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sábado, 9 de julio de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (33).

15.Cupido en el restaurante del terror.

Sólo los niños de comedor lo entenderán. Los otros, los afortunados que se pueden ir a casa a mediodía a disfrutar de las excelencias culinarias de los macarrones con tomate recién hechos -los elegidos del destino que “viven cerca del cole”-, no saben cómo son esos sucedáneos de restaurante, donde lo que se supone que se toma frío siempre está caliente, lo que se come echando humo suele estar helando, lo que tiene estar duro está blandengue y lo blando como una piedra. Si no eres de comedor, no tienes ni idea de a qué saben las tortillas sin huevo, las barritas de merluza congeladas que no se terminaron de descongelar o la masa de arroz amarillento plagado de nadie sabe qué (alias “paella”, “paella mixta” si tiene huesos de pollo y cáscaras de gamba). Los niños de casa jamás han oído (ni contado) la eterna leyenda que afirma que un amigo del hermano mayor de alguien se encontró una cucaracha en la ensalada hace cuatro cursos. Pero, sobre todo, los que no han pisado un comedor escolar en su vida no han pasado por el calvario de tener que comérselo todo o quedarse castigado. Eso, los largos ratos con los ojos clavados en una bandeja metálica con una presunta sopa fría y tres bolas amorfas de un curioso color marrón (¿albóndigas?), son lo peor de ser “niño de comedor”.

Aunque, por otro lado, lo del comedor también tiene su parte positiva. Entre el ensordecedor bullicio de cientos de conversaciones se forjan amistades de las buenas, de las que nacen entre los supervivientes de una tragedia común y se van haciendo cada vez más fuertes curso tras curso. Son estos momentos los que hacen que, después de todo, uno recuerde con nostalgia y hasta cariño los mediodías de comedor. (O quizás no).

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