San Cristobal había sido un pintor barroco regular tirando a malo. Nadie se explicaba, por tanto, que don Arturo María, con lo mucho entendía de arte -casi tanto como de fútbol y toros-, se hubiera empeñado en ser propietario de toda su obra. Cosas de la edad, sin duda.
Lo bueno era que, siendo tan flojito, adquirir cuadros del Diego San Cristobal salía bastante asequible. Aunque a don Arturo María lo del dinero tampoco le preocupaba mucho. Heredar con ojo tiene esas ventajas.
Lo único que empañaba la completa felicidad artística de don Arturo María era un señor de Burgos, que tenía en su casa el único cuadro de San Cristobal que le faltaba a don Arturo María para cerrar su colección. Esto también había venido por herencia. En concreto, se trataba de una Última Cena que, más que devoción, lo que producía era bastante pena.
-Si no es por el dinero, mire usted, es que a un recuerdo familiar no se le puede poner precio.
-Pero, señor mío, ¿usted es consciente de la millonada que le ofrezco?
El que sin duda lo era resultaba ser el abogado de don Arturo María.
-¡Que ya le digo que no es por el dinero, jefe! Si es que es un recuerdo y yo, tanto dinero, pues tampoco tengo ni el cuerpo ni el tiempo de gastármelo en condiciones.
-Ya.
-¿Tiene usted hijos?- terció el abogado.
-No, me quedé soltero, ¿sabe usted?
-¡Pues entonces acepte dejar el cuadro en herencia a don Arturo María!
-Hombre, eso si me parece mejor idea. Por un precio razonable, le regalo a usted el cuadro cuando me muera.
-¿Pero no decía que a usted ya no le interesaba el dinero?
-Es que, visto así, la cosa cambia.
Y en eso se cerró el trato: una millonada a cambio de heredar un cuadro.
El señor de Burgos se compró una casa en playa y se fue para allá -cuadro incluido- a pulirse su pequeña fortuna.
Por lo que a don Arturo María respecta, ahora que parecía que la colección completa estaba asegurada, le dio un ataque de satisfacción aguda y de él se murió.
En el velatorio, uno de los herederos de don Antonio María, despojado de la millonada que le habían pagado al señor de Burgos por un cuadro que no valía nada, le dijo al abogado.
-¡Macho, te podías haber quedado "callao"!
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