Un carrito de bebé, el tío que tenía delante quería facturar un carrito de bebé. ¡Y no se figura la odisea gestora que aquello suponía! Pliego, abro, mido, repliego, relleno papel, converso con la azafata-avestruz, vuelvo a plegar, vuelvo a medir, llamamos al encargado...
Ese día me percaté de que siempre me pongo en la cola del tedio y la incidencia inesperada. Es una habilidad especial que tengo. ¡Siempre pasa algo en mi fila!
Y cuando sólo hay una ventanilla o mostrador, pues uno se aplica lo de mal de muchos consuelo de pocos y se pone la armadura paciente.
Pero, (¡ah, amigo!) lo peor es cuando hay varias colas paralelas. Entonces, uno observa como ellos avanzan y tú no. En este crucial instante, tienes que decidir si mantenerse leal a la fila propia, o ser un vil traidor y pasarse a la otra.
Yo siempre -tozudo- aguanto, aguanto y aguanto al cubo, hasta que la simpática monjita que hace nada era una figurita en la lejanía aeroportuaria, te sobrepasa con su sonrisa angelical y arretintinada. En ese momento, uno se rinde y se pasa al otro bando.
Te sientes una rata chaquetera, pero, al menos, consigues facturar de una maldita vez.
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