Los aprendices se ponen firmes, los compañeros saludan, y, en general, Adolfo no puede pasear su menuda figura por las cuadras sin que el aroma a respeto someta al tufo propio del lugar.
Box 32, en pleno corazón de la zona donde el Marqués pensiona y mima a sus idolatrados pupilos cuadrúpedos, allí le espera el aristócrata enamorado de las carreras de caballos. No está acostumbrado a esperar, pero Adolfo, "su" Adolfillo, su "Agolfillo" -como le bautizara hace ya veinte años su padre, el anterior Marqués- es diferente.
-Buenas, Beltrán.
-¿Cómo vas, "Agolfillo"?
-Bien...¿Éste es?
Adolfo siempre va al grano, no le gusta perder el tiempo.
-El mismo...¿Qué te parece?
-La verdad es que tiene una pinta estupenda...Sale al padre, pero ya sabes que hasta que no llegue la primavera y lo veamos en la pista, no se sabe, no se sabe...
-Ya, pero, te gusta, ¿no?
-Me encanta, Beltrán. Me encanta.
El Marqués respiró aliviado, feliz. El criador le pedía una pequeña fortuna por el potro de un añito, pero, si le gustaba a "Agolfillo", la iba a soltar con gusto. Nadie entendía tanto de aquellos bichos fascinantes como su jockey. Entendía casi tanto como su padre había entendido.
Tanta estima le tenía a "Agolfillo", la mano magistral que había guiado a sus mejores caballos en su mayores victorias, que hasta había decidido premiarle de un modo muy especial.
-¿Cómo le ponemos?
-¿Cómo dices?
-¡Que qué nombre le ponemos! Te dejo que elijas.
Adolfo acarició la testuz de aquella brillante promesa de gloria en los hipódromos y respondió con voz firme:
-¡"El Cojo"!
-¿Perdón?
-"El Cojo"
A cualquier otro, el Marqués le habría cruzado la cara por tan sólo sugerir bautizar así a esa belleza alazana, pero "Agolfillo", era "Agolfillo".
-Muy bien, hecho: "El Cojo".
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