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miércoles, 16 de enero de 2013

La Silla de Connecticut.

(Basado en hecho reales documentados por la prensa de la época).

El alcaide apagó con gesto preocupado el televisor de su despacho y, mientras se pasaba la mano por el rostro, descolgó el auricular del teléfono.

-¿Lo has visto, tío? Ya, ¡en menudo lío nos acaban de meter!

Un rato después, una improvisada comisión con al alcaide a la cabeza rodeaba una silla de madera metro y medio, cuajada de correas y con un reposacabezas de cuero negro.

Un cable asomaba por debajo de la silla. El alcaide se puso en cuclillas y lo inspeccionó con cara de incredulidad.

-¿Y es seguro que nadie en todo el Departamento de Prisiones sabe cómo conectar esto?

-Ni cómo conectarlo, ni cómo usarla, ni cómo nada, jefe. ¡Este cacharro no se usa desde hace casi 30 años, y fue en la antigua cárcel, toda esa gente ya está jubilada! Cuando hicieron esta nueva prisión, se limitaron a traerla y plantarla aquí.

-Bueno, algún electricista habrá en el estado que nos pueda echar una mano, y para lo de usarla, habrá que hablar con los de Georgia o Florida. ¡Sólo espero que las suyas sean parecidas! ¡Joder, ¿de cuándo será este bicho?

-De mediados de la década de los 30.

-¿Mediados de la década de los 30? ¿Quieren que matemos a un hombre con un aparato que tiene cincuenta años y que no tenemos ni idea de cómo usar? ¿Estamos es el primer país del Mundo Libre o en la puta Edad Media?

-¡Seamos optimistas, jefe, puede que le conmuten la pena a Ross!

-Da igual, si no es a éste, habra que darle el pasaporte a otro...Y, por ley, usando este condenado cacharro. En fin, señores, no nos queda otra. ¡Manos a la obra y a hacerlo lo mejor que sepamos!

(Michael Ross B. Ross, fue condenado a muerte en el estado de Connecticut en 1987, el primero en más de veinte años. Fue finalmente ejecutado por inyección letal el 13 de mayo de 2005. Connecticut había desterrado la electrocución de su codigo penal. En abril del 2012, Connecticut abolió la pena de muerte).





















Silla eléctrica de Connecticut, con el dichoso y misterioso cable que asomaba por debajo. Foto de Lucinda Devlin.

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