El doctor Cabreney retiró el plástico que cubría la cómoda butaca de despacho y se acomodó en ella con una sonrisa de satisfacción. La clínica ya estaba casi, casi lista para empezar a funcionar. Algunos flecos que cerrar y el "Instituto Cabreney de la Fertilidad" -el sueño de una vida- abríría sus puertas. De hecho, la inauguración estaba prevista para después del fin de semana.
Pero, como de costumbre, los mínimos flecos eran una completa incomodidad. Son siempre una mínima gestión, cuestión de nada, pero tienden a acumularse hasta convertirse en un problema en sí mismos.
En fin, a por ellos.
-¿Da su permiso, doctor?
-Sí, pase, pase, hermana.
Sor Casilda era una herencia de su antiguo puesto de trabajo. Se habían conocido en el centro de salud local donde Cabreney había ejercido la medicina general y, por esas cosas del corazón, se habían caído muy bien mutuamente. Cuando la religiosa se había enterado que el doctor empredía el vuelo en solitario, había pedido y obtenido el permiso para acompañarle. Ella no tenía experiencia en el campo de la fertilidad, pero decía que todo lo que fuera ayudar a traer niños al mundo era muy buena labor.
-¿Cómo va todo, doctor?
-Muy bien, un puñado de cosillas por hacer y estará todo listo.
-Las tendrá bien apuntaditas todas, ¿no?
-Sí, ya sabe usted que siempre le hago caso.
El doctor Cabreney sonrió. Hacer de él una persona más o menos ordenada era uno de los milagros que Sor Casilda había obrado durante los últimos años.
-Pues venga, démela, a ver en qué puedo ayudar.
Sor Casilda era una de tantas monjas de edad absolutamente impredecible, pero, por las cosas que contaba, el doctor calculaba que ya había sobrepasado con creces la edad legal de jubilación. No obstante, tenía una energía y unas ganas de trabajar que habían sido la admiración y envidia de todas sus colegas de centro de salud
Con los pasos decididos marca de la casa, la monja salió del despacho del doctor con la lista en la mano. Éste, satisfecho, se recostó en su sillón y cerró los ojos.
"¡Cóño!"
El doctor saltó de su sillón para intentar interceptar a la monja, pero ya era tarde: había desaparecido en el bullicio de la mañana urbana.
Esa tarde, a primera hora, Sor Casilda volvió a tocar a la puerta del doctor.
-Con permiso, doctor.
-Pase.
-Ya le he hecho la mayoría de los recados, doctor, pero algunos no me ha dado tiempo, y los he dejado sin tachar -dijo mientras le entregaba la lista.
-Gracias. -el médico intentó simular desgana al consultarla, pero fue directo, y con ansiedad, a uno de los puntos.
Estaba sin tachar. ¡Menos mal!
Siendo como era su clínica una institución especializada en reproducción y fertilidad, se hacía indispensable el análisis de muestras de semen, y para facilitar la extraccción del mismo, pues ya se sabe, hay que proporcionarle al paciente publicaciones especializadas.
-Por cierto, -dijo Sor Casilda antes de salir- las revistas que ahí indica no las he comprado, porque me supogo que le darán igual otras parecidas, y yo le puedo traer un taco gratis de las que requisamos en el colegio de la congregación. Tenemos de todos los tipos, ¿alguna preferencia?
-No, eh...generalistas valen...Vamos, dos o tres cualquiera -estuvo a punto de decir: "écheles un vistazo y las que a usted más le gusten", pero se detuvo a tiempo.
-De acuerdo, doctor, el lunes antes de abrir las tiene usted aquí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario