-Pularda a la miel, especialidad de la casa, auténtica delicatessen...¡Por algo se llama así el restaurante!
Nazarías sonrió y, en cuanto el chef se dio la vuelta, se deshizo de la dichosa pularda a la miel. La pularda a la miel era una auténtica porquería, al contrario que el resto de platos del restaurante, que estaban muy ricos.
Pero Josep Gugallé. el afamado chef y propietario del establecimiento, se empeñaba en encasquetársela a todo el mundo que pisaba su negocio.
-¿Cómo estaba la pulardita a la miel? Buena, ¿verdad?
Nazarías asintió, no quedaba otra.
-Muy rica.
-Sí, una auténtica delicia, ¡mi plato estrella, sin duda! ¿Sabe usted que tiene varios premios internacionales?
Sí, inexplicablemente, aquella melosa masa de pollo casi crudo y miel pringosa -en su justo punto de empalago- había sido distinguida en diversos certámenes. ¿Dije inexplicablemente? No tanto. Los jurados venían tan ilusionado, y conocían tan bien al gran Gugallé, que temían que críticas negativas lo deprimieran hasta tal punto que colgara el mandil y renunciara para siempre a los fogones. Lo que sería una tragedia, considerando lo ricas que estaban el resto de cosas que preparaba.
-Para chuparse lo dedos, ¡a que sí!
"No, para echarse a llorar", eso pensaban clientes, jurados, camareros y la humanidad en general, pero nadie tenía el valor de decírselo a la cara a Gugallé.
Y esa era su gran tragedia, que él sufría sin saber que la vivía, la mayor tragedia que puede sufrir un cocinero: que el plato que más te gusta, que con más cariño cocinas, que con más ilusión sirves...
Sea una auténtica porquería.
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