Ciudad Universitaria como pocas es la bonita localidad de Cambridge, a orillas del río del mismo nombre (pero sin el "bridge", se entiende).
El padre Helm era profesor de Teología por recomendación expresa de su provincial. Aunque había recibido el nombramiento con la falsa modestia de rigor ("¡Pero si yo no sé nada de Teología"), la verdad era que, en la intimidad de sus paseos matutinos en solitario, se consideraba de sobra preparado para cumpliar con la tarea encomendada, y, aunque le estuviera mal tal vanidad, estaba muy orgulloso del objetivo logrado.
Sus grupos no eran numerosos, pues es bien sabido que la Teología no da para montar despachos ni consultas privadas, y estaba formado -en su mayoría- por representantes de los más diversos estadios de las carrera sacerdotal, con un cierto predominio de novicios.
Era, en suma, un público con interés por las clases, que planteaba cuestiones en abundancia y que, pese a que entraba sin vacilar en el debate y lo libraba con relativa vehemencia, lo perdía con completa docilidad, aplastados por la pesada prepotencia dialéctica del padre Helm.
Conclusión: que el padre Helm era feliz con su plácida vida de docente universitario, con paseos matutinos y el ocasional vaso de jerez en la residencia del señor decano.
Pero, como lo aparentemente perfecto nunca dura, en la vida del padre Helm se cruzó un alumno cachazudo, regordete y gran aficionado el ajedrez.
Olvidé mencionar que era el arte del tablero arlequinado el único vicio -si es que a tal cosa se la puede denominar así- que se permitía el padre Helms.
No tardaron maestro y discípulo en citarse para cruzar piezas con un bonito parque inglés como testigo.
Pero menos tardó el alumno en derrotar a su ilustre enemigo, el cual, aturdido ante tan rápida e inesperada derrota, lo único que acertó a decir fue:
-¡Te felicito, hijo, pues no he logrado entender el objetivo real de tus jugadas, ni precedir las siguientes!
-Entonces, padre, me temo que he de borrarme de su curso de Teología, pues un hombre que no es capaz de entender mis movimentos al ajedrez, difícilmente entenderá los que hace Dios con el Universo.
Y ese fue el baño de humildad que el engreido padre Helms recibió de un jovenzuelo de Burgos llamado Manuel Becerra.
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