.

Sabía perfectamente que era el elegido y, como tal, según vio que su compañero se iba acercando a la banda, él se fue alejando hacia la otra esquina del terreno. Como un toro bien bravo, venció al miedo y al instinto y se alejó de la seguridad de la querencia.

Ahí estaba, su dorsal en la tablilla. Lentamente, con trote cansino, fue atravesando el campo bañado en una punzante lluvia de silbidos. El corazón, el orgullo, casi la dignidad, decían: "¡corre, corre como un conejo al refugio del túnel de vestuarios!" Pero la razón y el oficio le volvían el paso cada vez más cansino. Se desvió brevemente para estrechar la mano del árbitros. "¡Dese prisa!", le ordenó. Pero dio igual. Los pitos eran cada vez más fuertes, su caminar cada vez más lento.

Ya estaba fuera, se acabó el suplicio. Pasó junto al míster, que le regaló un sonrisa y una carantoña en el cogote.

Lo dicho, todo honradez y generosidad.




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