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viernes, 21 de noviembre de 2014

Historias Imaginarias de un Colegio que Jamás Existió: Infierno en Dosis de 30 minutos.

¿Qué toman los relojes en ese ratito del mediodía que, después de horas de reptar lentos, corren como el rayo?

El recreo, el oasis de gritos, carreras y bocata de tortilla en el desierto del tedio escolar.

Pero, contra todo pronóstico, el reloj de Abel no parece haberse contagiado de la locura colectiva de los engranajes y los circuitos, y se mueve lento hasta la desesperación.

Menos cuarto todavía.  Como se suele decir: "por más que lo mires, no va a ir más deprisa".

Abel apoyó la espalda sobre el muro del patio y le pegó un nuevo bocado a su bollo industrial. Oteó el horizonte y contempló displicente el partidillo de fútbol de los pequeños, como si todo aquello le diera igual, como si no estuviera deseando volver al refugio del aula. Las clases son ese lugar donde todo el mundo tiene que entar sentadito y callado, ese lugar donde la marginación social de Abel se camufla mejor.

Gol. "¡Buen gol, chavalin!", gritó Abel. Añora los días en que sus compañeros de clase echaban también partidillos de recreo. Abel solía jugar con ellos -al fin y al cabo, todos jugaban- y, de nuevo la exclusión social se mimetizaba con gris del hormigón. Pero ahora los de su clase tienen otros intereses. Ya son muy mayores para darle unas cuantas patadas al balón.

Menos diez. ¡Maldición!

Abel comenzó a pasear por el patio (solo, claro está). Observaba todo y a todos con un cierto aire de superioridad, como si fuera él el que rechazaba, y no el rechazado. Le pegó otro buen bocado a su bollo. Un gesto un tanto cruel, dado que toda aquella concentración de azúcar es su única compañera diaria en el calvario cotidiano del patio.

José Luis Trestuestea a menudo sentía la tentación de acercarse a Abel y darle un poco de conversación, pero sabe que eso no solucionaría el problema. Un adulto no le puede vender amistad a un adolescente.

-Son menos cinco, ¿me puedo subir ya a clase?

José Luis Trestuestes asintió.

Un día más, el calvario había terminado. Abel había sobrevivido a otro recreo.

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