Analia no pudo reprimir la sensación de que toda esa gente aplaudía y aclamaba a aquel hombre como si fuera una estrella de la canción o un torero, y que él respondía a los vítores con unos saludos y unas sonrisas que parecía que -en efecto- él mismo se creía una superestrella. De inmediato, Analía se sintió culpable y se arrepintió de haber pensado esa maldad.
Aunque, en el fondo, no podía evitar el pensamiento de que todos esos aplausos debían ser para El de Arriba, Ése era el Torero de verdad.
Si por Amalia hubiera sido, habrían visto todo aquel gran circo de la devoción por la tele, incluso puede que no lo hubieran visto, pero Sagrarito se había puesto muy pesada con lo de ir a verle en persona.
Sagrarito insistía en que la llamaran así, aunque ya pasaba de los ochenta bien pasados y tenía la cabeza un poco ida. Por eso ya no la dejaban salir sola a la calle.
Por las mañanas, mientras Analia trabajaba, Sagrarito estaba en la casa. Sin embargo, muchas tardes Analia se la llevaba a dar un paseo al parque. Compraba un helado para ella y otro para la anciana -uno de los poquísmos placeres que la vida le concedía- y Sagrarito le contaba siempre las mismo cinco anécdotas de cuando era joven, como es costumbre en los viejos.
Para la gente de fuera, la vida de Analia sin duda resultaba triste, monótona y oscura. ¿Cómo no pensar eso de una mujer de cuarenta y pocos que dedica sus tardes a pasear con una anciana que no hace sino contar batallitas?
No obstante, Analia no se arrepiente de la decisión que había tomado hace ya dos décadas. Sabía que, si no fuera por la gente como ella, todas las Sagraritos del mundo se morirían de aburrimiento y de pena.
De vuelta del festival, Analia se cruzó con muchas personas de esas que habían aclamado al hombre del escenario. Todas ellas, cumplido el trámite social, se disponían a seguir con sus vidas de risas, ocio y diversión.
Mientras, Analia se compró un helado de fresa -su favorito, aunque siempre la económica bola pequeña- y, con Sagrarito colgada del brazo, emprendió el camino de vuelta a la casa.
Acodado en un burladero, Dios contempló satisfecho la escena. Sin duda, su fiel peón de brega Analia se estaba ganando a pulso un saludo desde el tercio.
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