El Amor, no sé si como una plaga o como una bendición, acaba alcanzando a todo el mundo, incluso a Jonathan Cañamaque.
La afortunada, si usted conociera a Jonathan pensaría lo mismito que yo, era Mónica Vidalete, presumida, pizpireta y adicta al color rosa.
Al principio, Jona intentó tomarse aquello como una gripe o un constipado, convencido de que, si lo dejaba pasar, se le acabaría pasando. Pero ya va para tres meses, y la cosa no mejora, así que Jona se ha decidido a coger el toro por los cuernos a la salida de clase esta tarde. El guaperas de Josete Pardeca hará las veces de subalterno de este novillero Romeíto y, a golpe de sonrisa y picardía, alejará a las amiguitas de Mónica, para que Jona pueda quedarse solo y valiente para hacerle frente a su destino.
Leopoldo no sabe nada, pero lo sospecha todo, y algo ha oído. Así que, casualidades de la vida, está dedicando la última hora de clase, la de antes de saltar a la arena el muchacho, a realizar algunas audiciones con los alumnos, obviamente como parte de su temario de Educación Musical.
Una tras otra, la clase se va llenando de las melodías más románticamente bellas que Leopoldo ha sido capaz de encontrar. Casi una hora de violines y pianitos suaves hasta que, como clarines y timbales, sonó el timbre de la salida.
-¡Jo, macho, menuda cursilería de clase! -comentó Josete a su colega Jona.
Éste, con el gesto desencajado, le hizo una señal: date prisa, tío, que las niñas se nos van.
Cuando pasó por al lado de la mesa de Leopoldo, éste no pudo evitar despedirse así de su alumno: "¡Suerte, maestro!"
A lo que Jona ni contestó, sin duda porque no le había oído. En ese momento, "no estaba pa' naide".

No hay comentarios:
Publicar un comentario