Recapitulé lo que tenía: el dueño de un pub que dejó la cárcel porque "aquello no era lo suyo", casado con una mujer que -bajo seudónimo- vendía tejidos y que, seguramente, proporcionó la tela negra para hacer una capucha.
Estaba claro: había llegado el momento de volver al pub y poner, de una vez, todas las cartas sobre la mesa.
Me presenté a primerísima hora de la mañana, cuando era más probable que hubiera pocos testigos.
Nada más abrir la puerta, me lo encontré observándome desde detrás de la barra, como si me estuviera esperando. Entonces, sin inmutarse, metio la mano debajo del mostrador, extrajo una capucha negra y me la lanzó.
-Tenga lo que ha venido a buscar, váyase para siempre y no me moleste más, por favor.
-Gracias -balbuceé.
Entonces, cuando ya me disponía a marcharme, aquel hombre me tomó del brazo y me indicó con un gesto que me sentara. Llevaba algo metido dentro desde hacía décadas -algo que le hacía mucho daño-, y había llegado el momento de librarse de ello.
-Cada vez que el director de la prisión pedía voluntarios para algún ahorcamiento, yo me presentaba voluntario, me parecía una buena idea, algo muy atractivo. ¡Ver cómo ahorcan a un criminal, guau! Hasta que, por fin, me tocó. Pero luego, a la hora de la verdad,...Es horrible, ¡horrible! Después de todos estos años sigo teniendo pesadillas...La tensión, los nervios...La peste a pánico que se me puso en al nariz, la boca pastosa, el pulso temblando....El sudor, el sudor. ¡el sudor!
-Tranquílícese, por favor -le dije mientras le alcanzaba mi pañuelo.
-Por eso lo dejé, sabe, lo de trabajar en la cárcel...Y, ¿adivina qué fue lo peor? ¡Que yo estaba medio desmayado y el tipo que lo hizo, el de la capucha...se reía...! ¿Qué clase de monstruo acaba de matar a un ser humano y está muerto de risa? -¿Woodchat riéndose en una ejecución? De nuevo, no parecía su estilo- Pero, no todo fue negativo en todo aquello, de hecho, también me pasó lo mejor de toda mi vida. El director de la cárcel había encargado una capucha para el matarife y me tocó a mí ir a buscarla. Allí fue donde conocí a Sarah...Ya sabe lo que dice la Biblia: "Dios actúa de modos misteriosos".
-No es de la Biblia.
-¿Cómo dice?
-Nada, perdone...¡Pero el apellido de su esposa no era Kecks!
-No, deje que termine. Lo de "Kecks" se lo puse yo, una bromita entre nosotros, porque yo le decía que la tela de su tienda sólo valía para hacer calzoncillos...Ya sabe, tonterías de novios...El caso es que, años después, entró aquí un hombre y me escuchó que la llamaba así: "Kecks". Le expliqué la gracia y se rio. Yo conocía esa carcajada, la llevo tatuada en el alma. Entonces, le quise echar de mi pub, pero él me rogó que me tranquilizara y me entregó esta capucha: "Algún día, alguien preguntará por Sarah Kecks, déle esto, por favor". Y se fue...Miles de veces he estado tentado de tirarla a la basura, pero, no me pregunte por qué, no he sido capaz. El otro día, cuando vino usted y preguntó por "Sarah Kecks", me entró el pánico y le eché, tampoco sé la razón. Hay algo especial en este pedazo de tela...En fin, llévesela y hasta nunca.
-Adiós.
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