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lunes, 12 de agosto de 2013

¡Excelente Añada, Don Álvaro! (2)

El aspecto del restaurante era de lo más vulgar, dentro de la lógica limpieza. Vulgaridad quizás no era la palabra. Se trataba, en suma, de un mesón de pueblo (vulgar y corriente, dentro de la limpieza lógica).

Y, sin embargo, Espinosa y Palomero dudaban que hubiera un cordero mejor sobre la faz de la tierra. Tan sublime manjar, unida a la elegancia con que señor Peña Serrano se manejaba, habían redimido al mesón de pueblo de toda su vulgaridad. Aquello era el mejor salón del más principal restaurante del mismísimo Nueva York.

-Esto está exquisito, señor Peña -el primer impulso de Espinosa había sido decir: "¡esto está cojonudo!", pero le pareció fuera de lugar.

Peña Serrano sonrió y, con la sencilla naturalidad de la elegancia, le sirvió otra tajada.

Entonces se abrió la puerta del establecimiento y una presencia majestuosa de indeterminable avanzada edad hizo su entrada triunfal y, escoltada por un camarero, se deslizó como el espiritu de la elegancia hacía su mesa habitual.

Entonces, la glamourosa aparición se percató de la presencia de Peña Serrano y lo saludó desde la distancia.

-¡Alvarito!

Peña Serrano, que ya estaba en pie, se dirigió presuroso a la señora.

-Doña Elisa, a sus pies.

-¿Qué, comiendo?

-Sí, doña Elisa, hablando de negocios con esos el señor Espinosa y el señor Palomero.

-Tanto gusto, caballeros. Trátenme bien a Alvarito...Para mí siempre será Alvarito, aunque ya sea un hombre hecho y derecho...Yo le conocí de bebé...De chiquitín le mandaba a hacerme recaditos y le daba un duro para que se compraba golosinas. ¿Te acuerdas, Alvarito?

-¡Por supuesto que sí!

-En fin, buen provecho, señores. Les dejo con sus negocios...Yo de eso nunca he entendido, era siempre mi marido el que se encargaba de eso...

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