En la Inglaterra monárquica, Tudor y Estuardo de los siglos XV, XVI y XVII existía la curiosa figura del "whipping boy" (chico de los azotes). Básicamente, era un niño que crecía y se educaba con el príncipe y que, dado que nadie le podía tocar un pelo al heredero (es lo que tiene que a los reyes los haya designado Dios por designio oficial), recibía el riguroso castigo de rigor cada vez que el príncipe hacía alguna, ya fuera por lo disciplinario o por lo académico.
Dicho así, pues, ¡qué faena!, pero luego, igual no era para tanto.
Lo primero, porque, azotainas aparte, se vivía en la corte, con lo que se comía bien, se dormía en blando, se recibía una buena educación y, en especial, uno se hacía amiguete del futuro rey.
Ahí estaba la clave del asunto, que el "whipping boy" era de los pocos, quizás el único, amiguito que tenía el heredero y, quieras que no, a menudo duele más que le zurren a un colega por tu culpa que a ti mismo, por lo que un castigo así -en tercera persona en vez de en primera- quizá surtía más efecto. Eso, claro está, suponiendo que el noble de sangre también lo fuera de corazón. De lo contrario, estaba uno perdido...
Total, que principito y "whipping boy" crecían juntos y hermanados por la amistad, y no era raro que, con su colega ya coronado, el "whipping boy" recibiera algún tipo de premio-reconocimiento en forma de título nobiliario (que, a generoso, pocos pueden llegar a la altura de un soberano).
Ya ve, en eso se ha cambiado poco, nada como estar cerquita de un buen árbol si uno quiere estar cobijadito de la pobreza. Visto así, lo de "ser un trepa" está más traído, porque tales personajes, más que subirse a un árbol, lo que hacen acercase a él, lo más cerca posible, y dando los empujones que sea menester.
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