"¿Por qué no ataca este mamón?", ya estaba bien entrada la recta final y Collíns parecía no haberse enterado. Pero Adolfo sabía que debía estar tranquilo y no dejarse dominar por los nervios.
Entonces, como una descarga eléctrica, "Hotspur Burrito" cambió el ritmo y salíó disparado en su particular "moto". Adolfo reaccionó en milésimas de segundo y lanzó también a "El Cojo" .
Por todo el exterior de la pista, el resto de participantes fueron superados por la pareja, como si, de repente, hubieran empezado a correr sobre una cinta mecánica.
A falta de cien metros para el final -cinco míseros segundos- estaba bien claro que los pronósticos se iban a cumplir, aunque era imposible saber a favor de qué lado de la balanza. Dependiendo del tranco, una nariz se imponía a la otra, mientras los jockeys se revolvían sobre sus monturas con la misma enérgica desesperación y lucha de dos tigres acorralados en una red.
Adolfo estaba convencido de que conocía bien sus límites, de que se había exprimido hasta el límite cientos de veces, pero estaba equivocado: una fuerza, una determinación que ignoraba tener, que seguramente nunca volverían a aperecer, se había apoderado de él y estaba tirando de ese caballo como jamás soñó que él o cualquier otro ser humano pudiera. Quizás fue el clamor del público del templo Longchamp adorándole en pie, quizás las ganas que tenía de ganarle a ese maldito caballo y darle una alegría a su gente, sin duda una mezcla de todo aquello. Pero, fuera lo que fuera, fueron los cinco segundos más felices de su vida.
A su lado, el recital de tacos anglosajones que llegaban dejaba bien claro que el "divino" Collins también se estaba empleando al máximo.
Y entonces, la meta.
¿Quién había ganado? No tenía ni idea. Con el corazón aún latiéndole en la boca, se giró hacia Collins, quien, también intentando recuperar el resuello, se limitó a encogerse de hombros.
Misteriosamente, a Adolfo le daba igual. Sin poder evitarlo, sin duda por la inercia emocial de la carrera de su vida, extendió el puño hacia el inglés, y éste, sometido también a la pasión deportiva en estado puro, mandó a paseo su prestigio de "hombre de hielo": sonrió y cochó el suyo contra el de Adolfo. La imagen sería, el día siguente, imagen de portada del "Racing Post" inglés.
Estaban diciendo algo en francés por la megafonía -seguramente el resultado de la carrera-, pero a Adolfo le importaba un pito. Recordó, por enésima vez en su carrera, las palabras de aquel entrenador de barrio: "¿Quieres ser invencible? Entonces no puedes consentir que nadie te gane,
que ni la Derrota en persona puede vencerte". ¿Qué más daba si había ganado o perdido? Había luchado hasta más allá de su límite, y eso no le podía quitar nadie; habría una próxima carrera, y allí estaría él para pelearla, y eso no le podía quitar nadie. Era, sin duda, invencible.
Metió la debajo de su montura y extrajo de un tirón algo que ya había metido allí antes de correr en Epsom y Derby, y que entonces no había considerado oportuno sacar, pero ahora sí, era el momento idóneo: agarró fuerte su vieja camiseta de portero del "Orgullo de la Ventolera" y empezó a ondearla al viento: era la bandera de los que nunca se rinden, era la celebración de la ilusión y la voluntad eterna de lucha como sentido de la vida y manantial de Felicidad en estado puro.
* * *
Al día siguiente, Adolfo en persona ayudaba a "El Marqués" a subir las escalerillas del avión. Iba con un brazo en cabestrillo.
-Beltrán, todavía no me explico cómo se puede uno hacer luxación de hombro de un corte de mangas.
-¡Es que no se gana el Arco del Triunfo todos los días., y reconoce que ese árabe chulo se lo merecía! Me quede más a gusto...
-Ya, pero reconoce tú que no quedó muy elegante -remató Adolfo muerto de risa.
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