Ojeó el catálogo de la subasta, aunque bien sabía que no iba a comprar nada. Todo estaba lejos de su presupuesto, muchísimo. Pero, aun así, soñar es gratis.
Lo más barato salía por un año y medio de su humilde salario. Pero, aun así, soñar es gratis.
Pero, si le dieran a elegir entre todos los lotes que se presentaban, se decantaría por el 12. Sin lugar a dudas. Él, y cualquiera con dos dedos de frente o medio de sensibilidad.
Era un libro, de texto, un humilde manual escolar. Una foto con mayor detalle mostraba el precio original. El equivalente a apenas unos segundos de oficina (aunque, claro estaba, era un precio fijado hacía casi cien años). ¡Ojalá lo pudiera comprar tan barato! Pero no, el precio de salida del dichoso y codiciado lote 12 eran casi 50 años de su sueldo. En otras palabras, más de lo que iba a ganar en toda su vida.
Por un libro, o -para ser más exactos- por la página 43 de un manual de Química de principios de siglo, amarillenta, sucia y única.
En fin, la subasta iba a comenzar. Sólo le quedaba sentarse y rabiar de envidia.
* * *
-¡Walters, ¿no le da vergüenza?! ¡Pintarrajeando un libro, todo un estudiante del último curso de Bachillerato!
-Lo siento, don Amalio.
-¿Qué ha escrito usted? ¡Deje que vea...! "Las flores con que me apuntaste al corazón" ¿Qué clase de tontería es esta?
-Es una frase que se me ha ocurrido y me gusta mucho, don Amalio. Si algún día escribo un libro, ese será sin duda el título.
-¡Ande, ande, Walters, póngase a trabajar en la formulación, que buena falta le hace, y déjese de tonterías!
* * *
67 años de su sueldo, ese había sido el precio final. Había sido un comprador anónimo, japonés seguramente. Walters gustaba mucho en Japón. Como en todo el mundo, en realidad.
Regresó a su humilde pisito y no pudo evitar dirigirse derecho a la librería. En el sitio más principal, su libro favorito, como el de tanta gente.
"Las flores con que me apuntaste al corazón", de Iñigo Walters.

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