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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Las Buenas Ideas Caducadas.

Los dedos del empleado Marquinosa empezaron  a navegar raudos por el teclado, haciendo ese sonidito que a tanta gente pone un tanto nerviosa. Se moría de curiosidad por saber para qué quería ese tipo el préstamo, pero la experiencia le decía que lo mejor era no preguntar: él mismo le daría la información.

-Es para quitarme un tatuaje, ¿sabe?

Bingo.

-¿Un tatuaje? -replicó el empleado Marquinosa hablando entre dientes, con tono distraido. Esa era la manera correcta de seguir tirando del hilo.

-Tenía 22 años....Me tatué un águila en la espalda...Pero ahora...Tengo 51 años, ¿sabe? Y...Bueno...Cuando voy a la playa...Mis hijos...¡Pero en aquella época parecía una idea estupenda!

-Claro.

-¡Seguro que usted también hizo alguna locura de juventud!

El empleado Marquinosa levantó la ceja y la mirada por encima de la gafa de cerca, con ese gesto mezcla de chulería y paternalismo que sólo el personal administrativo de mesa y ventanilla sabe adoptar.

-Nunca.

-Ya...O sea, que usted, locuras de juventud, ¿ninguna?

-De la primaria a la secundaria, de la secundaria a la universidad, y de la universidad al banco.

-Comprendo. Pero, bien -o mal- mirado, lo suyo sí que es una locura de juventud...Desperdiciarla.

El empleado Marquinosa hizo como que no había oído aquello y siguió tecleando frenénetico.

El tío aquel iba a tener tatuaje para rato. ¡Menudo era él para denegar créditos personales a bocazas que personalizan!

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