Los dedos del empleado Marquinosa empezaron a navegar raudos por el teclado, haciendo ese sonidito que a tanta gente pone un tanto nerviosa. Se moría de curiosidad por saber para qué quería ese tipo el préstamo, pero la experiencia le decía que lo mejor era no preguntar: él mismo le daría la información.
-Es para quitarme un tatuaje, ¿sabe?
Bingo.
-¿Un tatuaje? -replicó el empleado Marquinosa hablando entre dientes, con tono distraido. Esa era la manera correcta de seguir tirando del hilo.
-Tenía 22 años....Me tatué un águila en la espalda...Pero ahora...Tengo 51 años, ¿sabe? Y...Bueno...Cuando voy a la playa...Mis hijos...¡Pero en aquella época parecía una idea estupenda!
-Claro.
-¡Seguro que usted también hizo alguna locura de juventud!
El empleado Marquinosa levantó la ceja y la mirada por encima de la gafa de cerca, con ese gesto mezcla de chulería y paternalismo que sólo el personal administrativo de mesa y ventanilla sabe adoptar.
-Nunca.
-Ya...O sea, que usted, locuras de juventud, ¿ninguna?
-De la primaria a la secundaria, de la secundaria a la universidad, y de la universidad al banco.
-Comprendo. Pero, bien -o mal- mirado, lo suyo sí que es una locura de juventud...Desperdiciarla.
El empleado Marquinosa hizo como que no había oído aquello y siguió tecleando frenénetico.
El tío aquel iba a tener tatuaje para rato. ¡Menudo era él para denegar créditos personales a bocazas que personalizan!
No hay comentarios:
Publicar un comentario