Fuego. Cuando uno vive en las cavernas de la Edad de Piedra, no hay mayor expresión de un sueño tecnológico: adiós a la oscuridad nocturna, al frío de las madrugadas de invierno, a la carne dura y correosa...
Aquella tribu había oído hablar del tal fuego, pero nadie parecía capaz de coseguirlo. De hecho, el viejo rey Bigot se estaba muriendo sin haber podido ofrecer a su pueblo el presente tan lárgamente prometido.
Bigot tenía dos hijos: Ragó -el varón- y Hopita -la mujer-. Ambos ansiaban suceder a su padre como cabeza de la tribu, pero éste siempre se había negado a nombrar heredero. "Es demasiado pronto", solía decir.
Pero ya había llegado la hora.
"¡Hijos míos, no me queda mucho! Marchad del poblado en busca del tan ansiado fuego. El que primero que logre traerlo será el nuevo jefe".
Ambos partieron.
Un mes después, Bigot murió y, como por arte de magia, ese mismo día Ragó apareció por el horizonte. En su mano, portaba una inmensa antorcha.
¡El fuego, Ragó traía el fuego! ¡Él sería el nuevo jefe!
Dos días después, Hopita también regreso al pueblo. Con la manos vacías de llamas.
-¡Hermano, has vencido! Sólo me queda aceptar mi derrota y marchar al exilio. Sólo te pido, como gracia especial, que dejes llevarme una llamita para poder yo también disfrutar en solitario de su luz y su calor.
Ragó, ahogado en su propia soberbia, concedió el deseo a su hermana, la cual marchó a vivir en una pequeña colina que dominaba el valle de las cavernas.
Con el fuego, llegó la prosperidad y la felicidad al poblado. A los pocos meses, ya no podían vivir sin las comodidades que ofrecía el ardiente amigo. ¡Ragó era el mejor jefe que se podía tener!
Ragó, consciente de la importancia del oro humeante, había mandado que hubiera siempre dos centinelas cuidando de él, de manera que nadie se pudiera acercarse.
Entonces, una madrugada, Hopita se deslizó dentró del poblado provista de un cubo hecho con maderas. Lo había llenado de agua.
Llegó hasta el santuario del fuego y, antes de que los centinelas pudieran reaccionar, arrojó el líquido elemento sobre la hoguera, que murió en el acto.
Los guardianes, sorprendidos por el efecto letal del agua y ciegos de ira, se lanzaron sobre la agresora y llamaron a su jefe de inmediato.
-¡Traidora!. ¿por qué has hecho esto? ¡Lo vas a pagar con la vida!
-Como deséis, pero yo tengo un poco de fuego escondido en lugar secreto. Si me matáis, despedíos de todas las comodidades.
Los cavernícolas se quedaron todos en silencio, ¿quién podría ya renunciar al calor, la luz y la carne hechita?
-¿Qué quieres a cambio del fuego? -terció uno de los ancianos.
-Ser la nueva jefa de la tribu, y la cabeza de mi hermano.
.¡Canalla!
Ragó saltó para intentar segarle la vida a su hermana, pero los mismos centinelas que le habían avisado, le pararon los pies en seco.
La suerte estaba echada.
Antes de que le rebanaran la cabeza, para exponerla clavada en una estaca al pie de la nueva hoguera, Ragó llegó a una interesanta conclusión:
"No basta con tener fuego, también hay que saber cómo se enciende y que hay muchas maneras de apagarlo".
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