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sábado, 13 de agosto de 2016

Algo huele a podrido en (el estado de) mi cole (39).

Y, obviamente, el padre Vicente también poseía su copia. O, mejor dicho, la llave original de la que habían salido el resto. En realidad, pocas cosas había en ese colegio que no tuvieran su origen en el padre Vicente, o eso decía él. Había sido director y a la mínima oportunidad presumía -entre otras miles de hazañas- de que él había fundado el exitoso equipo de fútbol-sala, había reformado el servicio de comedor para que tuviera cocina propia o había hecho que el colegio fuera el primero dotado de sala de informática de toda la provincia. Al padre Vicente le encantaba el poder y presumir de él. De hecho, no había sido fácil relevarlo de la dirección del centro. Tuvieron que intervenir las más altas instancias de la congregación y, aun así, el padre Vicente peleó hasta el final, logrando al menos quedarse en el colegio y mantener una parcelita de dominio de modo vitalicio: el control del suministro, almacenaje y distribución de los materiales escolares (en la sala que él mismo había mandado construir). Se pensaba que aquello duraría poco, puesto que el padre Vicente ya aparentaba tener una edad más que respetable, y que pronto él mismo solicitaría pasar a una de las casas de retiro de la orden (si es que la Parca no se le adelantaba). ¡Qué poco conocían al padre Vicente! De eso hacía ya más de dos décadas y así seguía, fresco y enérgico como una lechuga atómica calva y con gafas. ¿Cuántos años tendría el padre Vicente? Nadie lo sabía, era el secreto mejor guardado de aquella colmena educativa. Un secreto que él mismo se llevaría a la tumba, (todo hacía suponer que no en un futuro inmediato).
Nada grave, si no fuera porque aparte de engreído y fanfarrón, el tal padre Vicente se había vuelto un tacaño de cuidado (debían de ser cosas de la edad), dato más que preocupante cuando uno es el custodio exclusivo de cartulinas, rotulares, rollo de papel de celo y demás. Conversaciones de este tipo eran al pan nuestro de cada jornada escolar en aquel sitio:
-¿Para qué quieres cuatro cartulinas?
-Es para hacer un mural de Navidad con los niños.
-¡Con una tienes más que suficiente, que así aprenden los niños a compartir!

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