-¡Oiga, nos hace falta un médico con urgencia en la sala 12!
-¿No cree que es un poco tarde para eso?
Pardiz frunció el ceñó hasta los mismos límites de su perpetuo gesto de solemne irritación y amonestó a su compañero de recepción con un brusco: "¡Por favor, Gómez!". Ese tipo de bromitas no eran admisibles en un tanatorio y más viendo la cara de agobio que traía el chaval.
-¿Qué ocurrre, alguien se ha mareado?
-No, mi señora, que se ha puesto de parto.
-¿Cómo de parto?
-¡Joder, de parto de tener un niño!
-¡La leche! ¡Gómez, muévase, llame a una ambulancia!
-¿No habría un médico por aquí? ¡Es que me parece que el niño está a punto de salir!
-¿Pero a quién se le ocurre venir a un velatoria en ese estado?
-Mi mujer, que quería mucho a la tía-abuela Pacita!
-¡Pero aun así, hombre!...Gómez, llame al Ortegaina.
-¿Dóctor Ortegania? -interrogó el inminente papá primerizo.
-No, es el empleado de mantenimiento...¡Una joya, lee mucho e hizo la mili en Ceuta, en la brigaga móvil! Si este no lo soluciona, nadie puede.
-¡Pero es que lo que yo necesito es un médico!
-¡Que ya le digo yo que Ortegania lo apaña!
-¿Qué ocurre, señor Pardiz?
-¡Un parto, Ortegaina, un parto!
-¡Joder...! En fin, dígame la sala, que voy a buscar la herramienta y ya mismo estoy allí.
-¿Cómo la herramienta? ¡Será el instrumental!
-No, no, la herramienta.
-Pero...¿pongo agua a calentar?
-¿Quiere usted hacer té o algo?
-No...Mire, Pardiz, no sé yo si este señor...
-Usted déjele hacer a Ortegania, que él sabe lo que se hace.
-¿Seguro?
-¡Yo veo la tele de pago pirateada gracias a él! ¿Va a saber hacer eso y no va a poder un con simple parto?
-Hombre, visto así...
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