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miércoles, 9 de octubre de 2013

Historias Imaginarias de un Colegio que Jamás Existió: Luci Fer.

En las listas constaba como Lucía Fermoso Díaz, pero todos -compañeros, padres, profesores, el barrio en general y algún que otro policía local en particular- la conocían como "Lucifer".

El apodo había nacido de modo inocente, en los remotos años de la primera Educación Primaria, cuando a todas las niñas les dio por formar motes mezclando el comienzo de su nombre y apellido, pero para cuando pasó a Secundaria, ya había hecho honor con creces a su particular apelativo.

"Lucifer" había pasado ya por todos los colegios del barrio, y por un par de centros para menores. Hacía tiempo que el Sistema la había dejado por imposible.

"Un error del Sistema, como en los ordenadores, eso es lo que es esta muchacha", eso mismo pensó al ver su cara en la página de sucesos José Luis Trestuestes, uno de tantísimos profesores que había soñado con apartarla del pozo y que, finalmente, se había rendido al verla caer.

Lucifer había estado con ellos apenas un curso. Se había intentado por las buenas, por las malas, por las regulares.

"Es inútil, es carne de cañón", eso mismo le había dicho el tipo de la Comisión de Escolarización Municipal.

Su madre también se había dado por vencida, había sobrellevado lo mejor posible los años de adolescencia y había respirado aliviada cuando, por fin, se había ido de casa nada más cumplir la mayoría de edad.

Del padre hacía tiempo que no se sabía nada.

José Luis Trestuestes salió al pasillo y se detuvo delante un extremo preciso de la pared, de ese color blanco-grisáceo-al-que-no-le-vendría-mal-una-manita-de-pintura que tienen todas las paredes de los colegios. Ahí, en ese preciso punto, "Lucifer" se había despedido en forma de pintada a rotulador rojo.

"Aquí tampoco me ayudan, me 'hechan' como todos".

La pintada se había borrado de la pared hacía ya mucho tiempo, pero no del alma de José Luis Trestuestes. Era de esas cosas que están escritas en tinta emocional indeleble.

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