"Ser condescendiente", esa es su traducción y, ya le digo, los británicos son muy buenos en eso.
Te miran con cierta ternura, sonríen y te dan la razón haciéndote sentir tremendamente inferior, casi como un enanito intelectual.
Es por eso que es raro ver a dos británicos discutiendo a voces (sobrios, me refiero). Libraran una sutil lucha verbal, en la que ambos intentarán establecer su superioridad moral sobre el contrincante; se enzarzarán en una feroz pugna en la que el vencedor habrá perdido, puesto que el oponente prefiere concederle una razón intrascendente -como quien se deja ganar jugando a las cartas con su nieto- antes que fatigarse innecesariamente riñendo con un tontaina.
Igualito que los españoles, ese pueblo tan de pueblo, que lleva metida en la sangre, en las tripas y en el alma la indispensable necesidad de quedar siempre por encima del vecino.
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