En lo alto de la loma, contemplando aquel sorprendente panorama, el periodista inglés se llevó a la frente el pañuelo para secarse -y la mano para escandalizarse-.
A su lado, el alcaide de la prisión contempló la escena y se sonrió.
-Le sorprende ver a los internos recogiendo algodón, ¿cierto, amigo?
-Pues...La verdad es que mucho.
-Bueno, amigo, esto es el Sur...El algodón es una parte importante de nuestra economía.
-Ya, pero no me figuraba que se forzara a los internos a recogerlo.
-Es una manera de que esta gente salde su deuda con la sociedad. Ninguno de ellos es un angelito, ¿sabe? Asesinos, violadores...¡Eso lo que son! Además, les pagamos 20 centavos la hora ¿Le sigue pareciendo tan grave?
-Su cárcel, sus normas, alcaide Abel.
El alcaide sonrió, aquel entrometido chupatintas inglés era dócil. No crearía problemas.
-¿Quiere conocer a alguno?
-¿Es posible? ¿No será...peligroso?
-En absoluto, mis muchachos cuidarán de nosotros -dijo el alcaide, mientras señalaba orgulloso a los guardias que, montados a caballo, patrullaban fusil al hombro entre los trabajadores-.
Tras bajar la loma, el periodista se acercó al preso más cercano.
-Hola, soy un periodista de "The Brighton Herald". Estoy haciendo un reportaje sobre esta prisión. ¿Le importa que le haga unas preguntas?
El interno miró al alcaide en busca de licencia, la cual le fue concedida con una sonrisa paternalista de guarnición.
-Usted dirá.
-¿Qué le parece tener que trabajar en el campo?
-¡Ah, no está tan mal como parece!
-¿Perdón?
-Estoy con la perpetua, ¿sabe?, y el único mometo del día en que me sacan de la celda es para trabajar aquí. ¡Yo prefiero el aire libre y el sol a estar encerrado!
El periodista se limitó a sonreír, confuso.
-Gracias...Bueno, alcaide Abel, creo que ya tengo suficiente material.
-Muy bien, como guste.
De vuelta al hotel en su coche, el periodista iba pensando que aquel reportaje en el que había depositado ciertas esperanzas profesionales estaba condenado a ser un fracaso. Estaba más que claro que los prisioneros habían sido perfectamente aleccionados.
En realidad, el inglés era una porquería de periodista. El alcaide no había dado ningún tipo de instrucción especial a los internos. El chico no había mentido.
Un periodista con un poco de olfato habría hecho una visita a las celdas y se habría dado cuenta de que, sin duda, recoger algodón a 40 grados era preferible a estar metido en ese sitio.
Pero, desgraciadamente, se trataba de un torpe periodista inglés.
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