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viernes, 15 de febrero de 2013

Historias Imaginarias de un Colegio que Jamás Existió: El Fin del Mundo me Sorprenderá Corrigiendo.

Diez...Veinte...Treinta, y este par, treinta y dos. Contar la cifra exacta de los exámenes aún que le quedaban por corregir era sencillo: dos montoncitos de a decena la unidad, y otros dos sueltos.

No sabía si era un manía o una deformación profesional, pero el caso era que José Luis Trestuestes siempre dividía los exámanes en taquitos de diez. 

Se quitó el sudor de la frente, resopló y se dispusó a retomar la tarea: "Hago estos dos y luego paro un ratito".

¿Cuántos exámenes habría corregido en su vida? No tenía ni idea, y tampoco sabría cómo calcularlo. Muchos, demasiados...

Y lo peor era que, como en un nido de cucarachas de tinta oscura, se reproducían sin parar: una vez que hubiera despachado esa tanda, otro taco más le estaba esperando en su cajón del colegio. Y, después de eso, los de Tercero se examinarían el jueves, lo que traería cuatro docenas más necesitadas de una purificadora duchita de tinta roja.

Monótono, aquello era tan monótono...Los errores eran siempre los mismos, lo habían sido cuando él empezó a trabajar y, seguramente, lo serían cuando se jubilara. Ya no sabía qué hacer.

Lo mejor sería dar un paseo, para despejarse.

Era domingo por la tarde. En un local cercano, se ultimaban los detalles para la inminente apertura de una tienda.

"¡Joder, a esta pobre ya la hacen currar hasta los domingos por la tarde!", pensó Trestuestes.

Y fue entonces cuando, de sopetón, se percató de que él también trabajaba muchos domingos por la tarde, y muchos sábados, y muchos festivos...

Su profesión tenía muchas cosas buenas, y puede que hasta bonitas, pero también algunas malas, y, sin duda, esa eterna maldición de tener días de descanso mutilados era una de ellas.



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