-Padre Perales.
(El párroco siempre recibía los imprevisibles abordajes de aquel crío con alarma y curiosidad a partes iguales).
-Díme, David.
-¿Usted se ha leído el Catecismo?
-Le he echado un ojillo, sí.
-¿Y si no hago todo eso que dice, voy al Infierno?
-Tú juegas al fútbol, ¿no?
("Ya me está cambiando de conversación. ¡Qué poco le gustan a los curas las preguntas incómodas!", pensó para sí Peciña).
-¡Bien lo sabe usted, que vino a vernos al partido del otro sábado!
-Sí, y perdisteis.
-¡Uno a cero, pero no lo merecimos!
-Claro, porque vuestro entrenador es muy bueno...
-Y prepara los partidos de maravilla: nos pasamos horas y horas refinando nuestro sistema de juego. ¡Es complicadísimo y modernísimo, y lo ejecutamos con perfecta disciplina!
-¿Y cómo fue que os ganaron?
-Pues porque nuestro delantero centro es un manta y falló lo menos diez goles claros, y el de ellos marcó la única oportunidad que tuvo, una falta tonta al borde al área.
-O sea, que de nada valen esfuerzo y disciplina, si tu delantero centro es un desastre, pero, en cambio, con uno bueno ganas partidos aunque sólo sepas dar voleas.
-Eso es, padre. ¡Así de curioso es el fútbol!
-Pues igual es la Religión, David. Y, recuerda, tu número 9 lleva escrito "Amor" a la espalda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario