El director del centro de acogida de menores "Barrio de la Ventolera" sonrió mientras los críos -abatidos- pasaban a su lado en dirección al vestuario del polideportivo municipal.
-¡Vamos, vamos, chicos! ¡Arriba ese ánimo!
El director no solía ir a los partidos de aquel equipo de fútbol-sala, pero algún pez gordo del departamento había decidido que un periódico publicara un reportaje sobre los menores tutelados, y había que demostrar que se hacían buenas obras con el dinero del contribuyente.
En realidad, el equipo tampoco era como para estar muy contento. El "Orgullo de la Ventolera" iba el último de su grupo de la liga Alevín, encadenando paliza tras paliza. De hecho, de los 10 niños que empezaron la aventura, ya sólo quedaban 6.
En el banquillo, el entrenador del equipo, un sesentón del barrio que se había ofrecido voluntario para entrenar, consolaba a uno de sus jugadores.
-¿Ése es el porteró? -interrógo el periodista.
-Sí. -contestó el director.
-¡Pero si es muy pequeñajo!
-Ya, pero a él le gusta jugar de eso, y el entrenador no parece tener los conocimientos o el valor para quitarle. La verdad es que el tío no tiene ni idea de fútbol, pero le pone voluntad el hombre.
Ajeno al diálogo que tenía lugar a unos metros de él, el entrenador continuó hablando con su pupilo:
-¿Quieres ser invencible? Entonces no puedes consentir que nadie te gane, que ni la Derrota en persona puede vencerte, que nada ni nadie haga que te rindas...¿Te vas a rendir?
-No.
-¿Qué vas a hacer?
-Entrenar el martes y venir a jugar el sábado.
-¡Eso es! Tú, Adolfo, tienes el corazón de un campeón metido en el pecho. ¡Tú estás destinado a que algún día te aplaudan las multitudes!
El director sonrió ante la mentira piadosa y saludó al joven portero cuando pasó por su lado.
-Hola, entrenador. Este señor es de la prensa, está haciendo un reportaje sobre la casa. ¿Te importa que te haga un par de preguntas?
-No, pero, con su permiso, voy antes al servicio...
-Claro, hombre.
El entrenador se levantó del banquillo, no sin cierta dificultad, y se encaminó lentamente hacia los aseos.
-Oiga, ese tío es cojo, ¿no? -preguntó el periodisa.
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