La única salida de aquel callejón sin ídem, aunque fuera provisional y sólo una manera de ganar tiempo, era ponerse a cavar al tuntún y esperar que Manolo Montajo tardara en impacientarse.
-¡Mira, otro casquillo de bala!
Huesos, ni uno, pero aquellos restos metálicos de la batalla estaban apareciendo con cierta frecuencia.
-¿Tú crees que esto nos lo compraría alguien?
-No sé, yo los estoy guardando por si acaso, aunque los del pueblo me han dicho que los chiquillos llevan décadas encontrando uno o dos año, así que raros, lo que se dice raros no parece que resulten.
-¿Oye, no te parecen todos muy iguales?
-Pues no me he fijado.
-Mira, igualitos.
-¡Hombre, los casquillos son casquillos!
-Sí, pero supongo que cada bando tendría sus armas, con sus balas y sus casquillos propios, digo yo.
-¿Insinúas algo?
-Pues que da la sensación de aquí sólo pegaron tiros los de un bando.
-¡Igual se debe a que fue una masacre!
-¿Pero no decían que habían resistido? No creo que lo hicieran sin pegar un tiro.
-Lo mejor será que le llevemos esto a un tío que entienda, y, de paso, que nos diga si tienen algún valor.
-Y, con la excusa, descansamos unos días de tanta excavadora.
Ese mismo viernes, Hernando Camposuco y Sanzgorri se personaban en "Hermanos Vázquez Bordón, coleccionismo militar, heráldica, numismática y filatelia".
El hijo pequeño del Vázquez Bordón mayor, entradito ya en años, analizó lupa en mano un par de casquillos y dictaminó tajante:
-Miren, señores, pueden ustedes tirar esto tranquilamente, porque no valen más que el metal que llevan, y en lo referente al bando, son todos casquillos de un tipo determinado de fusil.
-O sea, todos del mismo bando.
-Sin lugar a dudas. La típica bala del Ejército Republicano.
-Entiendo. Muchas gracias.
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