-¿Por qué te metiste a esto, Hothgar?
El marinero sonrió, al tiempo que tensaba la cuerda de su arco.
-Siempre me ha gustado el olor del mar, hermano.
-¡Tú lo que tenías que ser es arquero de su majestad, no un simple pescador!
-En los campos de batalla huele a sangre, no a salitre.
-¡Pero serías el mejor de los arqueros reales, el señor te acabaría dando un título de nobleza, te daría tierras, serías rico!
-Pero yo no quiero tierras, sino mares, y eso no me lo puede conceder ni nuestro rey ni ningún otro.
-No te entiendo, ¿no te gusta tirar con arco? ¡Si estás todo el día con él, cuidándolo, y tirando a esa diana que te has pintado en una tabla!
-Me encanta tirar, sí, pero no me gusta ser un prisionero de la tierra, ni me gusta matar a hombres contra los que lo único que tengo es su nacionalidad.
-Pero, entonces, ¿de qué te vale ser el mejor arquero del reino si malgastas todo tu talento en un barco pesquero de mala muerte?
-Mi talento es mío, hago con él lo que quiero.
-¡Pues yo creo que eres un egoísta, privando a tu país de tu talento en el campo de batalla!
-Mejor un egoísta que un asesino.
-Lo siento, pero no entiendo. ¡Si al menos pudieras pescar con tu arco!
-Me da igual, el que me tiene que entender soy yo mismo, y, en cualquier caso, el amor al mar es algo que nunca sería capaz de explicarte.
Hothgar tomó su arco, miró al puesto de vigía y, con pasmosa facilidad, lanzó una flecha que atravesó en todo el centro una manzana que comía el desprevenido centinela.
Luego, se fue en busca de la red para intentar seguir siendo casi feliz.
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