-¡Deja de torturarte, Alonso, tú hiciste todo lo posible!
Domingo le había repetido esta misma frase a su amigo una y mil veces en los últimos tiempos, pero dada igual. La respuesta no variaba:
-Siempre se puede hacer más, compañero. Siempre.
Es la ilusión que con tanta frecuencia se materializa en las mentes que se sienten culpables -con razón o sin ella-: que no se intentó todo, que el esfuerzo o el ingenio podían haber sido mayores. En suma, que siempre se puede hacer más.
-Dime: ¿qué más podrías haber hecho?
-¡No lo sé, si lo hubiera sabido, lo habría hecho, no te quepa duda!
-No, no era posible. ¡El rey era un tonto, un inútil, un impotente..!
-¡No insultes a nuestro señor en la tierra!
-¿Qué señor en la tierra? ¡Un bobo que no fue capaz de tener un sólo hijo, un heredero que le habría evitado al país esta absurda guerra!
-¡O quizás no supe cómo ayudarle!
-¡Que no, Alonso, que no, y es la última vez que te lo digo! A ese rey la naturaleza la había negado la capacidad de tener hijos, ¡y basta!
Alonso contempló a un pelotón de soldados pasar bajo la ventana de su casa.
-¿De quién serán estos?
-¿De quién van a ser? ¡Del francés! Los manda a Cataluña.
-¡A matar o a morir! ¡Y todo porque no fuimos capaces de hacer que el rey Carlos tuviera un solo hijo!
-¡Alonso, te lo pido por caridad, que no es para tanto! Las guerras pasan y se olvidan, ¿o es que crees que dentro de 300 años alguien se va acordar de todo esto?

No hay comentarios:
Publicar un comentario