Melquiades es fan del fútbol como el que más, pero, siendo como es él de recursos tan limitados, no le da para una entrada.
Cuando era más joven, intentaba colarse en los estadios, siempre sin éxito. Es que se le ponía cara de sospechoso.
Ahora, con la edad, ha desistido de tratar de entrar al campo sin pasar por taquilla y, bajando su nivel de exigencia, su objetivo es colarse en los bares donde dan el partido.
Esto ya se le da un poquito mejor.
Aprovecha que están siempre muy concurridos, entra discreto acompañando por lo general a algún grupo, se mezcla de inmediato entre la multitud e intenta pasar desapercibido. Ni grita, ni insulta ni salta (aunque ganas no le faltan). Se mete detrás del tio más alto que encuentra (por aquello de que no le vean) y contempla el encuentro por el hueco que queda por debajo del sobaco de su improvisado parapeto.
Pero, claro, nada es perfecto. Siempre acaba llegando el temido, el fatídico: "¡Caballero!, ¿qué le pongo?"
Entonces el pobre Melquiades pone cara de corderito bueno, y, encogiéndose de hombros, dice: "¡Na, que como ha tardado usted tanto, se me han pasado las ganas!"
En efecto, Melquiades está tan cortito de cuartos, que ni para una cerceza le llega.
Y sale por la puerta del establecimiento, dócil y cabizbajo, para emprender la eterna búsqueda de otro bar donde den el partido, y donde todavía no le conozcan. Cada vez está la cosa más dificil, que todos los camareros de su barrio ya se saben su cara mejor que la carta de platos combinados. Así que toca alejarse cada vez más. De hecho, sale de su casa dos horas antes del pitido inicial, y otras dos más de vuelta, claro está.
Cuando su equipo ha ganado, el camino de vuelta se hace más llevadero, en especial si ha coincido que los goles le han pillado en un bar. Pero, si encima han perdido, Melquiades se plantea muy seriamente hasta cambiar de afición.
Por fortuna, para cuando llega a casa, ya se le ha pasado.
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