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lunes, 30 de enero de 2012

El Orgullo de la Ventolera (1).

Los aprendices se ponen firmes, los compañeros saludan, y, en general, Adolfo no puede pasear su menuda figura por las cuadras sin que el aroma a respeto someta al tufo propio del lugar.

Box 32, en pleno corazón de la zona donde el Marqués pensiona y mima a sus idolatrados pupilos cuadrúpedos, allí le espera el aristócrata enamorado de las carreras de caballos. No está acostumbrado a esperar, pero Adolfo, "su" Adolfillo, su "Agolfillo" -como le bautizara hace ya veinte años su padre, el anterior Marqués- es diferente.

-Buenas, Beltrán.

-¿Cómo vas, "Agolfillo"?

-Bien...¿Éste es?

Adolfo siempre va al grano, no le gusta perder el tiempo.

-El mismo...¿Qué te parece?

-La verdad es que tiene una pinta estupenda...Sale al padre, pero ya sabes que hasta que no llegue la primavera y lo veamos en la pista, no se sabe, no se sabe...

-Ya, pero, te gusta, ¿no?

-Me encanta, Beltrán. Me encanta.

El Marqués respiró aliviado, feliz. El criador le pedía una pequeña fortuna por el potro de un añito, pero, si le gustaba a "Agolfillo", la iba a soltar con gusto. Nadie entendía tanto de aquellos bichos fascinantes como su jockey. Entendía casi tanto como su padre había entendido.

Tanta estima le tenía a "Agolfillo", la mano magistral que había guiado a sus mejores caballos en su mayores victorias, que hasta había decidido premiarle de un modo muy especial.

-¿Cómo le ponemos?

-¿Cómo dices?

-¡Que qué nombre le ponemos! Te dejo que elijas.

Adolfo acarició la testuz de aquella brillante promesa de gloria en los hipódromos y respondió con voz firme:

-¡"El Cojo"!

-¿Perdón?

-"El Cojo"

A cualquier otro, el Marqués le habría cruzado la cara por tan sólo sugerir bautizar así a esa belleza alazana, pero "Agolfillo", era "Agolfillo".

-Muy bien, hecho: "El Cojo".

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