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sábado, 4 de febrero de 2012

El Orgullo de la Ventolera (6).

Ya estaba todo hablado sobre cómo afrontar aquella carrera. "El Marqués" se limitó a sonreírle a "su Agolfillo", darle un cachetito en la mejilla y decirle: "Pase lo que pase, todo esto es lo más bonito que jamás me haya pasado como propietario"

Adolfo devolvió la sonrisa y salió al encuentro de "El Cojo". Montó de un salto, le dio un par golpes cariñosos en el cuello e inició el camino hacia los cajones de salida.

No estaba nervioso, estaba triste, triste porque sabía que ésa era la última: "El Cojo" era demasiado valioso como para seguir arriesgando sus patas en la pista, tenía que iniciar su carrera de semental. "El Marqués" y él ya lo había hablado. Egoistamente, podría haber convencido al propietario para que siguiera corriendo, pero él no era un egoista. Y, con la retirada de "El Cojo", se acabaron los grandes premios internacionales, los multitudes de decenas de miles de personas...significaría la vuelta a las carreras nacionales ante los poquitos aficionados de siempre.

"El Cojo" entró en el cajón con la docilidad de costumbre. En el de al lado ya esperaban "Hotspur Burrito" y Collins. También era la última para el invicto "Hotspur", en la misma situación que "El Cojo". Su mirada se cruzó con la de Collins, y éste le sonrió y se tocó la visera de casco con la fusta, muy inglés.

Adolfo no puso evitar sentirse orgulloso, Collins no era precisamente de los que regalaban ese tipo de gestos. ¡No estaba mal para un pésimo portero alevín de barrio! Adolfo devolvió el saludo, y entonces, de sopetón,...¡zassss!...se abrierón los cajones


Tranquilo, tenía que ir tranquilo, y no cometer el mismo error de las otras dos veces, no dejar que la ansiedad lo dominara. Y así fueron cayendo los metros, con frenética lentitud, pegado a "Hotspur Burrito", que también se tomaba la carrera con cierta calma, en la parte trasera del grupo. Pese a que el resto del campo lo formaban la flor y nata de la hípica europea con un par de japoneses de primer order, Adolfo y Collíns sabían la cosa iba a estar -de nuevo- entre sus monturas.

Entonces llegaron a la última curva y empezó la locura colectiva: los diferentes jinetes empezason a mover frenéticamente los brazos para empujar a sus caballos a la su máximo rendimiento. Collins, sin embargo, permanecía tranquilo.

Y Adolfo, también. 

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