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viernes, 13 de septiembre de 2013

La Muy Secreta Sociedad del Decametrón: Prólogo.

Era sólo cuestión de tiempo. Los vagones del Metro se habían vuelto aburridos y rutinarios más allá de lo creativamente admisible. El mismo nombre de las estaciones se había vendido al mejor postor. Había llegado el momento de que la Inteligencia y el Arte contraatacaran.

Y así nacieron ellos, como comandos de una guerrilla en combate sin cuartel contra los días que son todos iguales y las horas vacías de vida.

Su ideal, el "Decametrón", justo homenaje al "Decamerón" como semilla de historias para hacer el tedio de cualquier tipo más bello y llevadero.

Vagan por los vagones en busca de compañeros "decamétricos". Se reconocen por un muy sencillo gesto -tanto que pasa totalmente desapercibido para los no iniciados-: golpean con sus nudillos el asiento contiguo. Tres golpes, y ni uno más. Si algún "decamétrico" se encuentra en el mismo compartimento, rápidamente se acerca para sentarse a su lado. Es el momento de la verdad.

Ambos intercambian el nombre de la estación en la que se van a bajar. Entonces, la regla del juego es clara y sencilla: el que se apea antes le tiene contar a su compañero una historia con tan sólo dos normas: ha de comenzar con el nombre de la estación que acaban de abandonar, y terminar con el nombre de la estación en la que se baja.

Así, por este sencillo método, miles de pequeños relatos -de todo tipo y condición- reptan por los vagones de Metro, como reptiles constrictores dispuestos estrangular a golpe de Literatura a la mediocridad, la rutina y el tedio que dominan a los vagones del suburbano.

Por tanto, esté atento. La próxima vez que vea que un desconocido le habla a otro con la voz muy bajita en un vagón de Metro, cuando observe que el otro le atiende sin casi respirar, cuando vea que uno se apea y el otro se ha quedado con un sonrisa de oreja a corazón.

Entonces, sin duda, usted se ha topado de bruces con dos "decamétricos" en acción.

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