15.Cupido
en el restaurante del terror.
Sólo los niños de comedor lo entenderán. Los otros, los
afortunados que se pueden ir a casa a mediodía a disfrutar de las
excelencias culinarias de los macarrones con tomate recién hechos
-los elegidos del destino que “viven cerca del cole”-, no saben
cómo son esos sucedáneos de restaurante, donde lo que se supone que
se toma frío siempre está caliente, lo que se come echando humo
suele estar helando, lo que tiene estar duro está blandengue y lo
blando como una piedra. Si no eres de comedor, no tienes ni idea de a
qué saben las tortillas sin huevo, las barritas de merluza
congeladas que no se terminaron de descongelar o la masa de arroz
amarillento plagado de nadie sabe qué (alias “paella”, “paella
mixta” si tiene huesos de pollo y cáscaras de gamba). Los niños
de casa jamás han oído (ni contado) la eterna leyenda que afirma
que un amigo del hermano mayor de alguien se encontró una cucaracha
en la ensalada hace cuatro cursos. Pero, sobre todo, los que no han
pisado un comedor escolar en su vida no han pasado por el calvario de
tener que comérselo todo o quedarse castigado. Eso, los largos ratos
con los ojos clavados en una bandeja metálica con una presunta sopa
fría y tres bolas amorfas de un curioso color marrón
(¿albóndigas?), son lo peor de ser “niño de comedor”.
Aunque, por otro lado, lo del comedor también tiene su parte
positiva. Entre el ensordecedor bullicio de cientos de conversaciones
se forjan amistades de las buenas, de las que nacen entre los
supervivientes de una tragedia común y se van haciendo cada vez más
fuertes curso tras curso. Son estos momentos los que hacen que,
después de todo, uno recuerde con nostalgia y hasta cariño los
mediodías de comedor. (O quizás no).
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