-La cuenta, Higinio.
-Muy bien, don Álvaro.
El camarero le presentó dos papeles a Peña Serrano. Él ni los miró, se limitó a entregar su tarjeta de crédito.
-Me gusta salir de los sitios con todas las cuentas saldadas- le dijó Peña Serrano a sus compañeros de mesa.
-Es usted un buen hombre, si me permite que se lo diga.
Peña Serrano sonrió, casi con sonrojo.
-Le doy una propinilla a doña Elisa- contestó.
Curiosamente, había un regusto en el tono de esas palabras que no le terminó de agradar a Espinosa. Instintivamente, decidió seguir el rastro de ese leve olor a mierda.
-¿Y le quedó una casa para vivir a la viuda?
-No, hasta eso perdió el insensato de su marido. Pero yo le he permitido que se quede en una casita a la entrada de la finca de las bodegas. Es casi más un cobertizo que una vivienda, de hecho.
-Precisamente la misma casa donde usted vivía con su familia de niño, supongo.
-Ya sabía que era usted un tío muy inteligente. De hecho, me ha costado mucho engañarle en la negociación- replicó Peña Serrano con una sonrisa, que Espinosa correspondió con otra. Ya decía él que el tal Peña Serrano no podía ser tan completamente bueno si había llegado tan alto. Todos los soles humanos tienes su rayito de oscuridad, a todos los corazones les apetece un bocadito de revancha para postre de vez en cuando.
-¿Se van ya, señores?
-Sí, le he vendido a estos señores media cosecha del 93. ¿Qué le parece, Higinio?
-¡Excelente añada, don Álvaro!
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