Adolfo nunca supo cuál era el nombre verdadero de aquel hombre. Todos le conocían como "El Cojo" y a él no parecía importarle (o quizás sí, pero le importaba más que se le notara). Por su parte. cuando Adolfo tenía que dirigirse a él, le decía simplemente: "míster".
Tan sólo le había sido su entrenador durante una temporada, justo antes de que alguien tuviera la bendita idea de llevar a los chavales del centro de acogida a conocer el hipódromo. Fue amor a primera vista: a las pocas semanas, empezaba en la escuela de aprendices.
Y, como en los cuentos de hadas, el inútil portero se transformó en prometedor jinete. Llegó el debut, llegaron las primeras victorias, llegó la grandeza...Pero, no obstante, Adolfo siempre había tenido la sensación de que nada de eso habría sido posible sin las cariñosas arengas que le había dedicado "El Cojo" durante aquella calamitosa temporada de fútbol. Después de todo, Adolfo era famoso por su manera de pelear los triunfos sobre el caballo hasta el último tranco, y a luchar así -a no rendirse jamás- le había enseñado "El Cojo".
Tenía aquella espinita clavada, el no haber podido agradecer a aquel hombre bueno que hubiera hecho de un niño pequeño un hombre grande. Le había perdido la pista al dejar equipo y nunca la había vuelto a encontrar. Ahora, casi con toda seguridad, ya era demasiado tarde. Pero aun así, "El Cojo" se merecía un grandioso homenaje, y desde el mismo momento en que lo vió, tuvo la corazonada de que aquel potrillo le iba a dar la oportunidad de tributárselo.
"El Marqués" se había hecho un traje carísimo para la ocasión, la ocasión de presumir en el día grande de las carreras en Inglaterra. Su padre la había tenido una vez y había disfrutado del recuerdo durante el resto de su vida. Flotó etéreo por el paddock hasta llegar a la esquina donde le esperaba Grajueña -el preparador del caballo- y su amadísimo "Algolfillo".
-¿Cómo lo ves, macho?
-Difícil, "Hotspur Burrito" es una bestia...Y lo monta Collins.
-Sí, ¡qué nombre tan feo para un caballo tan maravilloso!
-¡Parece que la cosa va de nombres horribles! -remató Grajueña.
Los tres hombres rieron, sin duda presa de los nervios. Los nervios de que "El Cojo" iba a correr el Derby de Epsom, el clásico por antonomasia del calendario hípico inglés.
"El Cojo" había soprepasado incluso las expectativas más optimistas. España se le había quedado minúscula, y tocaba ir a la conquista del mundo.
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